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‘Los Ojos’, o cegueras peligrosas

mayo 14, 2014

El autor, actor y director Pablo Messiez es sin duda una de las voces más importantes del teatro argentino contemporáneo. Tras haber presentado con éxito gran parte de sus trabajos en Madrid, ahora la Sala Mirador  ha tenido el acierto de programar un ciclo durante el mes de Mayo, que permitirá revisitar tres de sus trabajos con apenas unos días de diferencia: Los Ojos, Las Plantas y Muda. Corresponde esta reseña a la primera de las tres obras.

En Los Ojos, Messiez toma como punto de partida confeso la Marianela de Galdós para construir una tragicomedia con mucho de fábula y algo de realismo mágico. Cuatro personajes: Natalia, una mujer madura que se niega a madurar, y que ha dejado la vida que tenía para venirse a otro país detrás de un exnovio italiano al que se niega a perder; su hija Nela, arrastrada por la madre a este país extraño y obsesionada con su fealdad; Pablo, el novio español invidente y cariñoso de Nela; y la doctora Chabuca Granda –sí, como la cantante-, que aparece en el momento más inoportuno convencida de que debe y puede curar la ceguera de Pablo porque ha soñado con él, como si necesitase también llenar un vacío personal -no en vano le dice en un momento a Pablo que “esta tierra y tus ojos son lo único que tengo ahora”-. Cuatro personajes desplazados, desarraigados, faltos de afecto, que intentan mendigar ese cariño que les falta a cualquier precio. Porque Natalia intenta en un principio seducir al novio ciego de su hija –al que a la vez trata como si fuese un verdadero inútil…- a la vez que no puede parar de hablar por teléfono con Andrea, ese ex que la ignora. Nela, esperanzada, se confiesa con una especie de muñeca que es un cruce entre una virgen y una Barbie, único contacto con el exterior; y en el fondo solo Pablo –que podría ser el más débil de los cuatro a simple vista- procura ver la vida con positivismo desde su ceguera, rodeado por esas mujeres tan tocadas emocionalmente. Y entonces aparece Chabuca, ese elemento externo que representa una amenaza: porque Nela entiende que si la doctora le devuelve la vista a Pablo, posiblemente él la abandone cuando se dé cuenta de que es fea…

Como digo, este esquema de partida –en el que hay mucho de la Marianela de Galdós, sí; pero también bastante de la Molly Sweeney, de Brian Friel, por poner un ejemplo- sirve para reflexionar sobre temas que son los verdaderamente interesantes. Ninguno de los personajes está en su tierra –y casualmente la escenografía está impregnada por esa tierra que les falta a los personajes-, y ninguno de los personajes tiene amor. En un momento de la función, Natalia dice que “tu lugar está donde esté alguien que te quiera”; pero estos personajes ni están en su lugar ni tienen alguien que les quiera –o no se sienten queridos de verdad-. Y esa es la verdadera base del conflicto de esta historia. Esa y las cegueras, porque cada personaje tiene su ceguera particular, una ceguera que les impide avanzar, que les impide ver más allá; y que demuestra que tal vez la ceguera de Pablo sea la menos importante de las cuatro…

Messiez escribe desde un lenguaje directo, tremendamente poético, sugestivo -en este sentido la primera escena es audaz- y lleno de imágenes; que deja frases para el recuerdo y remueve directamente los sentimientos. Escribe un drama, pero no exento de pinceladas de comedia, porque la risa se vuelve más dolorosa cuando estamos presenciando un drama sentimental como este.  Sí es cierto que en los 90 minutos que dura la función, el dramaturgo argentino construye un conflicto que –sorprendentemente-, una vez que tiene montado resuelve precipitadamente en forma de epílogo en los últimos diez minutos, como si de pronto le entrase la prisa por terminar… No se entiende por qué no hay un desarrollo argumental más cerrado del conflicto –hay soluciones que solo se sugieren y preguntas que no se responden-, y creo que la cosa habría funcionado mejor con un esquema más cerrado y más visible; pero a pesar de todo no se puede negar que la prosa es bellísima, y que el resultado es muy sugerente.

La puesta en escena que firma el propio Messiez responde a esos códigos tan propios del teatro argentino: acciones y tiempos que se solapan, espacios básicos que el espectador debe completar, personajes que se congelan para desaparecer de cuadro, pero no abandonan la escena, diálogos que se sirven a velocidad de crucero, y una violencia llena de verdad. Teatro extremo y sincero servido a un palmo de los espectadores.

Elenco de confianza de Messiez, que deja algunas interpretaciones para el recuerdo. Lo que hace Fernanda Orazi con Natalia es sencillamente una de las interpretaciones más sensacionales que haya visto en bastante tiempo: su presencia es magnética. Una mujer que puede parecer frívola a primera vista, pero que luego se agarra al teléfono con la ira desesperada de la mujer que sabe que nunca va a tener al hombre que hay al otro lado y se maneja entre el dolor desgarrado que lleva dentro y esa falsa dignidad que busca mantener tanto de cara al resto de los personajes como de cara al espectador. Imposible no pensar viéndola en la Mujer de La Voz Humana de Cocteau, e imposible no dejar de mirarla. Y, al final, cuando parece que Natalia se ha ahogado definitivamente en ese oasis de soledad, alcohol, dolor y tabaco, la Orazi obra el milagro y Messiez le regala un monólogo que cierra la función y que podría compensar toda su visión. Magnética y antológica.

No se queda atrás Marianela Pensado en esa Nela que es todo un cóctel de sensaciones y sentimientos que se agradece. Insegura no solo por su aspecto, sino también por la presencia de la madre castradora, con momentos de luz y optimismo salpicados con otros de una falta de autoestima alarmante. Sus confesiones con la muñeca/virgen –desde la felicidad por el primer beso hasta la manera en que le reza para no perder el amor de Pablo- son escalofriantes; y hay un momento de impacto directo, cuando empieza a acusarse de fea, fuera de sí en un ataque de ira. Impresionante, otra encarnación preciosa.

No es que Óscar Velado esté mal como Pablo, pero sencillamente no alcanza el nivel de excelencia de sus dos compañeras. Rinde a buen nivel, pero tal vez no sirva los códigos con la misma naturalidad que ellas: claro que hay que apuntar que está ante dos verdaderas bestias de la interpretación, y así no es fácil destacar; bastante hace para que no se lo coman entre las dos, y al menos mantiene el tipo, que no es poco. En fin, Violeta Pérez hace correctamente lo poco que Messiez le pide como la doctora Chabuca Granda: un personaje que pasa por allí un rato  con una función importante, pero apenas tiene profundidad psicológica, y como viene se va cual hada madrina.

Buen espectáculo, por la emoción que transmite y la verdad que respira a dos pasos del espectador, por el nivel de las interpretaciones y por la belleza del lenguaje; al que solo se le podría pedir una resolución un punto menos abrupta para que resultase un poco más redondo. Claro que a lo mejor es el ansia por permanecer más tiempo rodeado de esos seres lo que me lleva a hacer esta última consideración.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Los Ojos”, de Pablo Messiez. Con: Fernanda Orazi, Marianela Pensado, Óscar Velado y Violeta Pérez. Dirección: Pablo Messiez. TEATRO FERNÁN GÓMEZ / TOÑI ARRANZ PRODUCCIONES.

Sala Mirador (Madrid), 8 de Mayo de 2014

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