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‘Novecento’, o el poder del contador de historias

junio 26, 2014

 

“No estás verdaderamente jodido mientras tengas una buena historia que contar y alguien a quien contársela” (Novecento, Alessandro Baricco).

La magia del teatro es algo que sucede raras veces. Ese algo inexplicable que hace que nos conmovamos profundamente con lo que estamos viendo. Y cuando asistimos a un espectáculo de teatro desnudo, sin opulencias ni artificios, sin más méritos que un texto enorme y un actor enorme, franco y desnudo ante el espectador, y aún así nos seguimos emocionando, no asistimos ya a la magia del teatro, sino a algo que creo que va más allá: porque es la magia de la historia, la magia de la palabra, la magia del actor. El poder de cautivarnos que tiene algo tan sencillo –y tan difícil- como que nos cuenten una buena historia. Y eso, justo eso, es lo que va a encontrar el espectador que asista a ver Novecento.

Nacida originalmente como un monólogo teatral en 1994 y popularizada a través de la película La Leyenda del Pianista del Océano, -de Giuseppe Tornatore y que protagoniza Tim Roth-, Novecento es una historia de Alessandro Baricco sobre un hombre que vive toda su vida a bordo del Virginia, un barco que realiza viajes entre Europa y América a comienzos del Siglo XX. Un niño que aparece en una caja de zapatos, que es adoptado por uno de los marineros del barco, que no tarda en quedarse huérfano… y que no tarda en convertirse en una leyenda del piano y el jazz, cuya fama alcanza notoriedad internacional; aunque sin bajarse nunca del Virginia. Porque nuestro protagonista, Danny Bodmann, T.D. Lemon “Novecento” jamás pisa tierra. Pero esto no le impide desarrollar una vida plena, alcanzar la fama ni trabar una sincera amistad de años con Max, el trompetista del conjunto del barco, que es quien ahora nos cuenta la historia guardada en su memoria, tal y como él la recuerda.

Y así, Max-Rellán/Rellán-Max va desgranando una historia que es como un gran cuento, como una gran fábula acerca de cómo vivir la vida, de la facilidad con la que se puede llegar a alcanzar una vida plena, de cómo las decisiones que tomamos –o las que no tomamos- determinan nuestra vida, y del poder de la amistad sincera, a través del cariño y la admiración mutua. Pero sobre todo, una historia sobre la necesidad de dejar un legado, de conseguir que alguien nos recuerde… y una historia sobre la necesidad de contar nuestra historia. Así, a bordo del Virginia se suceden duelos de piano –que bien podrían estar sacados del western-, amores a primera vista que no van a ninguna parte más que al recuerdo, viajeros que van y vienen y dejan su impronta en el espacio que pisan y en quienes lo habitan… Pero también las circunstancias exteriores: la guerra, la pobreza, la distancia… y la inmensidad de la gran ciudad enfrentada a la inmensidad del mar, batiéndose de alguna manera a duelo por quedarse con Novecento…

Me imagino que cualquiera de ustedes habrá leído a estas alturas algo de Alessandro Baricco, y ya sabrán que nos estamos enfrentando a un maestro del cuento, a un tipo capaz de poner su imaginación desbordante al servicio de las cosas sencillas y pequeñas; y a un agitador emocional de primera fila. Todo esto está presente en Novecento. Una historia pequeña pero grande, escrita en una prosa bellísima; que facilita que el espectador se sienta cercano a todos esos personajes, y visualice océanos, grandes ciudades, fiestas o barcos en ruinas sin necesidad de nada más que escuchar la palabra. El cerebro hace el resto, y la palabra es tan hermosa y tan poderosa que se hace inmediatamente imagen en las cabezas de todos nosotros. De la misma manera, los personajes son tan sinceros y humanos que la implicación personal y la emoción no tardan en aflorar en el público.

En su montaje, Raúl Fuertes confía mucho en el texto de Baricco, y deja que sea el texto el que lo haga todo. Nada hay en escena más que el actor, un foco y la palabra: ni el más mínimo atrezzo, ni el más mínimo complemento… Nada. Y, sin embargo, los espectadores navegamos de la risa a la emoción sin perder comba de nada de lo que ocurre –y supongo que, como yo, todos lograron visualizar las imágenes dentro de su cabeza-. Por poner un pero, sí es cierto que hay un par de momentos –ojo, son dos momentos muy concretos- que, personalmente creo que podrían haber sido subrayados con música: a mí personalmente me aportaría cosas como espectador…; pero a la vez creo que es muy valiente el planteamiento de espectáculo de Fuertes, y lo bien que le funciona.

Y dicho esto, queda claro que el texto de Baricco es una belleza en su mágica sencillez, todo él. Pero claro, hace falta un actor inmenso para ser capaz de transmitir todo esto al espectador durante hora y media desde ese espacio vacío, meterse a la audiencia en el bolsillo y acabar con la sala en pie. Y aquí lo hay, no cabe duda. Miguel Rellán está inmenso. Es inmenso. Lo que hace en este montaje es, sencillamente, uno de los actos de amor por el teatro más hermosos que quien firma haya visto en largo tiempo. Su relato transmite una humanidad, una verdad, una capacidad de emoción fácil, sincera, contenida… Toda una gama de sentimientos que están ahí, y llegan al espectador sin artificios de ningún tipo. Y es que Rellán parece trabajar muchas veces desde su propia emoción, desde su sinceridad, como si realmente llevase dentro de sí esa historia que le dejaron en prenda y que hoy necesita ser contada. Con Rellán nada chirría. Todo es limpio, elegante, sincero, y la mirada desprende una feliz melancolía que va como anillo al dedo a esta historia. Desde esa sencillez, uno llega a pensar –erróneamente, claro-, que la proeza de Rellán con este espectáculo es cosa fácil. Craso error. Porque es muy difícil hacer que un escenario tan vacío se encuentre tan lleno con la sola presencia de Rellán contándonos su pequeña historia. Es muy difícil que no haya nada, y que, sin embargo, gracias a Rellán y gracias a Baricco, no echemos en falta nada. Es muy difícil que algo tan sencillo –y tan difícil- como una buena historia bien contada nos conmueva como ésta lo hace. Y ahí tenemos a Miguel Rellán, hurgando en nuestras emociones con maestría desde el gesto, desde la palabra, desde la verdad. Todo rinde a gran altura, y Rellán nunca decae; pero el último cuarto de hora, sin ir más lejos, es una de las cosas más sinceramente emocionantes que haya visto este año en un teatro, y las lágrimas brotaban en los ojos de varios espectadores. Un derroche de entrega, de generosidad, de amor por el teatro y de amor por el público. Un grande.

Y ni más ni menos que esto es lo que hay: una pequeña-gran historia que contar en un lenguaje cargado de emoción, y un soberbio actor que nos la cuenta. Ojalá que todos puedan disfrutar de este espectáculo, porque historias así merecen ser contadas, e interpretaciones así merecen ser vistas de cerca. Propuestas como esta engrandecen el arte del teatro. Es de esas cosas que uno agradece haber visto.

H. A.

Nota: 4.75/5

 

“Novecento”, de Alessandro Baricco. Con: Miguel Rellán. Dirección: Raúl Fuertes. BUCHARTA S.L.

Teatro Español (Sala Pequeña), 21 de Junio de 2014

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