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‘Ubu Roi’, o jugando a la guerra ácida

julio 28, 2014

Espectáculo en lengua francesa

Hay que celebrar la inclusión en el programa de la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia de una compañía puntera como es Cheek By Jowl, y de una figura de la dirección teatral como Declan Donnellan –sin duda uno de los nombres más influyentes de la actualidad teatral mundial- con su personalísima versión del Ubu Roi, de Alfred Jarry. Expectativas en todo lo alto, aforo completo en el Auditorio del Castillo, y toda la flor y nata del teatro gallego tomando buena nota de lo que ocurría. Éxito rotundo al final, con carcajadas y aclamaciones ante un montaje logrado que tiene el sello particular del director británico.

Declan Donnellan enfoca el Ubu Roi como una farsa satírica, como una parodia de los convencionalismos de la pequeña burguesía francesa actual, y juega irónicamente con hasta dónde pueden llevar esos convencionalismos. La historia comienza en el salón de una casa de pequeñoburgueses franceses contemporáneos en el que un matrimonio impecablemente vestido espera invitados a cenar. Hasta aquí, podría ser el arranque de una de esas comedias francesas que tanto se estilan ahora –pienso en Un Dios Salvaje, de Yasmina Reza; El Nombre, de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patelliêre; o incluso en Da Vinci Tenía Razón, de Roland Topor, por poner ejemplos de obras que han subido recientemente a escena-. Ajeno a los preparativos de sus padres, el hijo adolescente –con una cara de maniaco-depresivo en potencia que quita el hipo…- graba cuanto sucede atentamente con su cámara de vídeo: así, los espectadores vemos una larga filmación al comienzo que nos permite conocer cada rincón de la casa y a los personajes: el traje impecable del padre no le permite esconder una caca en la nariz, y las letrinas del baño están manchadas de mierda… Y en su espera, ese matrimonio tan francés, tan impecable, no duda en montárselo con vicio delante del hijo que observa abochornado desde el sofá, dando rienda suelta a su verdadera naturaleza ahora que nadie les ve…

Llegan los invitados –también muy franceses, muy impecables, muy divinos ellos- y comienza en el salón la cena. Hasta que en un momento, el hijo del matrimonio anfitrión entra en una especie de enajenación pasajera en la que construye la historia de Ubú con sus padres y los invitados dentro de su mente: los padres se convierten en el matrimonio protagonista, los invitados son los reyes destronados, y él asume el rol de príncipe vengador… todo desde un punto de vista irónico y satírico, alejado de lo real. Porque ese hijo está harto de la pose rancia que debe tener que aguantar cada día, y quiere acabar con todo. Se establecen así dos planos narrativos perfectamente diferenciados en torno a los que girará toda la propuesta: la cena real –que continúa a lo largo de toda la función- y la historia de falsedad y traición de Padre y Madre Ubú, que vemos desde el prisma de un adolescente, en la que sus padres son personas ridiculizadas que sacan lo peor de sí mismos.

Este juego permite potenciar toda la comedia y todo el absurdo presentes en el texto. Así, toda la historia tiene lugar en el salón de esa casa y con los utensilios de la casa –los cabezales de lámparas de noche pasan a ser coronas, las espumaderas y las escobillas del váter se convierten en espadas, las letrinas en escudos, las batidoras en peligrosas armas de asesinato, el Ketchup acabará inundando las paredes de la casa cuando la masacre alcance su punto culminante y un sofá volcado hará las veces de cueva…-. De esta manera se construye toda la historia, como una especie de fantasía propia de un cómic, o de una película de serie B, que Declan Donnellan usa para criticar la falsedad, lo reprimido de las costumbres y lo permeable de la burguesía francesa: detrás de esas caretas de perfección no hay más que hipocresía, deseos reprimidos y violencia silenciosa. La procesión va por dentro.

Hay varios hallazgos en la versión: primero, su capacidad para desplazar las coordenadas de la acción sin tocar el texto original, y conseguir que todo encaje perfectamente; segundo, su imaginación desbordante para crear comedia con situaciones absurdas a partir de la cotidiano –las carcajadas son constantes, y las sorpresas se suceden sin descanso-; tercero, su maestría para conjugar plano real y plano imaginario –entra y sale de la realidad a la ficción a placer, sin que el ritmo se resienta nunca-, siempre buscando que se potencie la comedia, de manera que podemos pasar de un universo al otro en el momento más insospechado. Y, sobre todo, su sentido del ritmo, y la implicación que consigue de un elenco de sobresalientes actores, que se entrega por entero a la causa, y se mueve con total entrega y comodidad en los dos niveles de la farsa. Pero si por algo destaca esta versión, es porque se ha conseguido levantar una comedia auténtica, de esas que enlazan un gag tras otro, sorprendiendo con humor inteligente a un espectador que se ríe durante la práctica totalidad de la representación. Comedia auténtica, comedia total, comedia implacable. ¡Por fin alta comedia burguesa que funciona!

En esta propuesta –desbordante como digo de energía, humor, imaginación y acidez- destacan, como mínimo, tres momentos absolutamente gloriosos en los que la farsa alcanza todo su esplendor: el asesinato del Rey Wenceslao –con esa batidora que permite ver los sesos…-, la entrada en Rusia –con el vendaval surgiendo a través de la puerta de entrada a la casa que se abre- y el discurso al público del protagonista en el punto culminante de su sadismo despótico, buscando banqueros entre los asistentes dispuesto a asesinarlos. Momentos brillantemente resueltos con absurda ironía: seguramente hay muchos más; pero estos son sin duda los más brillantes en mi opinión.

No nos vamos a engañar: también es cierto que la propuesta decae hacia el último tramo –todo el segmento del bosque no es tan genial como el resto ni a nivel argumental ni a nivel estético-, y que la única concesión final a la violencia real –en un momento aparece una pistola…- parece un punto fuera de lugar, porque deja de lado los límites de lo farsesco en los que había jugado todo el resto del montaje, y que creo que no termina de funcionar: ¿por qué no rematarlo en la misma línea en la que se desarrolla?, u otra posibilidad ¿por qué no sugerir, si quiera sutilmente, que la violencia puede aparecen en cualquier momento en el plano real? Pero son apenas un par de minucias ante una propuesta inteligente, que rezuma humor y que demuestra que se puede actualizar un contexto jugando con todo el sentido del texto pero sin traicionar en absoluto ni a su integridad ni a su contenido.

El espacio escénico de Nick Ormond es sencillísimo –todo se basa en el trabajo actoral-, y en este sentido hay que destacar cómo todo el aparato audiovisual –con la cámara como testigo de todo- permite acceder a espacios que no forman parte de la acción, o potenciar primeros planos cuando la situación lo requiera, a fin de potenciar cuanto de cómico y grotesco tiene el original. Además, aunque luzca mucho mejor en un espacio cerrado, encontré muy acertada la iluminación –de Pascal Noel– a la hora de enfrentar ambos planos narrativos.

De primerísimo nivel el reparto congregado. Un reparto coral, en el que todos trabajan para el compañero y con un fuerte sentido de equipo. Entre el sobresaliente nivel general, hay que destacar la soberbia encarnación de Ubú que se marca Christophe Grégoire, un actor de los grandes que brilla con luz propia, capaz de unir la elegancia de Jean Renó con el histrionismo de Gerard Depardieu en un solo personaje; que pasa del galán maduro al histrión cegado por la sed de crimen del asesino en serie –entrando y saliendo de un registro a otro a placer- en cuestión de segundos sin que le suponga problema alguno. Su escena ante el público, para enmarcar –¡bravo por esos ojos saltones!- . No le va a la zaga Camille Cayol como su esposa, una instigadora que nunca pierde su elegancia en su periplo criminal, potenciando así el sentido de la parodia de su personaje, porque termina convirtiéndose en una Lady Macbeth de serie B: una burguesa reprimida que deja salir lo que tiene dentro a través de la violencia imaginaria. También Sylvain Levitte –en su doble función de hijo y Príncipe Burgelois- realiza un excelente trabajo, en una encarnación que es inquietante en medio de tanta comedia, porque resulta como pura adrenalina a punto de estallar. En fin, Cécile Leterme –otra oda a la elegancia rancia pequeñoburguesa francesa en la Reina Rosamunda-, Xavier Boiffier y Vincent de Bouard completan este excelente y entregado elenco, capaz de servir la farsa desde la convicción de la seriedad: el único lugar que permite que podamos troncharnos de risa.

Risas constantes y aplausos en pie para un espectáculo que demuestra la inteligencia de Donnellan y que sirve como ejemplo de cómo tratar un clásico llevándoselo a su propio terreno sin perder nunca ni el respeto por el original ni la cabeza. En unos tiempos en el que se ven adaptaciones de clásicos que pretenden ser personales y terminan siendo vulgares, se agradece la inteligencia que destilan los Cheek By Jowl, que deberían ser un ejemplo a seguir para muchos.

Solo un pequeño tirón de orejas a la organización del evento: no se nos entregó programa de mano de ningún tipo, con lo que tuve que consultar la ficha técnica en la web de la compañía.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

 

“Ubu Roi”, de Alfred Jarry. Con: Christophe Grégoire, Sylvain Levitte, Camille Cayol, Cécile Leterme, Xavier Boiffier y Vincent de Bouard. Dirección: Declan Donnellan. CHEEK BY JOWL.

Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 22 de Julio de 2014

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