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‘Muda’, o sonidos, silencios y lágrimas

mayo 26, 2014

Prosigue el ciclo en torno a las obras del argentino Pablo Messiez en la Sala Mirador con Muda, que ya se había visto anteriormente en Madrid –al menos en las salas Pradillo y El Sol de York-. Debo decir que, si bien con su anterior propuesta dentro de este ciclo –Los Ojos– hubo algún aspecto que no me terminó de arrebatar, en esta ocasión, Messiez ha conseguido esa extraña simbiosis necesaria para que se dé el milagro de la magia del teatro. Un espectáculo con sonrisas y lágrimas –como la vida-, sobre la vida y con esa extraña capacidad de tocar la fibra sensible no solo de quien suscribe –porque un servidor tuvo que volver a sacar los kleenex en una sala de teatro después de bastante tiempo…-, sino de prácticamente toda la sala. A una de las respuestas más calurosas y sinceras que recuerde –el público comenzó a ponerse en pie progresivamente al final entre bravos-, siguió esa espectacular bocanada de emoción que podía respirarse a la salida: detrás de mí –que me retiraba en silencio ceremonial, aún emocionalmente tocado por lo que acababa de presenciar-, salía llorando desconsolada, abrazada a su acompañante y murmurando entre la llantina algo así como “es que lo que me pasa es justo lo que ocurre en la obra… y nunca lo va a entender”.

Con Muda, Messiez ha querido escribir una pieza sobre la soledad, el amor –o la falta de amor-, las distintas maneras de afrontar esa soledad y la necesidad de comunicación con el exterior como forma de salvación. Y sobre todo, sobre la imagen –real o no- que proyectamos al exterior para ir “tirando p’adelante” como buenamente podamos entre nuestras miserias. Pero todo esto visto desde los particulares códigos del dramaturgo argentino, claro. Ya desde que accedemos a la sala, Messiez nos advierte que esta historia tiene algo turbio: en la parca escenografía –apenas un sofá una mesa- nos recibe un hombre, con claros síntomas de estar ebrio, lloroso y canturreando “Y Sin Embargo te Quiero” mientras acaricia una soga con la que entendemos que va a poner fin a su vida de un momento a otro. Fundido a negro y comienza la función… Irrumpe en la habitación una nueva inquilina, una recién llegada, recibida por el portero del edificio –casualmente el mismo hombre del comienzo-. Parece un tipo afable –incluso demasiado afable-, y no para de hablar de anécdotas del pasado, momentos aparentemente incoherentes e inconexos de su existencia. Pero su interlocutora no responde: porque Ana es muda –una muda que se muda de vivienda, y por eso, entre otras cosas, la obra se titula “Muda”…-, y no puede comunicarse con el exterior más que por medio de signos.

La mudez de Ana no es impedimento para que tanto el portero del edificio como la estrafalaria vecina metiche –Flor- visiten repetidamente a Ana para desahogarse con ella, que puede escuchar pero no responder. Es igual. Con Ana, tanto ese portero español que vino a dar a la Argentina, alcohólico, depresivo y dependiente; como esa vecina que trabaja haciendo manicuras, metiche, deslenguada, imprudente y que habla por los codos de temas intrascendentales, se despachan a gusto, desahogan, por fin tienen a alguien que les escuche. Y casi es preferible que Ana no pueda hablar, porque ellos solo precisan ser escuchados: echar fuera, desahogar, establecer una comunicación con alguien que no les quite el protagonismo, para intentar olvidar que están más solos que la una. Y van pasando los días, y Ana apenas encuentra un momento de intimidad entre las visitas del uno y de la otra, cosa que empieza a generarle cierta inquietud, casi la misma que le produce no poder comunicarse por teléfono con alguien que desconocemos…

El público escucha las cómicas confidencias de ambos visitantes, y asiste a esta invasión de la intimidad mientras ríe a pierna suelta –por más que de alguna manera no podamos perder de vista que en algún momento las cosas van a dar un giro inesperado-. Y cuando ya estamos todos tranquilos, sucede el milagro: en esta historia las cosas no son lo que parecen, y todos guardan secretos y razones que les hacen estar en ese lugar. ¿Qué motivos tiene Ana para permanecer y aguantar las retahílas que le espetan estos dos? ¿Con quién intenta comunicarse por teléfono? ¿Cómo es posible que el portero pase de suicida a campechano en cuestión de segundos? ¿Quién está más (des)ubicado de los tres? ¿Qué está pasando en esa casa? Preguntas que el espectador irá respondiendo, para ir viniéndose abajo emocionalmente mientras descubre las claves de esta historia con doble fondo… Es en ese momento, cuando la soledad o el infortunio de los tres personajes se hace plenamente visible, patente y latente como nunca, cuando a uno se le encoge el corazón de mala manera, en un ejercicio visual perfectamente extrapolable a la realidad de cada espectador, que seguro moverá cosas a cualquiera. Y como hemos entrado a través de la risa, el tortazo que nos da Messiez con la realidad en las tres últimas escenas –ese ejercicio de supino egoísmo de la vecina metiche con la que tanto nos habíamos reído hasta entonces, esa confidencia del portero con el alma saliendo por la boca y ese final inesperado- es mucho más doloroso, y esa es la belleza de esta historia.

El elenco de confianza de Messiez la vuelve a liar –en el buen sentido, obvio-. Da gusto volver a comprobar lo extraordinaria que es Fernanda Orazi en un papel radicalmente distinto al que interpretaba en Los Ojos, pero igualmente moviéndose en niveles de excelencia interpretativa: esta vecina parece escapada de algunas de las primeras películas de Pedro Almodóvar, y habla de menudencias que no importan a nadie a una velocidad que acabaría estresando al más tranquilo: cualquiera con el don del habla la acabaría expulsando de su casa a gritos a la primera de cambio… Pero claro, Ana no puede y tiene que tragar con esta señora pesadísima… Y, como los críticos a veces también nos equivocamos, debo rectificar mi impresión sobre Óscar Velado, del que dije en la entrada correspondiente a Los Ojos que no rendía a la misma altura que sus compañeras: porque aquí está soberbio, señores. Compone un portero a medio camino entre el corderito desprotegido y lo que podría ser un psicópata en cualquier momento, un hombre lleno de ternura que, sin embargo, da un mal rollo alucinante cada vez que entra por la puerta, sin que sepamos bien por qué. Y en esa penúltima escena con Ana es Velado el que consigue desmontarte por completo desde la verdad, desde la sinceridad, desde la autenticidad, desde la emoción, quedándose con el mejor momento del montaje –lleven kleenex, van a llorar…-. Enhorabuena. No lo tiene nada fácil Marianela Pensado en la muda protagonista, porque privada la mayor parte del tiempo del don del habla, ha de expresarse desde el gesto, desde los sonidos inconexos. Dicen que en música el silencio es tan importante como el sonido; y ese silencio, esa manera en la que recibe las réplicas y cómo expresa todo lo que calla hacen su actuación fascinante. Porque tiene una presencia escénica tan grande, tan magnética, que hace que veamos en ella toda una rabia contenida y reprimida que en principio no podemos entender –un servidor se montó su propia película en la cabeza y no acertó…- y que crea una expectativa constante, que hace que nos planteemos si Ana es víctima o tiene algo de verdugo todo el tiempo.

La dirección del propio Messiez huye de cualquier artificio –en escena un sofá, una mesa, una bombilla y poco más, ni falta que hace-, y focaliza todo el trabajo en los personajes, en los sentimientos y en la palabra, buscando como prioridad alcanzar una verdad que se consigue desde el primer instante.

Me ha gustado prácticamente todo en este espectáculo –del que por cierto no se entregó programa de mano alguno-: quizá solo pondría un pero a la resolución –creo que si fuese justamente la contraria, como esperaba, ya terminaríamos todos de hincharnos a llorar…-; pero evidentemente no podría comentarlo sin entrar en detalles que supondrían un spoiler fatal… En definitiva, uno sale de la sala cabizbajo, con la sensación de haber asistido a un gran espectáculo de teatro; pero puede que también un poquito más infeliz que antes de entrar. Plenamente emocionado –sí, en esta sí-, y con la tentación de hacer como Ana: quizás levantar el teléfono e intentar cambiar algunas cosas que sabemos que no están bien… aunque en el fondo sepamos que después de la función –una vez que nos hemos secado las lágrimas- hay que seguir con nuestra vida y con nuestras miserias; que son también las de estos personajes. Si aún no la han visto, no dejen de ir: me lo van a agradecer.

H. A.

Nota: 4.5/5

 

“Muda”, de Pablo Messiez. Con: Marianela Pensado, Fernanda Orazi y Óscar Velado. Dirección: Pablo Messiez.

Sala Mirador, 22 de Mayo de 2014

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