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‘Julio César’, o esencias y ausencias

febrero 28, 2014

Julio César es no solamente uno de los pináculos de la creación de William Shakespeare, sino también una de las obras más complejas del teatro universal. Extensa, compleja y de temática de plena actualidad, que admite las más variadas lecturas; sube constantemente a los escenarios en versiones de diversa índole, y siempre es motivo de controversia. El último acercamiento exitoso a esta obra podría ser el magnífico docufim Cesare deve morire (Paolo y Vittorio Taviani, 2012) que resume el proceso de ensayos de esta obra con los reclusos de una prisión de máxima seguridad. Ahora, se exhibe en el Teatro Bellas Artes madrileño –girará por todo el país- una producción esencial –en todos los aspectos- ideada para el pasado Festival de Mérida, no exenta de ideas discutibles, y con resultados más bien irregulares.

Firma la versión, dirección y escenografía Paco Azorín –recordado por sus trabajos como escenógrafo en varias producciones del Teatro Español en tiempos de Mario Gas-. La versión deja reducida la magna obra de Shakespeare a lo esencial –e incluso a menos de lo que considero lo esencial en este texto-: todo ocurre en 90 minutos, por lo que la poda es implacable. Varios personajes con peso directamente desaparecen –Portia y Calpurnia por poner dos ejemplos- y otros personajes relevantes quedan reducidos a meramente anecdóticos; faltan, además, fragmentos importantes tanto a nivel dramático como a nivel narrativo. Todo esto provoca una cierta falta de cohesión en el resultado –conviene conocer la obra, para no sentir que hay agujeros argumentales que se habrían cubierto si la versión fuese más completa: de acuerdo que Julio César es una obra muy extensa, de acuerdo que hay que pasarle la tijera para hacerla representable… pero creo que aquí se les ha ido la mano en el recorte, porque además este tijerazo implacable perjudica seriamente a la caracterización psicológica de los personajes por motivos evidentes, sobre todo a la hora de dibujar algo tan fundamental en esta obra como son las relaciones entre los personajes, reducidas aquí a lo más básico aunque en mi opinión es precisamente ahí reside el peso de esta obra… Falta también fluidez en algunos aspectos de la traducción de Ángel-Luis Pujante; pero ya se sabe lo complicado que es acertar de pleno cuando se traduce a Shakespeare.

También es esencial –esencialísima de hecho- la escenografía: 14 sillas, una reproducción a tamaño natural de un obelisco que se derrumbará al llegar a la altura del cuarto acto, una mesa y proyecciones de nombres y lugares que ayudan a contextualizar los espacios en los que transcurre la acción. Corramos un tupido velo sobre las imágenes de los actores con gestos forzados de supuesta furia, porque rozan el horror vacui… El espacio no es atractivo en absoluto; y el vestuario simbólico-atemporal es un recurso que empieza a estar muy visto… La dirección de actores peca también de demasiado esencial, tendiendo al estatismo, y sin renunciar a usar el ya clásico recurso de mover a actores por la platea –aunque en este caso no aporte gran cosa…-, con problemas para resolver escenas de masas y apariciones fantasmagóricas. Es cierto, sin embargo, que hay momentos que funcionan bien –es una buena idea, por ejemplo, dirigir las exequias de César y la lectura de su testamento al público, y probablemente en Mérida la imagen haya tenido aún más fuerza de la que ya tiene de por sí en este teatro-, y que la función comienza a enderezarse progresivamente a partir del asesinato de César; pero el resultado final no deja de ser bastante desigual.

Lo que más preocupa de esta suerte de intemporalización, es que Azorín parece no haber querido mojarse demasiado: ¿en qué contexto está situando la historia? ¿qué nos está queriendo decir exactamente? ¿cuál es el mensaje que pretende que extraiga el público de su puesta en escena? Como ya he dicho, Julio César lo admite prácticamente todo, pero si vamos a actualizar una obra en escena deberíamos tener un motivo y un propósito para transmitir algo concreto al espectador. Aquí, sin embargo, ni el motivo, ni el propósito ni el mensaje terminan de quedar del todo claros, y puede que ese sea el principal fallo de la propuesta.

Luces y sombras también en el reparto –reducido a 8 intérpretes y exclusivamente masculino después de la poda-. Tanto el Bruto de Tristán Ulloa –seguramente el mejor de todo el elenco por presencia, medios e intenciones- como el Marco Antonio de Sergio Peris-Mencheta –en una interpretación sentida, completa y convincente; llena de pasión y arrebato, también entre lo mejor del reparto- ofrecen interpretaciones rotundas, creíbles y dramáticamente bien construidas, que aportan interés a la función; porque son los únicos que parecen estar verdaderamente implicados con lo que están contando. Como digo, la función mejora desde la muerte de César, porque es cuando la acción recae en estos dos personajes; y los dos actores pueden brillar. Mario Gas –excelente director cuando dirige- se limita a decir el texto sin demasiada emoción ni intención; pero lo verdaderamente grave es que uno nunca llega a ver a César, ni por figura ni por presencia. Al Casio de José Luis Alcobendas le falta quizás un punto extra de maldad sibilina para terminar de  dibujar toda la complejidad del personaje, y redondear un trabajo que, aún siendo correcto, no llega a brillar como sí sucedía en otras creaciones suyas. Completan el reparto a medio camino entre la corrección y la discreción Agus Ruíz, Pau Colera y Carlos Martos; mientras que al Octavio de Pedro Chamizo no le sobraría dar mayor empaque guerrero a su personaje.

En conclusión podríamos decir que es una versión con más sombras que luces –aunque alguna luz también la hay-; en la que falta pulso y dirección de actores, a pesar de que algunos intérpretes consiguen salir victoriosos de la difícil situación. También es cierto que cuando se tiene entre manos un material como esta obra, se debe apostar fuerte y ser ambicioso: de otra manera, se corre el riesgo de verse devorados por la vasta grandeza de la obra en sí misma, como sucede aquí en algunos momentos.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

 

“Julio César”, de William Shakespeare. Con: Tristán Ulloa, Sergio Peris-Mencheta, Mario Gas, José Luis Alcobendas, Agus Ruiz, Pau Colera, Carlos Martos y Pedro Chamizo. Dirección, versión y escenografía: Paco Azorín. FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA / TEATRO CIRCO DE MURCIA / METAPRODUCCIONES.

Teatro Bellas Artes, 22 de Febrero de 2014

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