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‘El Hijo de la Novia’, o de historias de emoción directa

octubre 15, 2014

Si adaptar una película al teatro es siempre una tarea compleja, más lo es aún escoger un film tan exitoso como reciente, que permanece en la memoria de todos y que contaba en su versión original con un reparto descomunal, y me atrevería a decir que insuperable. Pentación Espectáculos se ha atrevido, y sube a las tablas nada menos que El Hijo de la Novia, la recordada y premiada cinta de Juan José Campanella que tocó el corazón de todos en su día, ahora en una versión teatral firmada por Garbi Losada –que además dirige el espectáculo- y José A. Vitoria.

La clave del éxito de este material –ya sea en película o en teatro- es que maneja una historia cercana que golpea sin compasión las emociones de cualquiera que se siente a verla. Nunca he considerado El Hijo de la Novia como una comedia, por más que tenga esas dosis de ironía tan típicamente argentina; que normalmente llegan tras aquellas escenas en las que el nudo en la garganta roza lo insoportable… Recuerdo bien la primera vez que vi la película: me habían garantizado “una película divertidísima”, y acabé llorando como una magdalena durante el visionado y después del mismo. Es más, veo en esta historia mucho más un drama tierno que una comedia; y ante todo una historia de vida: una historia de personajes que bien podríamos ser cualquiera de nosotros. Eso estaba en la película, se mantiene en la adaptación –muy fiel por cierto dentro de los cánones teatrales- y me atrevo a decir que se mantendría en cualquier formato en el que se contase esta historia emotiva, cercana y que huye de la lágrima fácil para dejar que aflore la lágrima sincera. Ese valor ya es suficiente como para justificar el visionado y como para entender por qué conectamos como conectamos ante la historia de estos perdedores que a pesar de todo no pierden la sonrisa y luchan siempre por salir adelante. Una vez más, sucede: el público se ríe, pero también se emociona, conecta y es cómplice de lo que ve. Es inevitable. Ayuda como digo que la versión que presenta Pentación sea tan ágil como fiel a la idea –una idea fresca, porque la película es reciente- que uno tiene en la cabeza del original.

Y ya que hablamos de fidelidad, resulta como mínimo curioso comprobar cómo una película tan apegada a la realidad social Argentina en el momento de su estreno (2002) se puede traer en 2014 a la realidad social española sin cambiar una coma del texto y que todo encaje. Han pasado solo 12 años, pero han cambiado tantas cosas, que lo que antes sería impensable ahora es el pan nuestro de cada día en España. Otra razón para que este sea el momento idóneo para traer esta función a nuestro país: entendemos no solo la problemática personal, sino también la social en toda su crudeza.

Puede que esa fidelidad traiga inmediatamente a la memoria imágenes, gestos y diálogos de aquellas interpretaciones poderosas que tenía el reparto –ya digo, en mi opinión insuperable- de la película; y en este sentido la cosa le juegue una mala pasada al elenco español. Profesionales de probada solvencia que ni se acercan a la excelencia de los creadores de los roles ni probablemente lo pretendan. Optan por llevarse la historia a su terreno, por crear a los mismos personajes desde ópticas completamente renovadas: visto que superar o igualar el original era imposible; esa reconstrucción me parece una opción honesta y perfectamente válida.

Del elenco, quien mejor parado sale es Juanjo Artero, estupendo en ese Rafael que coloca en un registro de cotidianeidad bastante alejado los duros perfiles de los roles que suele interpretar. Su composición, precisamente por esa frescura cotidiana y esa naturalidad que desprende es para un servidor la mejor del reparto, funciona a las mil maravillas, y me atrevería a decir que es el único caso en el que no recordamos a nadie antes que él. Sorprende además lo bien que se desenvuelve en teatro un actor fundamentalmente televisivo: una incorporación positiva, una sorpresa y mi felicitación.

¡Menuda papeleta tienen por delante Álvaro de Luna y Tina Sainz como el matrimonio protagonista! La de borrar recuerdos que, por excelentes, son directamente imborrables; en dos papeles que son dos bombones borrachos de emoción. Ambos son grandes profesionales, y ambos trabajan también desde sus propias armas: honestas, sinceras, veteranas. Si ambos quedan un escalón por debajo del recuerdo preconcebido que uno trae de casa no es tanto por su culpa como por la del descomunal trabajo de sus antecesores cinematográficos. De Luna, por ejemplo, casi deja escapar ese sencillo monólogo del restaurante –ya saben, ese que dice: “Empecé en este restaurante con Norma…”– en el que Alterio sentaba cátedra; y a Saiz –que se ha lanzado más a la vena cómica que a la melancólica a la hora de enfocar las réplicas de Alzheimer de su personaje, seguramente por una decisión de dirección…- puede que le falte subrayar ese punto mente perdida entre dos mundos, quizás con una dosis extra de melancolía que no estaría de más. Pero, sin embargo, ambos buscan momentos de emoción y tocan los resortes emocionales de forma inevitable en otros momentos, puede que no con la misma intensidad; pero, desde luego, sí con la misma eficacia. Sainz se crece mucho en el último tramo –hermosa su escena con Artero- y la escena final vuelve a poner en jaque las emociones en público que se debate entre tragar saliva y sacar directamente los pañuelos. Creo que es suficiente elogio para ambos, con la papeleta que tenían encima.

Mikel Laskurain –desdoblado en el cocinero del restaurante familiar y ese mejor amigo de Rafael que acaba siendo fundamental en la trama- tiene la difícil papeleta de llevar la parte más cómica y relajar la tensión: acierta al hacerlo sin cargar las tintas. Y, en fin, Sara Cozar cumple bien como Nati, y hace lo que se le pide; en el que quizá sea el personaje peor definido de la versión con respecto a la película.

Honesta la propuesta escénica de Garbi Losada, que mueve a sus personajes en un espacio sencillo pero funcional –Markos Tomas-, que no es sobrecargada porque sabe que aquí todo es el texto. Quizá sí que se hubiesen podido subrayar más algunos aspectos –en ocasiones encuentro el enfoque del personaje de Norma demasiado socarrón para su enfermedad-, pero eso solo demuestra que hay diversos caminos para llegar a la emoción, y que lo importante es acabar llegando.

Si hay algunas caídas de tensión en la obra que no aparecían tanto en la película –sobre todo durante la primera mitad-, no creo que sea culpa ni de la dirección ni de la interpretación; sino más bien de la excelencia del recuerdo imborrable. Con todo es recomendable ir a verla, porque estamos ante una historia que apela directamente a la emoción, desde la narración en sí misma. Y, por supuesto, la emoción está ahí; también en este nuevo formato en el que ahora se nos presenta esta tierna historia. Quieran que no, eso ya es un –gran- valor, venga de donde venga.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“El Hijo de la Novia”, de Fernando Castets y Juan José Campanella. Adaptación teatral de: Garbi Losada y José Antonio Vitoria. Con: Juanjo Artero, Álvaro de Luna, Mikel Laskurain, Tina Saiz y Sara Cozar. Dirección: Garbi Losada. PENTACIÓN ESPECTÁCULOS.

Teatro Bellas Artes (Madrid), 9 de Octubre de 2014

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