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‘Los Miércoles no Existen’, o casualidades, causas y efectos

febrero 10, 2014

Los Miércoles no Existen es una de esas funciones que vienen para quedarse. Tres temporadas, y más o menos un año en cartel en Madrid. Primero en la sala El Sol de York, de ahí a ese microuniverso tan particular que es el hall del Teatro Lara; y actualmente llenando hasta los topes la sala grande de ese mismo teatro cada fin de semana: todo apunta a que la cosa será un clásico de la cartelera madrileña. Y, a veces, cuando el río suena, agua lleva; así que allá que me fui sin demasiada expectativa a ver con qué me encontraba… Saltó la sorpresa: Los Miércoles… es la prueba de que se pueden escribir espectáculos comerciales, pero al mismo tiempo capaces de arrastrar a cualquier público y conseguir que todos nos enganchemos. Es además de las pocas obras en cartel que juegan con el recurso del doble reparto: catorce actores se reparten seis personajes, rotándose cada fin de semana; de manera que es muy sencillo ver dos funciones completamente distintas del mismo texto.

Tres hombres y tres mujeres en la primera madurez -aunque muchos de ellos con serios problemas para madurar- enfrentados a pequeñas situaciones, retazos de intimidad, momentos de vida sin trascendencia aparente; pero que les obligan a ir tomando decisiones que activan un destino que empieza a mover el argumento como si se tratase de fichas de dominó. Anécdotas que seguimos de forma fragmentaria, sin que en principio tengan nada que ver entre sí: parejas que ligan, parejas que se dejan, parejas en crisis, hermanas que se hacen confidencias, amigos de juerga, amigos en conflicto… y en el fondo un grupo de personas con una tremenda necesidad de tener a alguien cerca, porque se sienten todos más solos que la una. Una amplia secuencia temporal desordenada, que se va ofreciendo al espectador como un puzzle que ha de ordenarse para terminar encajando hasta límites insospechados: cada escena viene acompañada de una fecha y un subtítulo, que ayudan a que el círculo se vaya cerrando.

Hay tres grandes bazas en el texto de Peris Romano: lo reconocible de las situaciones para cualquiera, lo directo, cinematográfico y fresco de los diálogos –que alternan el humor del chascarrillo, con el humor inteligente y el melodrama- y el furor que contagia al público, que llega a rozar la histeria colectiva en un par de momentos, porque las escenas están precedidas de todo un ramillete de canciones variadísimas y conocidísimas que ayudan a dibujar la temática, y que el público es invitado a corear: y lo hacemos con gusto. No nos engañemos, también hay alguna flaqueza: algunos personajes podrían tener mayor profundidad psicológica –en concreto, creo que los de Luis Callejo y Diana Palazón podrían haber dado mucho más de sí-, y los últimos sketches –más densos que todo el material anterior- van un poco en contra de la naturaleza del resto de la propuesta: el último puede que directamente hasta sobre, a pesar de que prescindir de él implique romper la circularidad total de la trama. Pero, a pesar de todo, hay mucho que aplaudir y mucho que admirar en este texto, que encandilará, por ejemplo a los fans de las películas de Daniel Sánchez Arévalo, con las que este material comparte no pocos paralelismos en la manera de presentar personajes y situaciones; y en la frescura con la que fluyen las cosas.

La dirección del propio Peris Romano es imaginativa al máximo, y está cargada de sentido del humor: sabe reírse de la propia precariedad de elementos con que cuenta, para sugerir recursos del cine que el teatro no se puede permitir –no quiero contar mucho, pero esos mandilones son un auténtico hallazgo…- y usa todo el espacio del teatro, haciendo que personajes y público convivan. Con pocos elementos se evocan un bar, varias casas –y, por supuesto, el patio de butacas actúa como salón de algunas de esas casas-. El público disfruta visiblemente de la propuesta de implicación, y el acabose llega cuando el elenco en pleno acaba realizando una coreografía del tema central de Dirty Dancing en la platea: y no se pueden imaginar el delirio colectivo delicioso que se monta de pronto, capaz de arrastrar incluso a un servidor…

Como digo, hay dos elencos plagados de caras conocidas del cine y la televisión –y diversas combinaciones dentro de estos dos elencos- en esta obra de carácter coral. Los actores se lo pasan como enanos trabajando aquí, y se nota –otra clave del éxito de la función-. En la función de estreno de esta tercera temporada, el reparto lo conformaban. Irene Anula, Diana Palazón, Eva Ugarte, Gorka Otxoa, Daniel Muriel y Luis Callejo. Ahí les tienen:

Dentro del buen hacer general, hay que destacar el talento innato para la comedia que despliega Gorka Otxoa, que más que un mero rostro conocido, demuestra ser uno de esos actores con un talento innato para la comedia, al que es un verdadero regalo tener en una función como esta –de una comicidad desbordante, con muchos momentos verdaderamente épicos…-, lo bien interiorizado que tiene el papel de vividor Dani Muriel –primera vez que le veo sobre las tablas, y sinceramente hay que felicitarle; porque hay un actor mucho más eficaz de lo que permiten intuir algunos de sus trabajos televisivos: aquí se marca algunas escenas inmensas con Otxoa-, o la sorpresa que me supuso descubrir a una actriz excelente en Irene Anula –en uno de los personajes mejor escritos, que pasa por muchos estados de ánimo y siempre de manera convincente-. Eva Ugarte tiene que lidiar con un personaje que podría haber dado mucho más de sí –no es su culpa-; Diana Palazón está bien por gesto y maneras, pero tiene un problema bastante grave de proyección de voz, que dificulta que sus parlamentos lleguen con claridad al patio de butacas –y eso que estaba sentado en la sexta fila…-; y, en fin, Luis Callejo sirve muy bien un personaje verdaderamente interesante porque ejerce de contraste con el tono de todo lo demás –es el más seco y el más antipático de todos cuantos aparecen; el que enfrenta conflictos más serios, y tal vez por ello su trabajo sea también más difícil que el de sus compañeros-, pero, como ya dije más arriba, creo que este personaje –fantástico y contando con un buen actor- debería haber tenido un mayor desarrollo a todas luces. Desde un proscenio, Ester Rodríguez se encarga con acierto de la amplia banda sonora que acompaña a esta suerte de “película teatral”.

Exitazo de público indiscutible, pero es que además tengo que reconocer que me lo pasé mucho mejor de lo que esperaba a primera vista: hay un buen texto –no es redondo, pero sí es bueno-, y es imposible no implicarse. A veces se agradece toparse con este tipo de propuestas: hacer teatro fácil no está reñido con hacer teatro serio y comprometido, fresco y original; e indudablemente estos Miércoles van a tener larga vida porque tienen mucha magia. De momento, les aseguro que tendrán crónica del reparto alternativo en cuanto haya pasado un tiempo prudente de esta función: volveré. Ah ¿se están preguntando por qué se llama la función Los Miércoles No Existen? Pues miren, otra razón para ir a verla cuanto antes…

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Los Miércoles no Existen”, de Peris Romano. Con: Gorka Otxoa, Irene Anula, Daniel Muriel, Luis Callejo, Diana Palazón y Eva Ugarte. Música en directo: Ester Rodríguez. Dirección: Peris Romano y Maite Pérez Astorga. PRODUCCIONESENOFF.

Teatro Lara (Sala Principal), 31 de Enero de 2014

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