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‘Atlas de Geografía Humana’, o una autora y sus mujeres en el confesionario

septiembre 21, 2014

Tras dos temporadas de grandísimo éxito en Madrid -con llenos cada tarde y entradas agotadas con días de antelación-, llegó al coruñés Teatro Colón en gira la producción que el Centro Dramático Nacional ha realizado de la aclamada novela Atlas de Geografía Humana, de Almudena Grandes; un ambicioso proyecto que cuenta con la dirección escénica de Juanfra Rodríguez y la adaptación de Luis García-Araus.

He de decir, como premisa inicial, que el mundo literario de Almudena Grandes –que encuentro excesivamente feminista y no exento de clichés- nunca me ha interesado más de la cuenta, aún reconociendo su capacidad para dar casi siempre con el registro idóneo para perfilar el lenguaje de sus personajes. Pero sinceramente me suelo sentir emocionalmente alejado de estos personajes. Porque ya lo saben: una cosa es la literatura femenina y otra bien distinta la literatura feminista. Y esto es claramente lo segundo: literatura más preocupada por promulgar un ideario –el feminista- a través de unos personajes que por contarnos una historia que enganche e interese a todos los públicos.

Las mujeres que pueblan el universo de  Atlas… no son en este sentido una excepción. La novela –que curiosamente ya ha sido adaptada al cine, a la televisión, y ahora al teatro- toma como excusa a cuatro mujeres que trabajan en una editorial enfrascadas en la elaboración de un atlas por fascículos de próxima publicación, para ahondar en sus vidas personajes, mediante confidencias que se van entrelazando conforme avanza la trama –y la elaboración del atlas-. Cuatro mujeres hijas de la Transición empeñadas en salir adelante sin perder nunca la sonrisa, con un ideario marcadamente feminista en cualquiera de los cuatro casos, que son perfectamente complementarios para formar un mosaico global. Cuatro mujeres de provecho y con la vida más o menos solucionada, que enfrentan problemas emocionales, sentimentales o familiares. Mujeres en conflictos –positivos o negativos- con hombres. Tengo la sensación de que para construir a estas cuatro mujeres –con sus amates, amores, desamores, idas y venidas- ha recurrido la autora a demasiados lugares comunes; y que en la mayoría de las ocasiones, es la propia autora quien habla por boca de sus personajes: se preocupa más por defender toda una serie de idearios que por dotar a sus mujeres de vida –interesante- propia. Y a pesar de todo hay que reconocer que en la historia hay golpes, hechos, diálogos y momentos puntuales que tienen gancho, y que generan retazos de posible empatía; pero, desde luego, a un servidor le costó un mundo mantener la atención – ¿o quizá debería decir mantener el interés?- a lo largo de la representación, básicamente por falta de empatía con los personajes. Y este problema radica más yo creo en el material original en sí mismo que en la –notable, como veremos enseguida- realización y ejecución del espectáculo

Dicho esto, hay que decir que –dentro de que el material de partida es lo que es- la versión es teatralmente interesante –buen trabajo de Luis García-Araus-; y se han puesto los mejores mimbres para llevar la novela a escena. En mi opinión esos mimbres son los que salvan el interés de la propuesta.

Originalmente concebida para un espacio muy peculiar como es la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero –una sala sin escenario y con apenas seis filas de butacas-, hay que decir que la adaptación del espectáculo a un espacio radicalmente distinto como es el Teatro Colón ha quedado impecable: ni el escenario se les queda pequeño ni la esquemática escenografía de Alicia Blas Brunel transmite sensación de pobreza; y la conexión con el público –mucho más fácil de crear en la sala para la que fue ideado el montaje que en un teatro al uso- se logra mediante recurrentes bajadas a la platea, la complicidad de las actrices y la capacidad del público para responder. Supongo que en un espacio más pequeño esa sensación de camaradería que transmite la imaginativa dirección de Juanfra Rodríguez se multiplicará; pero aquí se ha resuelto inteligentemente.

Otro punto fuerte del montaje es el buen manejo que se tiene de sencillos recursos como la iluminación o las posiciones para recurrir a elipsis, cambios de espacio o saltos en el tiempo. Además, se ha logrado muy bien el darle al texto ese aire de cotidianeidad que debería tener: nunca vemos a cuatro actrices sobre el escenario, sino a cuatro mujeres naturales conversando sin la sensación de ser observadas. Cuatro intérpretes volcadas en el proyecto, que lo defienden a muerte. Se podrían puntualizar aspectos concretos de unas u otras, o resaltar que unas brillan más que otras; pero creo que lo adecuado y pertinente es básicamente aplaudir el buen trabajo grupal –porque esta es una función de grupo- de –las cito por riguroso orden alfabético, porque sería injusto destacar a unas sobre otras- Arantxa Aranguren, Ana Labordeta, Ana Otero y Rosa Savoini: cómplices, frescas y volcadas en lo que hacen. Además, muy empáticas con el público en una función que así lo requiere. Saben sacar oro de los momentos especialmente ácidos -especialmente Labordeta y Otero, no porque sean mejores, sino porque tienen más…- que son a fin de cuentas los más interesantes, porque ahí se ven esos golpes de ingenio más o menos aislados a lo largo del texto de los que hablaba más arriba. Su buen hacer es la principal razón para ir a ver este espectáculo. También se le saca partido a la presencia de un violinista en directo –Ángel Ruíz-, que interpreta toda una serie de piezas de música clásica –no necesariamente pensadas para violín- usadas muchas veces no como mero elemento decorativo –esto ya lo hemos visto en otros montajes…-; sino –y esto es lo más interesante y lo novedoso- con función expresiva a raíz de los propios acontecimientos. Y en este aspecto el recurso cumple su cometido con nota.

Media entrada, risas aisladas –creo que todos, como yo, acusaron la falta de regularidad en el hilo argumental- y una acogida bastante cálida a las actrices al final, como recompensando su talento y su entrega; en un espectáculo que se sostiene más por cómo se cuenta –y por quiénes cuentan- lo que se cuenta, que por lo que se cuenta en sí mismo.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Atlas de Geografía Humana”, de Almudena Grandes. Con: Arantxa Aranguren, Ana Labordeta, Ana Otero, Rosa Savoini y Ángel Ruíz. Dirección: Juanfra Rodríguez. Versión teatral: Luis García-Araus. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Colón (A Coruña), 12 de Septiembre de 2014

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2 comentarios leave one →
  1. septiembre 21, 2014 07:22

    Al fin y al cabo, los actores son los vehículos utilizados en el teatro para contar las historias, y como tales, son uno de los elementos principales sino el principal de una función. La verdad es que yo leí hace años la novela y no me la imaginaba como un texto adecuado para llevarlo a las tablas.

    • septiembre 21, 2014 21:23

      ¡Gracias por tu mensaje! De acuerdo solo a medias: evidentemente el actor es el vehículo para contar la historia y es uno de los elementos principales de una función. Ahora bien, yo no diría que es “el” principal: lo que me cuentan para mí tiene casi tanta importancia. Y a veces una función que tenga actores “no tan buenos” puede salvarse porque el texto sea muy bueno y me interese mucho lo que me cuentan. A mí me pasa más eso que al contrario.
      En cualquier caso no cabe duda de que ATLAS… es una función que ha tenido y está teniendo gran éxito de público y crítica.

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