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‘Una Vida Robada’, o de modas, mitos y culebrones

febrero 17, 2014

Empieza a preocuparme la moda casi enfermiza que se está generando últimamente, consistente en escribir ficciones varias sobre las historias de los niños robados en la España de hace unas décadas. Vale que es una realidad, pero basta con que nos lo recuerden una vez. Pues solo en el presente año ya hemos visto una miniserie para Tele5 -bastante interesante, por cierto- un casposo programa de debate en la misma cadena, que empezó como un complemento a la serie y se mantiene… y ahora llega el formato teatral: Una Vida Robada es un texto de Antonio Muñoz de Mesa que se iba a llamar originalmente La Mala Memoria -por cierto, me gusta más este otro título…-, y que revisa por enésima vez el mismo tema, tomando a placer tópicos de lágrima fácil y recursos de telenovela.

Luz, coja de nacimiento pero muy mona ella, entra casualmente a trabajar en casa del Doctor Nieto, retirado y enfermo de Alzheimer. Con el médico viven su hijo Julio –así más o menos de la misma edad que Luz-, y Olvido, la persona de confianza del Doctor, que lleva toda la vida en esa casa y sabe todo lo que hay que saber sobre él: una ancianita adorable que enseguida frunce el ceño al darse cuenta de que Luz está revolviendo las cosas… Como no podía ser de otra manera, la llegada de Luz no es casual: viene buscando algo que solo el Doctor puede contarle, y por el camino se enamorará sin remedio de Julio, que le corresponde –¿verdad que esto no se lo esperaban?-… y en cuanto Luz sepa la verdad, se van a ir juntos y van a ser muy felices… Y a partir de aquí, Muñoz de Mesa va colocando toda una serie de giros argumentales –casi todos más que cantados desde el minuto cinco- para crear una historia que toma el robo de niños como anécdota para crear algo más cercano a una telenovela latina de sobremesa.

Vale que todo es muy previsible, y que el autor va masticando mucho el material al espectador, no sea que se pierda, a través de datos concretos –a saber cuántas veces nos insisten en la cojera de Luz, que por supuesto acabará siendo fundamental en la trama para saber quién es- o simbolismos chirriantes por demasiado evidentes –atención, que a lo mejor no se han fijado: hay un personaje que viene buscando algo y que “casualmente” se llama Luz; y otro personaje empeñado en que ese algo no salga a la luz, que miren por dónde se llama Olvido…: tela marinera-.

La historia incluso podría tener un pase asumiendo el género, de acuerdo; pero Muñoz de Mesa está dispuesto a no dejar títere con cabeza, y se reserva para el final un órdago que eleva el drama lacrimógeno a la máxima expresión, y que simplemente no hay Dios que se lo crea. Porque ya es casualidad todo, hombre, porque tampoco Madrid es tan pequeño como para que una chica que viene buscando algo, vaya a dar justo con lo que se encuentra Luz, que ya nos imaginamos que va a ser algo bien feo porque si no, no habría historia; pero es que a la pobre le dan por todas partes: si lo asimilamos su situación final es como para tirarse de un puente, o para que la buena mujer diga ¿pero a mí quién me mandaría remover nada con lo tranquila que estaba yo en mi casa? Resumiendo: el texto no hay por dónde cogerlo, y no solo por lo previsible, es que la manera de relacionar y liar las cosas para causar impactos llega incluso a jugar con la inteligencia del espectador: el órdago final, insisto, es digno de cualquier telenovela hispanoamericana rancia.

Y es una pena, porque el montaje y el reparto están a gran altura, pero ni eso puede salvar el espectáculo. Admiro profundamente a Asunción Balaguer, -a la que he tenido la fortuna de ver en directo muchas veces en los últimos años- porque me parece no solo un verdadero mito viviente de la interpretación española, sino también un ejemplo de muchas cosas; y porque a su edad sigue desprendiendo una energía y una alegría que son absolutamente envidiables: además, incluso cuando el texto no acompaña, es capaz de crear magia. Aquí hay intensidad dramática, miradas y silencios plagados de contenido que justifican por sí solos la visión del espectáculo, y es capaz de construir un personaje que pasa en cuestión de segundos de ser la abuela entrañable que todos querríamos tener a sacar las garras y poner los puntos sobre las íes a los demás. Resumiendo: es una grande del escenario y aún tiene muchas cosas que decir; por fortuna para nosotros, las sigue diciendo, y que sea por mucho tiempo. Junto a ella también Carlos Álvarez-Novoa hace una gran creación del médico, a medio camino entre lo humano, lo histriónico y lo despreciable: otro actor de raza. Hay un par de diálogos a solas con Balaguer –ese bofetón que le propina ella en cierto momento…- donde la fuerza de los actores pasa momentáneamente por encima de lo endeble del texto. Hay que ser muy buenos para conseguirlo, y ambos lo son.

Nos insisten tantas veces en la cojera de Luz, que uno acaba dedicando gran parte del tiempo a estudiar la posición de sus pies: lo mejor que se puede decir de Ruth Gabriel es que hace cojear a su personaje de forma verdaderamente convincente -mantiene el pie torcido hasta cuando está sentada-, y le aporta una gran dignidad, sin llevarse jamás al personaje al registro de lo lastimero por su tara física: gran trabajo en este aspecto. Aporta además buenas maneras interpretativas, pero el texto no le deja hacer más: habría que verla en algo con más chicha. Eso sí, los finales de frase se pierden ocasionalmente: debe cuidar la dicción. A Liberto Rabal de entrada le faltan tablas; el personaje –el prototipo de galán de culebrón, pero con sorpresa final- tampoco le ayuda a crear, y se sube al carro del histrionismo en un par de momentos –convenientemente ayudado por el texto, que se presta perfectamente a ello-.

La dirección del propio autor, mano a mano con Julián Fuentes Reta, abusa en exceso del recurso de los fundidos para cortar escenas. Teniendo en cuenta que toda la obra sucede en el mismo espacio –solo hay saltos temporales de días o semanas-, creo que estos cambios se podrían haber solucionado de otra manera. Además, los fundidos no son completos, con lo que los que se sienten en las primeras filas verán cómo se retiran cosas y cómo los actores cambian de posición… Lujosa la escenografía de Iván Arroyo, y bastante cargante la banda sonora –una especie de versión tecno de la “Nana” de las Canciones Populares Españolas de Manuel de Falla-.

La sala medio vacía en función de domingo, aplausos fríos al final y la sensación de que es una pena tener una producción cuidada y un elenco entre extraordinario y solvente –Juanjo Seoane siempre ofrece productos muy bien acabados- cuando el texto, sencillamente, no está a la altura. Y ya lo saben, cuando en teatro falla el texto, mal asunto: no es un mal espectáculo ni a nivel de interpretación ni a nivel de producción, pero nadie negará que el texto deja bastante que desear…

H. A.

Nota: 2 / 5

 

“Una Vida Robada (La Mala Memoria)”, de Antonio Muñoz de Mesa. Con: Carlos Álvarez-Novoa, Asunción Balaguer, Ruth Gabriel y Liberto Rabal. Dirección: Antonio Muñoz de Mesa y Julián Fuentes Reta. JUANJO SEOANE PRODUCCIONES.

Teatro Fernán Gómez, 9 de Febrero de 2014

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