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‘El Divorcio de Fígaro’, o esta historia no podía acabar bien

noviembre 24, 2013

Al final de Le Nozze di Figaro –la ópera de Mozart basada en la segunda parte de la “trilogía Fígaro” de Beaumarchais- los personajes celebran un supuesto happy-end clamando que “tutti contenti saremo cosí”. Sin embargo, el propio Beaumarchais se encargó de dar la bofetada al cerrar la trilogía con La Madre Culpable, que acaba como el Rosario de la Aurora…. El austrohúngaro Ödön von Horváth fue varios pasos más allá cuando en 1936 retomó a los personajes de Las Bodas de Fígaro para releerlos, dejando a un lado la continuación de Beaumarchais. Así nace El Divorcio de Fígaro, una comedia dramática que transcurre varios años después de las bodas de Fígaro y Susana, y que dibuja una realidad nada amable; pero sin embargo muy cercana a la actualidad.

Personal y socialmente en horas bajas, los Condes de Almaviva se ven empujados al exilio forzoso a causa de una fuerte revolución que les ha despojado de cualquier tipo de privilegio social. Con ellos, Fígaro y Susana, los criados –también en un momento complicado de su matrimonio-; que les acompañan y les abren el camino. Pero el otrora barbero de Sevilla empieza a cansarse de vivir a la sombra de los Condes, y trata de aprovechar la fatalidad en la que han caído sus señores para intentar iniciar una nueva vida en provincias con su mujer. En este punto, los caminos de criados y señores parecen separarse; pero ambas parejas están condenadas a enfrentarse al rechazo de una sociedad estamental y clasista, que marca irremediablemente y no perdona los pasados. Así, a la vez que los Condes se aferran a un pasado de gloria que ya no va a volver; Fígaro y Susana van a ver cómo se dinamita no solo su vida conyugal, sino también su propia dignidad personal. Depende de todos ellos decidir hasta dónde llega el aguante que puedan tener, qué están dispuestos a soportar y cuáles son sus propios límites. De eso habla esta comedia: de la lucha por la dignidad del individuo, de la defensa de los derechos, y de la creencia en las segundas oportunidades. Von Horváth ha escrito algo  a medio camino entre el enredo y la melancolía, que tiene varias capas y admite varias lecturas: hay comedia, pero también mucho espacio para lo poético y para la reflexión.

Más allá de la inventiva a la hora de recuperar ciertos personajes –el lavado de cara que ha realizado con Querubín, por ejemplo, es tan coherente como sorprendente-, lo estupendo de esta obra es que deja espacio para la comedia y para el teatro social a partes iguales: no solo es el drama de una serie de personas que se cuestionan si está bien lo que han hecho con su vida, sino también el de una sociedad que se resquebraja a paso de gigante. Y esa sociedad de la que Von Horváth hablaba en 1936 bien podría ser la actual. De hecho que España se encuentra en un momento social idóneo para recibir y entender esta función con toda su negrura…

Gran trabajo de la compañía Rojo y Negro, en la que Alfonso Lara se encarga de la versión, la dirección y del papel protagonista. Sin apenas elementos escénicos –todo transcurre en un espacio circular que representa una pista de circo en la que reina un sillón de barbero-, Lara ha construido un espectáculo trepidante y rebosante de imaginación, en el que los planos se superponen y siete actores se reparten convincentemente más de veinticinco personajes. Este montaje de estética oscura y rabiosamente contemporánea tiene referencias claras de los mejores tiempos de Animalario –el ritmo de este Fígaro es comparable por muchas cosas al de aquel Urtain en el por cierto que Lara participaba-, y la cercanía con el público es clave para conseguir la magia y el éxito final. Como en los buenos mecanismos teatrales, Lara opta por dejar al descubierto algunas soluciones –se han sustituido los disparos por globos que se pinchan a la vista del público- y añadir detalles poéticos e incluso acciones paralelas a su puesta en escena, para que no olvidemos el componente de ficción de lo que estamos viendo. Obviamente pide –y cuenta con- la complicidad del público para imaginar y completar los diversos espacios en que transcurre la acción, y los cambios de rol de los actores. No quisiera dejar de señalar que está muy bien seleccionada la música –que va desde Mozart a Pärt pasando por Shostakovich-.

Espléndido elenco actoral, con la difícil tarea de multiplicarse. Tan solo Alfonso Lara y Micaela Quesada enfrentan únicamente los roles de los criados. Otro gran trabajo actoral de Alfonso Lara –suma ya unos cuantos en teatro-, aquí un Fígaro capaz de pasar de la socarronería al hombre herido en su orgullo y en su dignidad: una especie de bufón de la corte herido con todo un drama por debajo. El actor brilla especialmente cuando Fígaro enseña su peor cara, y nunca hubiéramos pensado que el simpático barbero de Sevilla podía esconder tanta rabia… Excelente trabajo. A la Susana de Micaela Quesada solo se le puede reprochar que quizá aparezca demasiado elegante para la naturaleza de la criada; pero tiene un magnetismo como actriz que lo compensa sobradamente. Inma Isla puede no destacar como Condesa, pero se redime con creces cuando vuelve convertida en esa Comadrona cotilla capaz de emponzoñar todo lo que le ponen delante: suyas son, en este papel, algunas de las mejores escenas del montaje, porque todos conoceremos a más de una y de dos mujeres así. Juan Antonio Molina es un Almaviva regio, hasta en sus ataques de histeria, y ha sabido encontrar el punto justo entre comicidad y compasión. Los tres actores restantes se reparten 13 personajes, y rinden a gran altura, aun cuando sea Manuel Brun el que se lleva la palma con varios trabajos de perfecta diferenciación psicológica llenos de matices. Raquel Guerrero y David Sánchez completan el elenco ofreciendo sus múltiples personajes con acierto y convicción.

Espectáculo muy recomendable, por la pertinencia y audacia del texto, y porque muestra que cuando hay un grupo de personas con talento e ideas se pueden hacer grandes cosas en pequeño formato. Obligado, claro, para fanáticos de la ópera de Mozart o de la obra de Beaumarchais. Porque claro, como ya nos olíamos al final de Las Bodas… esta historia no podía acabar bien. ¿O tal vez sí?

H. A.

Nota: 4.25/5

 

“El Divorcio de Fígaro”, de Odon Von Horváth. Con: Alfonso Lara, Micaela Quesada, Juan Antonio Molina, Inma Isla, Manuel Brun, David Sánchez y Raquel Guerrero. Adaptación y dirección: Alfonso Lara. COMPAÑÍA ROJO Y NEGRO.

Teatro Fernán Gómez, 16 de Noviembre de 2013

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