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‘El Viaje a Ninguna Parte’, o saber viajar es saber mirar

marzo 7, 2014

Alguna premisa…

El Centro Dramático Nacional presenta una de sus grandes apuestas para esta temporada con la adaptación teatral de El Viaje a Ninguna Parte, con un elenco de lujo y una de las directoras más en boga del panorama teatral español. No ocurriría nada extraño, si no fuese porque la institución lleva meses publicitando estas funciones como la primera vez que la novela de Fernando Fernán Gómez se lleva al teatro. Esta afirmación es solo parcialmente cierta: podrá ser –no tengo la información- la primera vez que se lleva al teatro en lengua castellana, pero desde luego no la primera vez que se sube a las tablas: hace menos de un par de años, la compañía gallega Sarabela Teatro escenificó A Viaxe a Ningunha Parte, la adaptación teatral de la novela representada en lengua gallega, que realizó una amplia gira por Galicia, y de cuyas funciones se dio cuenta en su momento en este mismo blog .

Curiosamente, el Centro Dramático Nacional parece ignorar este dato, que no quisiera pasar por alto antes de comenzar a hablar de la representación. Evidentemente, esto no quita ningún valor a las presentes funciones –sería estúpido por mi parte hacer una comparativa, porque las dos versiones son muy distintas entre sí-, pero considero que el CDN podría haberse documentado mejor al respecto: incluso las notas al programa de Ignacio del Moral hablan de una adaptación teatral realizada en Asturias según pudo saber por Emma Cohen… pero de la gallega -que, ya digo, es reciente- ni rastro ni mención.

Sobre la presente representación…

Dicho todo esto, hay que señalar que estamos ante una buena adaptación de la novela de Fernán Gómez, con efectos de gran teatralidad. Primero: la versión que firma Ignacio del Moral ha sabido condensar en apenas 90 minutos toda la esencia de la novela con ritmo implacable -esto es, ha sabido meter la tijera, quizás una de las cosas que faltaban en aquella adaptación gallega-, y fidelidad tan absoluta que cualquier espectador que tenga el original un poco fresca podrá reconocer los diálogos.

Pero la gran baza para que esta función llegue a buen puerto es la dirección escénica de Carol López, una persona inteligente que entiende el teatro de forma muy cinematográfica, y que domina el ritmo como pocas. Ya lo hizo en su día en Hermanas, sorprendiendo y emocionándonos a todos; y su montaje de Viaje… es un acierto por esa capacidad de llevar la mirada del espectador justo al lugar al que ella le conviene a cada momento: sabe organizar los espacios, los planos y los tiempos narrativos sin renunciar ni a tomar recursos directamente del cine –las proyecciones, la cámara lenta…- ni a doblar acciones y tiempos, ni a duplicar actores y personajes dentro de una misma escena. Todo esto –que podría resultar confuso y hasta estresante para el espectador- sucede con una naturalidad aplastante, porque Carol López no solamente sabe dirigir el espectáculo, sino también la mirada del espectador, que la propia López organiza como si del objetivo de una cámara se tratase. Solo hay que dejarse llevar por ella, porque sabe dónde va a caer la mirada del espectador en cada momento.

Y López no necesita más que su propia inteligencia: la acción transcurre en un espacio prácticamente vacío –por una vez, la estenografía de Max Glaenzel es muy básica-, desnudo, pero a la vez climático puesto que está muy bien iluminado por Cornejo; en el que no se echa en falta nada gracias a la imaginación de la directora catalana. Variadísimo también el vestuario de Myriam Ibáñez, y adecuada la videocreación de Álvaro Luna, bien integrada en el resultado final.

Sí es cierto, sin embargo, que, a pesar de lo impecable de la puesta en escena –por ordenada, funcional y estética-, Hermanas había dejado el listón muy alto; y no puedo evitar pensar que algunas situaciones se podían haber resuelto con un punto más de imaginación: en un espacio que se presta tanto a la interacción con el público como es el Valle Inclán, López apenas hace aparecer actores por la platea… y esta obra se presta a ello mucho más que otras que se han visto aquí. Pongamos un ejemplo: a pesar de lo estético de la imagen inicial en que toda la troupe aparece en la memoria de Galván –y los dos tiempos se entrelazan dando lugar a que arranque la historia-, este momento se prestaría perfectamente a la invasión del teatro por los personajes –así comenzaba el montaje gallego, por ejemplo; en un momento que causaba el delirio del público-. López, -que maneja el raccord teatral como pocas- podría haberlo hecho perfectamente si hubiese querido. Con todo, no cabe duda de que su dirección y control del espectáculo es impecable –incluso hasta demasiado impecable por momentos- y la organización de ritmos, planos y escenas causa admiración.

Desigual dentro de un buen nivel medio resulta el reparto, en el que no todos se ajustan con especial acierto a los especiales códigos que propone López. De gallego a gallego: me parece extraordinario el trabajo de Tamar Novas como Carlitos Galván; porque sabe encontrar el punto exacto de la parodia de ese gallego sin muchas luces pero seguro de sí mismo en su ignorancia, que cree que lo ha visto todo aunque aún no ha visto nada: plantea la comedia desde la total seriedad, como tiene que ser. El público se troncha con él en cada aparición – ¡con razón!- y su potencial cómico es de primer nivel. Da gusto que este papel de gallego tan peculiar haya caído en un actor gallego -¡qué cosas!-, que además lo sirve con tanto talento. También se sale la jovencísima Camilla Viyuela –otro de los eslabones de esa gran saga familiar-: desconocía hasta su existencia, y fue toda una sorpresa; porque hace que su Rosita robe la atención cada vez que pisa el escenario con la sabiduría propia de alguien que lleva toda la vida sobre él: convierte a su personaje en un ser tierno, entrañable, sensual sin caer nunca en lo evidente ni en el exceso; y, sobre todo, es otra de esas actrices que tienen mucha luz en la mirada. Se marca además escenas cómicas de antología junto a Tamar Novas. Habrá que seguirla, porque con este trabajo demuestra que viene pisando fuerte. Otra joya del reparto es el Carlos Galván de Antonio Gil, que dibuja el apogeo y caída de su personaje –recordemos que en esta versión los planos se entrelazan- de forma verdaderamente admirable, por voz figura e intenciones: le basta un giro para pasar de la emoción a la más devastadora melancolía; y su Galván parece(n) –acertadamente- dos personas en uno: al final, no queda ya nada del hombre que fue. Bravo también para él.

El resto de los personajes pecan de entrada de algo de falta de definición –puede que sea cuestión de la versión, o del texto en sí mismo-; pero Miguel Rellán hace crecer a su Arturo Galván de manera progresiva e implacable, encontrando momentos de bastante lucimiento hacia la segunda mitad de la función: cuando hay un actorazo, se nota…. A Olivia Molina –correcta; pero en general algo descafeinada en su enfoque, como si no terminase de sentirse cómoda- la he visto en mejores trabajos que esta Juanita Plaza; pero es cierto que su papel tampoco ofrece grandes oportunidades de lucimiento. Todo lo contrario ocurre con Amparo Fernández –que ya me asombró en Hermanas-: en este caso todo parece indicar que hay demasiada actriz para tan poco personaje; y es una lástima que no lo hayan hecho crecer, porque muestra el desparpajo de siempre: está rebosante de sinvergüencería en su número de cabaret con Viyuela y Molina, por ejemplo. También sin estar mal, puede que a Andrés Herrera –en su doble cometido como Maldonado e Iniesta- le falte un poco de chispa por momentos, y que uno acabe con esa sensación de que podría haber dado más de sí –sobre todo si se han visto otros trabajos suyos-. En fin, José Ángel Navarro cumple con corrección en los múltiples cometidos que le tocan en suerte.

Pero, a pesar de todo, el público –escaso en función de miércoles, por cierto- aplaude con ganas; porque la cosa tiene magia sobre todo en lo visual, y algunas interpretaciones de primer nivel. Tengo la intuición de que Carol López –sin duda gran artífice de que merezca la pena ver este espectáculo- ha sabido convertir en algo especial una propuesta que tal vez en otras manos y bajo otro enfoque podría haber quedado como algo intrascendente. Pero la que sabe, sabe…

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“El Viaje a Ninguna Parte”, de Fernando Fernán Gómez. Versión teatral de Ignacio del Moral. Con: Antonio Gil, Tamar Novas, Miguel Rellán, Olivia Molina, Camila Viyuela, Andrés Herrera, Amparo Fernández y José Ángel Navarro. Dirección: Carol López. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle Inclán, 5 de Marzo de 2014

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