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‘El Malentendido’, o gran doble homenaje

diciembre 11, 2013

Cuenta Cayetana Guillén Cuervo que la idea de revisar El Malentendido –obra que interpretaron sus padres, junto a un espectacular reparto que incluía también nada menos que a María Luisa Ponte, Alicia Hermida y Agustín González dirigidos por Adolfo Marsillach, allá por 1968- nace de  una sugerencia que le hizo Fernando Guillén poco antes de fallecer, y que toda esta función va dedicada a honrar su memoria. Se estrenó la temporada pasada en el Centro Dramático Nacional, y ahora regresa muy oportunamente para una breve temporada de tres semanas en las Naves del Matadero del Teatro. Español.

Empecemos por lo más obvio: el texto es una obra maestra, de una emoción y una crudeza devastadoras que no van a dejar indiferente a nadie por más que se lea o se vea una y otra vez; seguramente lo mejor del teatro de Albert Camus. Capaz de aunar fuerza poética, dramática y expresiva, el lenguaje es el exacto para expresar el calvario de los personajes sin caer en lo melodramático ni renunciar a la poesía; y es diálogo memorable tras diálogo memorable, sin descanso, en una versión que firma Yolanda Pallín, que probablemente presente cierta sobrecarga de tiempos verbales compuestos –¡minucias!-. Además, la situación social española hace que estemos en un momento especialmente indicado para recuperar este texto y entender la tragedia en toda su dimensión: el hijo que regresa a casa después de haber rehecho su vida en una tierra de oportunidades para darle por fin a su familia la vida de lujo que tanto ansía; mientras la madre y la hija malviven en un país en crisis, asesinando y robando a los clientes de su hotelucho para sobrevivir. Y, como ya saben, por el fatum trágico del teatro se desata la tragedia… ¿Les suena, verdad?

Seré breve, porque creo no exagerar al afirmar que estamos ante uno de los montajes más brillantes que haya visto en la presente temporada-. Eduardo Vasco parece tener claro que esta es una obra de texto y por tanto de actores; y ha dejado a la palabra y a los intérpretes todo el peso de la versión. Para ello, ha ideado una descomunal escenografía desnuda en forma de cruz –diseñada por Carolina González-, que seguramente reducirá las posibilidades de gira del espectáculo; pero permite plantear unos interesantes y estéticos juegos de perspectiva. Sobre el escenario, inmenso, apenas dos bancadas multiusos –igual son banco que camastro- y un ventanal sobre el que se proyectan sombras que evocan imágenes que aparecen en el texto: todo lo referente a ese mundo del que viene Jan y que añora conocer inútilmente Marta. Resulta ciertamente imponente observar un espacio tan grande casi desnudo, e insisto que los juegos de perspectiva con los que juega Vasco –personajes que están cerca los unos de los otros, pero que se ven separados por un abismo mental, un abismo insalvable de información; y aquí también un abismo espacial importante- son de un impacto seguro. Por cierto, puestos a adornarse, firma el convencional vestuario nada menos que Lorenzo Caprile.

Y dicho todo esto, queda hablar del reparto, excepcional, que es la razón de existir de este espectáculo. Sobre las tablas, hora y media de entrega sin reservas, cinco actores que se mueven en una línea media de sobresaliente, capaces de llenar el vacío escénico con interpretaciones sinceras y puestas al servicio de la poesía y la violencia más desgarradoras. Ha sido una sorpresa la Marta de Cayetana Guillén Cuervo, en el que posiblemente sea uno de los trabajos más redondos de toda su carrera; o incluso el que más: comienza bien en su hermética amargura, en esa mujer a la que le gustaría soltarse la melena y empezar a vivir pero es incapaz de demostrarlo; pero es cuando saca toda su ira cuando se vuelve irresistible: las escenas finales con su Madre y con María muestran a una actriz de raza, que da la vida en lo que está haciendo. Es mucho más que convincente; es escalofriante, es una mujer a la que, por un momento, se le ha metido el demonio dentro: Un ciclón de fuerza irresistible que arrastra consigo al resto del elenco y al público. Hay un trabajo enorme de caracterización psicológica y el silencio que se crea en la sala es señal de que algo está yendo bien. Sorprendente. Ante Julieta Serrano hay que quitarse el sombrero, directamente. La suya es una madre humanísima, sensible, que lleva el dolor en la mirada; pero también el instinto de la asesina profesional que, a pesar de todo, ha conseguido mecanizar el crimen como algo normalizado. Una mezcla explosiva que solo una actriz de amplia sabiduría y trayectoria podría llevar a cabo con brillantez: es tan brillante que es capaz de superar un inoportuno ataque de tos e incorporarlo a la acción con total normalidad, donde muchas otras se habrían venido abajo. Brava.

El Jan de Ernesto Arias, cargado de sinceridad, es la perfecta mezcla entre la melancolía por el pasado perdido y la alegría por el porvenir dichoso que desgraciadamente nunca llegará. Hay miradas entre Julieta Serrano y él en las que saltan verdaderas chispas. Lara Grube compone una María honesta y también sincera –después de todo, todo es tan sincero en esta función…-, que no puede evitar verse un poco superada por el ciclón de Guillén Cuervo en su última escena; pero claro que las cosas no están fáciles ante tamaña bestia. Juan Reguilón, en fin, presta su imponente presencia escénica a ese criado silente que guarda tantas claves; y al que Camus reservó ese contundente monosílabo en forma de epílogo. En un discreto segundo plano, Alba Fresno y Scott. A. Singer ponen la banda sonora en directo, con un curioso dúo de acordeón y viola da gamba –en una costumbre probablemente heredada de los tiempos de Vasco al frente de la CNTC-.

Pero en resumen, este espectáculo tiene la fuerza y la magia de las grandes cosas; la seña del teatro con mayúsculas y debo animar a que no se pierdan alguna de las pocas funciones que restan: felicidades a todos los responsables, porque uno sale con la sensación de haber asistido a algo verdaderamente grande. Un doble homenaje: un homenaje al público –obsequiado con una sesión de teatro de alto voltaje, de esas que se cuentan con los dedos de las manos y sobra alguno…- y un homenaje a la memoria de Fernando Guillén. Si el actor observa desde allá donde esté, seguro que estará orgulloso del trabajo bien hecho. Y desde luego que Cayetana Guillén Cuervo puede y debe sentirse de brindar tan formidable trabajo individual y tan intenso espectáculo global a la memoria de su padre. Enhorabuena a todos una vez más.

Cuando aparezca esta crítica, aún restarán cinco funciones en Madrid: si tienen ocasión, no dejen de asistir. A pesar de lo complejo del espacio escénico, habría que encontrar la forma de que esta maravilla girase por todo el país como es debido. Lo merece.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

 

“El Malentendido”, de Albert Camus. Con: Cayetana Guillén Cuervo, Julieta Serrano, Ernesto Arias, Lara Grube, Juan Reguilón, Alba Fresno y Scott A. Singer. Dirección: Eduardo Vasco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / PENTACIÓN.

Naves del Teatro Español, 4 de Diciembre de 2013

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