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‘Demolición’, o dos hombres y un destino

septiembre 22, 2014

Espectáculo en lengua gallega

Hace escasamente seis meses daba cuenta en estas mismas páginas de As do Peixe, el último y premiadísimo texto de Cándido Pazó. Y ahora, el más fecundo dramaturgo gallego del momento –aquel que sedujo a todo el público hace años con aquella obra maestra que era A Piragua– presenta Demolición, su nueva propuesta teatral estrenada el pasado mes de Junio en Santiago de Compostela, y un espectáculo del que asume no solo la autoría, sino también la dirección de escena, al frente de Talía Teatro.

Pazó me fascinó en A Piragua –para mí, probablemente el mejor texto teatral original en lengua gallega escrito en los últimos 20 años- y me dejó un poco frío con esa radiografía de un gremio que fue As do Peixe –aunque asumo que fui de los pocos que se quedaron fríos con aquel espectáculo-. Dice Pazó en sus notas al programa que quiso comprobar si bastaba con una situación, un conflicto, personajes y diálogo para sustentar el banco de la comunicación teatral. Así pues, Demolición es efectivamente una obra fundamentalmente de texto, en la que parece que no sucede nada y suceden muchas cosas.

El autor, Cándido Pazó

En una curva abandonada al borde de un precipicio, Mario, un hombre maduro, callado y educado; espera mientras observa algo a lo lejos. Din, un hombre más joven y con pinta de bakala que pasaba por allí tropieza con su silla de ruedas; y cuando Mario va en su ayuda comienza un diálogo aparentemente intrascendente. A través del diálogo sabemos que Mario espera la inminente demolición de unos apartamentos en primera línea de playa. Unos apartamentos construidos mientras llegaban unos permisos que finalmente no llegaron nunca… y que ahora llevan 25 años en pie, pero siempre se salvan en el último momento de ser derrumbados. Parece que hoy por fin es el día… Din –apodado así por la dinamita- decide quedarse a mirar. Y mientras esperan, se establece una conversación entre ambos hombres que se inicia con el tema de la próxima demolición, pero en la que enseguida van repasando sus vidas, sus alegrías, sus frustraciones, sus –distintas- maneras de afrontar la vida… y en la que veremos que ambos tienen sorpresas escondidas.

A fin de cuentas, el derrumbe de los apartamentos –y, por extensión, el problema urbanístico como aparente leitmotiv principal- acaba(n) por convertirse en una excusa para que los dos hombres abran sus almas, y pongan en una balanza todo aquello que llevan dentro. Y ahí es donde acierta de pleno Cándido Pazó: estamos ante dos personas aparentemente antagónicas pero con muchos puntos en común, con los que se puede empatizar fácilmente desde cualquier perspectiva, porque son personajes humanos y de la calle, que sufren, aciertan, se equivocan… y que plantan cara a lo que les viene con dignidad, porque hay que seguir viviendo. Dos personas que, a pesar de que tienen bastantes cosas en contra, miran al futuro con optimismo. Dos seres simpáticos, cercanos, que navegan de la ironía a la tragedia en trayectos de ida y vuelta constantes. Dos personajes directos, comprensibles, con los que es fácil reírse, conmoverse y conectar. Dos seres que arañan en terrenos emocionalmente delicados con mucha franqueza, pero sin renunciar a la ironía. Y, sobre todo, dos personajes con una tremenda dignidad: no hay ni el menor atisbo de drama lacrimógeno facilón en un diálogo entre dos personajes que perfectamente podrían haberse prestado a ello, porque en el fondo les han dado hasta en el carnet de identidad… No es fácil encontrarlo en teatro, y créanme que se agradece.

Pese a la supuesta carencia de acción propiamente dicha –Din ironiza varias veces con la idea de que “si esto fuese una película sería una mierda, porque aquí no pasa nada” y pide “¡acción, acción!”- creo que el diálogo tiene la cercanía y el calado como para generar interés y empatía en el espectador –los niveles de retranca son medios-altos, y el público ríe con gusto-. Y además de todo esto, a mí me interesó particularmente –insisto una vez más- la dignidad y la frescura que Pazó otorga a sus personajes. Personajes, por cierto, perfectamente perfilados a través de sus diferentes registros lingüísticos -¡con qué arte maneja Cándido Pazó este tema de los registros siempre!-.

Creo que con Demolición, Pazó se acerca más que otras veces al nivel de excelencia que alcanzó en A Piragua, porque vuelve a ofrecer un teatro social, sí; pero de personajes cercanos y reconocibles. En mi opinión está al borde de repetir aquel milagro… y se queda a dos pasos de la línea de meta: el primero, porque hay un par de “casualidades” que están cantadas y son necesarias para acercar a dos personajes inicialmente antagónicos; y el segundo, porque aquí falta el factor sorpresa que en A Piragua redondeaba el conjunto. Uno puede tener la sensación de que, al final, la cosa no va al sitio que debiera –vamos, que se espera un golpe final que no acaba de llegar…- o de que el autor sugiere ideas y toca caminos que luego no desarrolla y podrían haber sido coherentes e interesantes –lástima no poder explayarme en este campo sin entrar en spoilers…-. Confieso haberme montado una película en mi cabeza acerca de un posible nexo de unión entre ambos personajes que nunca llegó. Pero en esta ocasión, esta falta de golpe final tan solo hace que el texto se quede en notable alto; solo un escaloncito por debajo de lo que hubiese podido ser de haber contado con una última carambola que le diese un sentido cerrado al todo. A pesar de todo, es un notable texto, que está por encima de lo que suele producirse en teatro gallego y que merece ser visto.


Para redondear el resultado, este interesante texto se ofrece en una estupenda versión: sin mácula el espectáculo que ofrece Talía Teatro: honesto, profesional y bien preparado. La compañía gallega llevaba ya unos años –creo que desde la excelente Palabras Encadeadas- sin dar con espectáculos especialmente redondos, ya fuese por el contenido o por el continente. Y creo que con Demolición firman su mejor trabajo desde hace tiempo –mi enhorabuena también a la compañía-. Porque todo es sencillo y a la vez todo funciona: tanto Toño Casais –el bakala inválido hecho a sí mismo: un personaje que en las esferas gallegas bien podría ser vecino del coruñés barrio de Monte Alto- como Artur Trillo –el maduro potentado venido a menos que espera la demolición con impaciencia- saben crear personajes cercanos y convincentes, sirviendo el diálogo de manera fresca, directa y enfatizando el tono en las dosis de ironía que posee el texto. Dan vida demás a perfiles totalmente antagónicos a priori con la más absoluta naturalidad. Tampoco ellos en su lectura permiten el mínimo guiño a la autocomplacencia. Hacen que un texto extenso –95 minutos- nunca decaiga en interés ni se vuelva farragoso, y trabajan codo con codo para llevar la cosa a buen puerto. Dicción y proyección impecables. La escenografía de Carlos Alonso es tan sencilla como perfectamente válida para emplazar la acción en una función que es, ante todo, de texto. Y Cándido Pazó hace lo mejor que se puede hacer con un espectáculo: que parezca que no hay director detrás, y sin embargo todo siga fluyendo como si tal cosa… Pero siendo su propio texto, hay que suponer que habrá influido muchísimo en conseguir –lo consigue- que el diálogo fluya como lo hace.

Lo dicho: un buen espectáculo bien interpretado y basado en un notable texto, que hubiese podido ser sobresaliente si argumentalmente se cerrasen o redondeasen ciertos caminos de cara al desenlace…aún cuando este desenlace –que a mí no me termina de convencer- va bastante en consecuencia con todo el resto de la acción, para bien o para mal. Una propuesta muy notable, en cualquier caso.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Demolición”, de Cándido Pazó. Con: Toño Casais y Artur Trillo. Dirección: Cándido Pazó. TALÍA TEATRO.

Teatro Rosalía Castro (A Coruña), 20 de Septiembre de 2014

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