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‘Lo Que Vio el Mayordomo’, u hormonas dispara(ta)das

julio 25, 2014

La época estival suele ser sinónimo de comedias en gira, y esta vez llegó al Teatro Colón Lo Que Vio el Mayordomo, comedia póstuma de Joe Orton estrenada en 1969 –será casualidad, pero no me dirán que no es propio que una comedia que gira en torno al sexo se estrene justo en el año 69…-, y culmen de lo que se denomina como “comedia ortonesca” –ultrajantemente macabra-.

El punto de partida es el de cualquier comedia de enredo de la época que se precie: un psiquiatra pasa revista en su clínica a una jovencita cándida e indefensa para el puesto de secretaria con métodos digamos poco ortodoxos; de entrada, la invita a desnudarse… Por supuesto, la casualidad hará que la esposa –que aparentemente no debía llegar hasta por la tarde- aparezca en el momento más inoportuno, iniciándose así el clásico enredo de equívocos, mentiras y falsas identidades. Uno más, dirán. Pues no. Porque si algo tiene de original esta obra es que todos sus personajes tienen problemas sexuales claros: tienen un desbarajuste hormonal importante que se niegan a admitir, y que multiplica lo disparatado de las situaciones. Junto al psiquiatra dado a hacer esta clase de entrevistas peculiares, aparecen también una esposa –modosita en apariencia, pero en el fondo ninfómana, claro-; el botones del hotel donde la amante esposa ha pasado la noche, y que tiene material suficiente como para chantajearla; un médico encargado de hacer una inspección a la clínica, pero que termina buscando base para una alocada tesis que le ayude a coronarse definitivamente al plasmarla en un libro; el policía que viene a investigar las cosas cuando se desmadran… y la pobre jovencita que está allí sin comerlo ni beberlo, pero de la que acabarán intentando abusar sexualmente casi todos.

Dos son las bazas principales de este texto visto como una comedia: por un lado, la capacidad de Orton para hacer que las situaciones y los equívocos crezcan como cajas de muñecas rusas –los giros son constantes, y siempre hay una situación más enrevesada que la anterior, lo que aporta mucha fluidez al discurso-, a la vez que Orton se sirve de su comedia para parodiar situaciones del teatro clásico, que ya se encuentran en la misma tragedia griega –porque aquí caben los abusos de poder, los incestos ocultos, los travestismos…-. Pero lo más interesante de esta función como texto es todo lo que hay por debajo: ya no solo la crítica social al conservadurismo, con las pinceladas de humor típicamente inglés que el autor va dejando caer aquí y allá –y que corren el riesgo de perderse por el camino si no se presta atención dado el ritmo trepidante de la propuesta- sino sobre todo, el arco que Orton dibuja en torno al desequilibrio sexual de todos los personajes, como arma para sugerir y subrayar sus carencias afectivas: todos los personajes se sienten vacíos e incompletos; y absolutamente todos tratan de resarcirse en algún momento mediante el sexo, sin llegar a conseguir sin embargo el placer que buscan, encontrándose al final tan frustrados como al principio, o incluso más, hasta el punto de que algunos personajes llegan a dudar de su propia sexualidad, una vez que se ven inmersos en este juego de cambio de identidades que propone el enredo. Creo que en esta metáfora, y en esta lectura, está ese algo que permite que podamos separar a esta comedia de enredo de otras al uso: si se observa atentamente, aquí –con el sexo como verdadero hilo conductor de la trama- hay toda una lectura simbológica que normalmente no aparece en este género.

Pero no se me asusten: en la presente versión se ha querido potenciar ante todo el enredo, con una dirección frenética de Joe O’Curren, que sirve las situaciones a velocidad de crucero, marcando el énfasis cómico por encima de todo. Y es que todo está aquí al servicio de la comedia: los tiempos, la caracterización psicológica, el ritmo… Y funciona, porque consigue la carcajada –gracias en parte al disparate de texto que escribió Orton-. Creo que es un camino perfectamente válido para este tipo de espectáculos, pero es hasta cierto punto el camino más fácil. He tenido la sensación de que la versión está dejando escapar –o relegando conscientemente al segundo plano- buena parte de la ironía tan típicamente británica que aparece en muchas de las réplicas del texto, que aquí pasan casi desapercibidas a favor del enredo como prioridad. También hubiese sido deseable cargar un poco más las tintas en todo lo que el texto esconde: conseguir que el público reflexione sentado en sus butacas acerca de qué se está riendo exactamente, porque siento que el trasfondo puede y debe estar más presente para que el texto brille en todo su esplendor. Y, puestos a ser ortonescos, tampoco estaría de más elevar –más- la temperatura de algunas escenas que lo admiten perfectamente. Pero visto como herramienta cómica, hay que aplaudir el sentido implacable del ritmo que se encuentra en la dirección, que consigue el propósito de que el público se desternille con ese humor de escatología sexual –que quiero pensar que hoy, en pleno Siglo XXI, afortunadamente ya no escandalizará a nadie-. A pesar de ser sencillísima, es muy práctica para el enredo la escenografía de Mundo Prieto, dominada por una especie de diván de dimensiones gigantescas.

Del reparto hay que decir que se mueve en general bien en los códigos de comedia alocada que se les marcan, y lo único que se les puede reprochar es cierta descompensación a la hora de vocalizar y/o proyectar la voz en el teatro. No es en este tipo de roles en los que Pep Munné se encuentre más cómodo, y quizá su Doctor Prentice se haya contagiado en exceso de esa elegancia innata que tiene el actor: un poco más de vis cómica no sobraría –como tampoco una proyección de voz más rotunda, porque sus parlamentos a veces tendían a perderse-. Me ha sorprendido gratamente Lola Marceli, aquí mucho más comedida y cómoda que en algunos trabajos suyos que haya visto en televisión y que no habían terminado de convencerme: aunque el personaje y el texto se prestan a excesos, en esta ocasión sabe controlarse, y firma uno de sus mejores trabajos, porque incluso sus excesos están bien medidos. Puede que el mejor sea Paco Churruca, perro viejo en este tipo de funciones –ha estado recientemente en La Ratonera o El Apagón, en papeles de fuerte carga histriónica con buen resultado-: controla los códigos con una comodidad asombrosa y sabe construir a ese científico loco de cómic trabajando la gestualidad desde unos excesos buscados que domina perfectamente, y saliendo a bien, con total naturalidad y como pocos serían capaces de un par de deslices con el texto.

Si no avisasen por megafonía que Carolina Lapausa está haciendo una sustitución de último momento como la secretaria que inicia el embrollo -excusa ideal para tenerla en el punto de mira….- nadie lo diría: aparece perfectamente integrada en el montaje, pizpireta como si siempre hubiese estado ahí, y parece estar disfrutando de su ritmo frenético, mostrando una profesionalidad y un saber estar a prueba de bomba. Por cierto: puede que su característico timbre de voz la ayude, pero es la actriz que mejor proyecta en todo el reparto. Cumple sin apuros Mundo Prieto como el Inspector Match, y Raúl Mérida se repone súbitamente en la segunda mitad del espectáculo de cierto encorsetamiento en escena, y, sobre todo, de una proyección que comienza siendo francamente mejorable y que termina siendo aceptable. En cualquier caso se da un fenómeno curioso: en cuanto su personaje se traviste –uno puede pensar que esta es la parte más complicada…- el actor parece crecer.

Con todo, es una propuesta honesta y entretenida con un equipo cohesionado que cumple con su función de hacer que el público se divierta. Sí es cierto que al texto se le puede sacar más chicha si se quiere, y que hay interpretaciones mejores y peores siempre dentro de un nivel de honestidad, pero creo que este tipo de teatro del que yo llamo “para desengrasar” –porque la carcajada está garantizada- viene muy bien de vez en cuando, y encuentra en los parones estivales el momento más indicado para su exhibición.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“Lo Que Vio el Mayordomo”, de Joe Orton. Versión: Julio Escalada y Tomás Gayo. Con: Pep Munné, Lola Marceli, Paco Churruca, Raúl Mérida, Carolina Lapausa y Mundo Prieto. Dirección: Joe O’Curneen. TOMÁS GAYO PRODUCCIONES / METRÓPOLIS TEATRO.

Teatro Colón (A Coruña), 19 de Julio de 2014

 

 

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