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‘El Arte de la Entrevista’, u objetivo indiscreto

marzo 5, 2014

Vuelve Juan Mayorga a la actualidad teatral con un texto de autoría propia – ¿pero cuándo descansa este hombre?- que presenta en Madrid el Centro Dramático Nacional con un reparto que reúne a un elenco de relumbrón con trayectorias de probada solvencia en teatro, cine y televisión. Pese a lo importante del autor y lo reseñable del elenco, el Teatro María Guerrero registraba una asistencia más bien escasa…

Debo confesar que Mayorga me parece un autor tan prolífico como irregular: conozco gran parte de sus textos y, generalmente –salvo contadas excepciones que podrían ser El Crítico y La Lengua en Pedazos– creo que suele acertar más cuando cuenta historias de personajes de la calle que cuando plantea fábulas o habla de personas situadas por encima del bien y del mal. Acertó de pleno en Hamelin, me fascinó en El Chico de la Última Fila y me ha vuelto a interesar mucho con El Arte de la Entrevista, otra historia que invita a entrar de lleno en la intimidad de personas que podrían ser como cualquiera de nosotros: una historia que acaba siendo un cóctel molotov morboso, en la que el espectador quiere saber hasta dónde pueden llegar las consecuencias…

Cecilia, estudiante de bachillerato, tiene que hacer un trabajo para Filosofía: grabar en vídeo una entrevista con la persona que ella considere y subirla a Internet al día siguiente para compartirla y comentarla con sus compañeros de clase. Su madre, que tiene una cita ineludible con el padre de la chica tras años sin verse, le propone matar dos pájaros de un tiro: entrevista a su abuela –en las primeras fases del Alzheimer-, y ya de paso se queda a cuidarla… Pese a las reticencias iniciales, la chica acaba aceptando… y la abuelita acaba contando a Cecilia una historia que podría desestabilizar gravemente a todo el entorno familiar. Cuando Paula –la madre de Cecilia- descubre el contenido de la entrevista, prohíbe terminantemente a Cecilia que la difunda, porque esa historia no puede ser más que un delirio de la abuela… La obsesión de la madre desemboca en un círculo vicioso de entrevistas entre la madre, la hija, la abuela… y el fisioterapeuta de ésta última, que pasaba por allí: toda una serie de entrevistas donde los cuatro personajes se pondrán sin quererlo contra las cuerdas hasta límites que ni ellos mismos podrían sospechar y que podrían cambiar su(s) futuro(s) para siempre. Todo ello, claro, con la cámara de vídeo grabando, como objetivo indiscreto de todo lo que se dicen.

Mayorga pone en cuestión en este texto primero algo tan básico como la capacidad que tienen los entrevistados en cualquier entrevista para tergiversar y manipular la realidad, para jugar por un momento a ser quienes ellos querrían ser en su momento de gloria… Así, confronta realidad e imaginación en un juego de muñecas rusas que pone en constante jaque al espectador ¿qué familia no guarda un secreto? ¿Puede una mentira desestabilizarlo todo? ¿puede ser una mentira la base para sacar a la luz verdades que deberían haber permanecido en silencio? ¿hace más daño una mentira que una verdad? ¿están condenados los hijos a repetir los errores de sus padres? Y, sobre todo ¿es el silencio una opción cuando se está ante una entrevista? Sobre estos elementos, el autor madrileño construye además un drama familiar que nos va mostrando diferentes capas de una familia disfuncional, dejando al descubierto los miedos, frustraciones y debilidades de las tres mujeres, desnudas e indefensas ante ese objetivo indiscreto que es la cámara que lo está grabando todo; pero sobre todo desnudas ante sí mismas…

Puede que que no haya grandes conflictos; pero sin embargo esta invasión a la intimidad de la que el público es invitado de honor, crea ese morbo, ese querer saber, esa incógnita de hasta dónde puede llegar a rebosarse el vaso, que es una de las grandes bazas de este texto. Me ocurrió viendo El Arte de la Entrevista lo mismo que hace ya años viendo El Chico de la Última Fila: conforme crecía la historia, se iba alimentando mi ansia por saber quién iba a dar el último golpe en esta suerte de combate dialéctico en el que, sin grandes acciones, sí hay grandes diálogos; y los personajes se hacen muchísimo daño, a veces conscientemente y otras inconscientemente.

Pese a todo, Mayorga puede caer –al menos ocasionalmente- en un defecto que aparece en otras obras suyas: sus personajes resultan demasiado marisabidillos por momentos. Resulta un poco cogido por alfileres, por ejemplo, que Cecilia –asumimos que es la chapona de clase- sepa hablar de Sócrates, pero luego confunda el título de Esplendor en la Hierba; o que madre e hija –clase media, no más- sean capaces de citar textualmente y de memoria entrevistas al presidente Nixon… Pero, pese a todo, considero admirable su capacidad para crear un conflicto morboso desde una situación cotidiana como la que aquí se presenta. También creo que el final –de los más cerrados y menos ambiguos de cuantos tiene Mayorga- podría ser –aún- más rotundo si se utilizase todo el material supuestamente grabado a modo de breve resumen: pero esto es algo que dejo como idea.

Como sucede casi siempre con el teatro de Mayorga, esta es una obra de texto: de frases, de silencios, de saber escuchar… que requiere de un elenco a la altura. Juan José Afonso cuenta con un reparto difícilmente mejorable; y ha sabido dejar que sean la palabra y la fuerza de los actores los que lleven el peso del espectáculo; aunque huyendo de los estatismos: es un acierto, y creo que su puesta sirve muy bien al texto más que servirse de él. Ante todo, demuestra que conoce muy bien el material que tiene entre manos. Si acaso me hubiese gustado incorporar material grabado por la cámara al espectáculo de alguna manera, pero solo es una sugerencia hacia una propuesta limpia y honesta.

¿Y qué decir del reparto? Primero, que hay tres actrices brillantes de tres generaciones distintas que dan toda una lección de interpretación, cada una a su manera. Sobre Alicia Hermida voy a hablar poco, porque solo cabe quitarse el sombrero: ¡cuánta sabiduría para construir un personaje que va de lo entrañable a lo egoísta, pasando por momentos llenos de bella luz cuando su cabeza se evade en sus recuerdos! Capacidad para conmover, para tocarnos el corazoncito; elegancia escénica, magnetismo, pasión y saber hacer. Dicción y proyección impecables, siempre: sencillamente es una de las grandes. Luisa Martín –puede que en un personaje que aparece algo desaprovechado hasta el último tercio de la función- es la actriz segura, convincente y firme de siempre –esto a estas alturas del partido ya no debería sorprender a nadie-; y hace crecer a su personaje conforme las cosas se van poniendo más feas: su escena final –prima-hermana, por muchas cosas, del final de Agosto: Condado de Osage-, su enfrentamiento con Hermida, es de antología, y saltan chispas entre ambas. Como media España, he visto crecer a –y, hasta cierto punto, he crecido con- Elena Rivera a través de la televisión: siempre se le vieron tablas, pero me ha sorprendido gratamente encontrar tanta madurez como actriz en la que es –creo- su primera experiencia en el teatro profesional. Como si le gustasen los retos, no se amilana ante las dos bestias del escenario que tiene enfrente, les da réplica con la misma fuerza que recibe de ellas; y compone una Cecilia rotunda, vivaracha, amenazante y sensual a partes iguales; capaz incluso de manejarse en un pequeño despiste con el texto con total naturalidad. Sin duda, hay actriz; y será la primera experiencia teatral de muchas que están por venir para ella. A Ramón Esquinas le toca en suerte ser el elemento foráneo del que quizá se habría  podido prescindir –porque la trama y el conflicto es de las tres mujeres-, pero participa en dos escenas preciosas: una memorable con Alicia Hermida y otra junto a Elena Rivera que da pie a mil elucubraciones sobre el devenir de la trama. Hermosa y sencilla al mismo tiempo la escenografía de Elisa Sanz.

Sentimientos encontrados generales al final de la función –como pasa casi siempre con Mayorga-: desde los que confesaban haberse aburrido hasta los que salían fascinados. Puede que yo no me cuente ni en un extremo ni en el otro; pero sí creo que –con todos los peros que pueda tener- este texto es un acierto, y que vuelve por esa senda de la exploración de terrenos personales a nivel morboso, que Mayorga domina tan bien. No es un texto sencillo, desde luego, por la gran cantidad de información que aporta; pero sí es muy estimulante. Y, sobre todo, no puede discutirse que está muy bien dirigido e interpretado.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“El Arte de la Entrevista”, de Juan Mayorga. Con: Alicia Hermida, Elena Rivera, Luisa Martín y Ramón Esquinas. Dirección: Juan José Afonso. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / IRAYA PRODUCCIONES

Teatro María Guerrero, 4 de Marzo de 2014

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