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‘La Vida en Blanco’, o la soledad es muuuuuuy mala

mayo 30, 2014

Me habían estado hablando de la calidad de esta función durante buena parte de los cuatro meses que se mantuvo en cartel en La Casa de la Portera; y, sin embargo, la había dejado pasar, dando prioridad a otras propuestas de la vasta cartelera madrileña. Craso error por mi parte. Y en esto que un cúmulo de casualidades –yo el pasado domingo iba a ver otra función, no pudo ser; y acabé enterándome de que se repescaba en Teatro del Barrio este monólogo, y allá que me fui casi por no perder la tarde, poco menos que de rebote…- han hecho que este espectáculo de texto, de actriz, de autor; y yo nos encontremos finalmente. Apenas 50 minutos; pero ¡qué 50 minutos! Un espectáculo pequeño y directo; intenso, con mucha magia, de esos que hacen que entendamos por qué asistimos al teatro. La Vida en Blanco –un monólogo formidablemente escrito por José Manuel Carrasco y magistralmente vivido (que no interpretado, porque lo vive) por Ana Rayo– se ha ganado por derecho propio un lugar de excepción en la lista de espectáculos revelación de mi temporada teatral en particular, y de la temporada teatral madrileña en general. Ya saben: de esos a los que uno va un poco por azar, sin esperar mucho; y de los que sin embargo se sale pleno; y sobre todo habiendo descubierto no uno sino dos talentos que desconocía. Y todo, insisto, en solo 50 minutos: pero ¡qué 50 minutos! No se necesita más.

Una casa cualquiera. Una casa impersonal. Se abre una puerta, y entra una mujer común, también impersonal, en su primera madurez. Una mujer desubicada, que habla consigo misma sola en su casa y que reconoce que es un ser gris e insignificante. Sus problemas empezaron el día que en el colegio las monjas le preguntaron qué quería ser de mayor: María Fuentes, al contrario que todas sus compañeras, no supo qué contestar. Y, desde ese día, digamos que la vida no le ha acompañado… No ha tenido suerte, no ha sabido buscársela o sencillamente no pudo ver y aprovechar las oportunidades que la vida le ofrecía. Ahora vive encerrada en su propia soledad, como una ermitaña, sola contra un mundo al que desprecia, porque ni repara en ella. Su vida es, como dice, un gran blanco. Un vacíovital que no sabe como llenar. “No te quedes sola, María, que la soledad es muuuuuuuuuuy mala” –le decía siempre esa madre a la que despreciaba y de la que tuvo que cuidar hasta que murió-. Y, sin embargo, parece que a María Fuentes no le va tan mal a priori: de entrada es una mujer ácida, irónica, que lanza dardos envenenados contra todo y contra todos. Una suerte de ama de casa amargada típicamente castiza y con un puntito choni, racista, narcisista y clasista con la que el público se descojona a priori, porque parece la vecina pesadísima y métome-en-todo que nadie querría tener. Va contra el mundo, pero parece que la culpa no es suya; sino del mundo en sí mismo. Y se ríe de sí misma desde la acidez cuando no le sale una a derechas ni pa’ Dios –porque vale que ella no se ayuda, pero ya hay que tener mala suerte para que le caigan todas las casualidades malas a ella: porque, sin comerlo ni beberlo, se ha llevado unos cuantos palos-.

Pero pronto vemos que detrás de este perfil hay una persona profundamente deprimida, dolida, enfadada, incapaz de entender qué es lo que falla para que su relación con el resto del mundo sea tan desastrosa. Una persona que se ha quedado en nada sin darse cuenta; y que a día de hoy probablemente tenga algún tipo de trastorno límite de la personalidad a causa de la presión que le genera tener que soportar esa vida vacía. Una persona que lo mismo está arriba en la acidez que está abajo. Y cuando se desmorona –para volver a levantarse, siempre, en esa coraza de acidez agresiva- se generan unos silencios incómodos espectaculares en el mismo público que hasta hace un segundo se descojonaba, y que de repente siente una lástima insoportable por esa pobre mujer sin suerte, que está cansada de vivir esa existencia mediocre y vacía, esa vida en blanco del título; pero que no está dispuesta a poner nada de su parte para que las cosas cambien, por más que le duela estar como está. “¿Qué pasa? ¿Es que se me ve? ¿No se me ve?”, dice Ana en un momento, antes de abordar una larguísima pausa dramática en la que fulmina al público con la mirada. Y entonces sientes el primer escalofrío.

Y no pasa nada y pasa todo. Te cuelas durante 50 minutos en la vida de esta mujer tan particular, que ríe, que llora, que pone a caldo y que se lamenta; pero que es incapaz de salir del pozo en el que está metida. Y tú te ríes con ella –aunque a la vez te das cuenta que la vida de esta señora es un dramón de los de aquí te espero…- y se te pone un nudo en la garganta con ella… Y la sacudida emocional que te pega es de primer nivel.

Son muchos los aciertos de la escritura de José Manuel Carrasco –que también dirige su propio texto-, entre los que me limitaré a enumerar solo un puñado, de los que me parecen más importantes. Primero, haber sabido construir perfecta y conscientemente un personaje tan gris, tan mustio, tan vacío, tan antiteatral y tan falto de interés real…; pero a la vez un personaje de tamaña complejidad como para que nos atrape. Segundo, haber creado un discurso tan natural, tan cotidiano, tan falto de cualquier artificio, que pareciera que no hubiese un texto prefijado, sino una mujer real dejada ahí divagando en el salón de su casa: no es fácil encontrar el registro exacto de la cotidianeidad; y él lo consigue por completo. Se agradece muchísimo cuando esto ocurre. Tercero, haber sabido contar el gran drama de la impersonalidad: un drama que huye del exceso lacrimógeno, y que no renuncia a moverse en los términos de la comedia acidísima –sin dejar por ello de ser un dramón del copón, que lo es-; para que el público se ría sin perder nunca de vista de qué se está riendo: es entonces cuando tomamos perfecta consciencia de que María Fuentes bien podríamos ser cualquiera de nosotros; incluso de a cuántas Marías Fuentes conocemos. Y es entonces cuando entendemos la situación, el texto y la problemática en toda su extensión, y nos damos cuenta de la grandiosidad de lo que estamos viendo. Solo una pega: hacia el final, María Fuentes –que nos ha confesado que no es una mujer demasiado leída- hace una suerte de remix de citas de diversos personajes de Chéjov, asumiéndolas como si fuesen suyas. Va mucho con el personaje –muy chéjoviano por muchas cosas- y el tipo de texto –ídem-, pero cuesta creer que esta mujer haya leído a Chéjov –y más aún que esté encadenando las citas de rebote de manera casual-. Y miren que a mí me gusta Chéjov…

Dado el texto, se necesita una actriz a la altura capaz de traducir todo esto al espectador. No pretendo engañar a nadie: no conocía de nada a Ana Rayo ni tenía ninguna referencia previa más allá de las de los muchos que habían visto este pequeño espectáculo. Apunten urgentemente su nombre. Porque lo que hace aquí es un ejercicio de entrega y generosidad absolutas con el texto y el público, en las distancias cortas. No actúa, vive, es María Fuentes. Sin artificios, a media voz, desde una economía de medios que pone aún más de relieve lo impersonal del personaje. Es tarea dificilísima abordar así este texto que lo tiene todo para acabar resultando un festival de lloriqueo y lamentaciones si la actriz así lo quisiese. Pero la Rayo –nótese cómo uso el artículo que ha de ir obligatoriamente junto a los nombres de l@s grandes- ha entendido perfectamente lo que tiene entre manos, y realiza un acercamiento basado en la contención expresiva. Mustia, como es su personaje, apagada; y a la vez tan elocuente a la hora de expresar y transmitir sentimientos. Porque aquí todo es de verdad: su acidez entendida como arma de protección, sus altibajos emocionales inesperados, sus lágrimas, su llanto, su rabia apagada en su mustiedad…. Todo a dos palmos del espectador. Y hay otra cosa: tiene un dominio del silencio y de la mirada de esos que quitan el aliento. La que le echó al firmante en ese silencio que precede al “¿No se me ve?” del que hablo más arriba todavía me estremece al recordarla… Un prodigio de verdad.

Media entrada en el pequeño Teatro del Barrio, pero público cómplice de esos que da gusto tener; con no pocas caras conocidas de la profesión entre el público y ovaciones prolongadísimas –y merecidísimas- para actriz y autor. Según dijo la actriz al final ante todo el público, de momento, es la última función que tienen contratada… Sería un error dejar que este espectáculo tan breve, tan sencillo, tan directo y que cabe perfectamente en cualquier tipo de espacio se muriese en este punto. Nadie debería dudar en querer contar con él en su programación. Un pequeño milagro.

H. A.

Nota: 4.75/5

 

“La Vida en Blanco”, de José Manuel Carrasco. Con: Ana Rayo. Dirección: José Manuel Carrasco.

Teatro del Barrio, 25 de Mayo de 2014

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