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‘Cena con Amigos’, o ¿amigos para siempre?

diciembre 7, 2013

Que una sala pequeña y con menos de dos años de vida como es El Sol de York pueda darse el lujazo de contar con un proyecto de un director puntero como el argentino Daniel Veronese da una idea de lo que está proliferando el mundo del off, y del buen funcionamiento de esta sala que presenta montajes muy diversos entre sí, pero siempre con interés y preocupación por la calidad del producto. Cena con Amigos, obra que le valió el Premio Pulitzer a Donald Margulies, llegó procedente del off del Teatro Lara, en una versión libre revisada que cuenta con el sello inconfundible del que es uno de los directores teatrales de moda.

Una cena. Dos parejas. Tres amigos de toda la vida más el marido de una, ausente. Pronto estalla la bomba: Tomás y Bea se divorcian. Este hecho extremo va a poner en jaque la supuesta amistad de dos parejas que se conocen desde hace años. Este argumento tan sencillo sirve a Margulies para escribir una obra que plantea preguntas universales. Algo que es más que una historia de parejas y sobre parejas: aquí lo que hay es una historia sobre el significado de la amistad ¿Existe realmente la amistad sincera? ¿Va la hipocresía sistemáticamente implícita en la amistad? Esta es la gran incógnita que propone un texto que presenta a cuatro personajes miserables por igual; cuatro amigos que en el fondo necesitan alimentarse de la desgracia ajena para sobrevivir. Cuatro auténticos chupa-sangres. Cuatro personas dispuestas a saber hasta dónde puede llegar la amistad antes de venirse abajo sin remedio. Dos parejas antagónicas que se necesitan para sobrevivir, porque su comunicación depende, de algún modo, de la desgracia ajena.

El acierto del texto es que, más que un tratado sobre el matrimonio, es; sencillamente, un tratado sobre la amistad: uno no necesita estar casado para reconocerse en grupos de amigos que se mueven sobre roles preestablecidos de los que es imposible salir: el que intente salir del rol que debe asumir está condenado, y esto hace que el mundo de cuento en el que se basa la amistad se venga abajo… Ese es el gran drama y el gran conflicto de esta función: comprender que nos están hablando de una amistad que no es que se esté deteriorando, sino en el fondo que es falsa desde el principio. Seres ruines que disfrutan de la desgracia ajena. Personajes que, en el fondo, se necesitan; con lo cual el hecho de perderse –para bien o para mal- terminará teniendo consecuencias irreparables para todos. Así, Margulies propone una estructura fragmentaria que permite zambullirse en el pasado y el presente de esta relación de amistad, para comprender desde qué momento el castillo empezó a venirse abajo… y comprender que tal vez las cosas sencillamente han ido mal desde el primer segundo es lo más inquietante de esta historia de relaciones humanas. ¿Que las reuniones de amigos que acaban fatal se han explotado hasta la saciedad en el teatro? Pues sí. ¿Qué sin embargo funcionan perfectamente como creadoras de situaciones? También. Cena con Amigos es otro ejemplo de todo esto. Pero además, Margulies da muestras de haber seguido con atención a los grandes: viendo esta obra es imposible no encontrar guiños clarísimos a Looking Back in Anger, de Osborne; pero también al universo de Pinter. También es cierto que, sin embargo, la obra ocasionalmente abre algunos caminos que hubiesen dado mucho juego, pero que luego jamás llega a desarrollar.

Daniel Veronese es un experto en explorar la psicología de los personajes en todas sus funciones, y crea situaciones a partir del ritmo, de la prosodia y del silencio. Sus personajes y sus situaciones respiran verdad, y este montaje no es la excepción. No siempre es fácil, sin embargo, que los actores se adapten convincentemente a los códigos de realismo extremo que se plantean. Maestro del silencio, de la mirada, de las discusiones descarnadas en las que las frases se solapan con naturalidad; Veronese ha centrado su lectura en la parte más oscura del texto, haciendo especial hincapié no en el humor, sino en la basura que guardan los personajes. El resultado, como sucede siempre con las funciones del director argentino, es el de estarse asomando a una especie de ventana indiscreta que nos permite fisgonear en la intimidad de estos cuatro seres a escasos centímetros de distancia sin que ellos puedan darse cuenta. Todo lo que no es el actor es accesorio: una mesa y un sofá es la única escenografía disponible para evocar varios espacios con pequeños cambios de disposición, e incluso los actores jamás abandonan el escenario, retirándose a los laterales cuando no son parte activa de la escena, casi como si de una lectura italiana se tratase. En el fondo todo es tan teatral, y a la vez todo es de corte tan realista que produce esa mezcla explosiva que hace tan intensas e interesantes las creaciones del argentino.

Se debe revisar, no obstante, la traducción al castellano, a veces bastante mejorable. En el encuentro con el público que tuvo lugar después de la función a la que hace referencia esta reseña, una de las actrices comentaba que se había trabajado desde una traducción “argentina”. Lo que se escucha aquí todavía no se ha despojado de ciertos porteñismos que podrían cambiarse, apareciendo a veces términos o expresiones que difícilmente son identificables con el castellano de España…

Dicho esto, hay que aplaudir lo bien que se ha amoldado esta compañía a la manera de trabajar de Veronese –no todos los actores pueden hacerlo, y en las adaptaciones españolas de sus obras se ha visto a varios intérpretes importantes pasarlas canutas por no manejar sus códigos-. Aquí, sin embargo, las réplicas se sirven a velocidad de crucero, solapándose, cruzándose; pero también utilizando la mirada, el silencio y la pausa dramática –en esta obra, como sucede por ejemplo con Pinter, podría construirse una segunda función con todo lo que los personajes no se dicen- con total naturalidad, con una sensación de realismo que se agradece mucho. De entre los cuatro notables intérpretes, es posible que sea la pareja “feliz” o “aparentemente feliz” –la que forman May Pascual y Orencio Ortega– la que sirve los mejores momentos –en los papeles más complejos porque aparentemente; pero solo aparentemente son los dos personajes menos viscerales, pero sin embargo saben cómo dañar a sus contrincantes…-  con un naturalismo a veces hasta apabullante, como ese final impagable en el sofá: un momento en el que puede ocurrir cualquier cosa; sin que por ello desmerezcan ni Gloria López ni José Olmo como la pareja que se divorcia, adecuados en escenas en las que deben mostrar un tipo de violencia verbal y emocional digamos más explícita –aunque los personajes terminen siendo más tópicos en comparación a la otra pareja-. Además de esa escena final a la que hacía referencia antes, saltan chispas en las dos escenas que enfrentan a los dos personajes del mismo sexo: especialmente la última reunión de los dos hombres, donde los niveles de humillación alcanzan unos límites impresionantes, pero siempre desde la sutileza; cosa difícil y muy de agradecer.

Una función para saborear, que plantea preguntas –incluso preguntas a nivel personal, más allá de los temas que el propio texto deja en el aire- e invita a la reflexión, y que seguramente moverá cosas en todo aquel que la vea. Si al final de la representación conectásemos a los espectadores a un polígrafo y les preguntásemos si alguna vez se han visto inmersos en alguna relación de “amistad para toda la vida” más falsa que una moneda de seis euros, estoy seguro de que el resultado sería un sí rotundo y devastador –de entrada, yo ya les regalo el mío-. Y un gustazo poder disfrutar esta función en un espacio íntimo como es El Sol de York, porque es una representación que pide a gritos atención por el detalle y verla de cerca.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Cena con Amigos”, de Donald Margulies. Con: May Pascual, Gloria López, José Olmo y Orencio Ortega. Versión y dirección: Daniel Veronese. GLORIA LÓPEZ PRODUCCIONES.

El Sol de York, 28 de Noviembre de 2013.

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