Skip to content

‘Duet For One’, o ¿sobrevivir sin música?

octubre 31, 2013

De entre la amplísima oferta teatral de Madrid, cuando se sabe escarbar se suelen encontrar propuestas muy interesantes en el mundo del “off”. Un claro ejemplo es la Sala Guindalera que, desde hace ya diez años, se ha convertido en todo un referente pese a ser un espacio de apenas 70 butacas, porque sabe escoger muy bien los proyectos que sube a escena, seleccionando textos siempre interesantes, en general escasamente difundidos en nuestro país. A esta sala, entre otras cosas, se le debe buena parte de la difusión reciente que ha tenido en España la obra de un autor contemporáneo fundamental como es el anglo-irlandés Brian Friel, al que recuperan constantemente por medio de varios montajes que se han repuesto varias veces con gran éxito. Ahora presentan Duet For One, un texto escrito por Tom Kempinski (1938-) en 1980, que se basa libremente en la figura de la cellista Jacqueline du Pré, esposa de Daniel Barenboim fallecida en 1987 a los 42 años a causa de una esclerosis múltiple que la retiró precipitadamente de los escenarios antes de cumplir la treintena, en pleno apogeo de su éxito como solista.

La cellista en cuestión –aquí Stephanie Abraham, puesto que la obra se estrenó en vida de Du Pré, cuando aún era esposa de Barenboim; aunque es más que claro de quiénes nos están hablando- enfrenta en esta función una serie de sesiones de terapia con un prestigioso psiquiatra contratado por su marido para intentar tratar la depresión en la que ha caído tras perder su carrera a  causa de su enfermedad. A lo largo de las sesiones, la figura de Abraham, inicialmente hermética, irónica y altiva, se va desmontando progresivamente física y mentalmente; para ir desvelando toda una serie de traumas que no siempre tienen relación directa con su enfermedad, sino simplemente con una vida que se le ha ido escapando de las manos: el desprecio del padre, la muerte de la madre, el fracaso de su matrimonio, y la sensación de inutilidad que la invade al tener que renunciar a lo único que sabe hacer en la vida…

Más allá de que el personaje histórico en que se basa esta función interese más o menos –personalmente, me reconozco un fanático de la carrera de Du Pré-, estamos ante un texto extraordinariamente escrito: el retrato de Stephanie Abraham/Jacqueline du Pré –que cuenta su degeneración física y mental huyendo de tópicos lastimeros y complacencias baratas, cosa que se agradece- es todo un verdadero canto a la dignidad humana, y pronto descubrimos que sus heridas no solo tienen que ver con verse postrada; el crescendo emocional del personaje hasta que termina por explotar y contar lo que supone para ella perder la capacidad de hacer música, que es la mejor manera que conoce para alcanzar la máxima expresión de sus sentimientos –el sentido de su vida, casi el único motivo que tiene para levantarse por las mañanas- está perfectamente sugerido, y la temperatura de la función va subiendo conforme las sesiones se van haciendo más tensas: la última media hora –y particularmente el último monólogo de Stephanie- es de una tensión dramática memorable.

Frente a ella, el terapeuta, intentando salvarla y hacerle ver que la vida continúa; a la vez que plantea de alguna manera una serie de dilemas que quedan en el aire y sobre los que es el público el que debe reflexionar: ¿se puede y se debe salvar a una persona que ha perdido cualquier tipo de interés real por salvarse? ¿está siempre la salvación implícita en continuar adelante? ¿cómo pierde una persona la dignidad sin darse cuenta y sin poder evitarlo? ¿qué sucede cuando se siente que se está perdiendo la dignidad? En este sentido, es difícil decidir si el mensaje que transmite la función es o no optimista; porque, a pesar de lo abierto del desenlace, cuesta no cargar con el background de conocer el desenlace del personaje que, de alguna manera, inspira esta función. En cualquier caso, este texto es un hermoso homenaje al poder de la música como motor canalizador de vida, y al derecho a la dignidad de los individuos.

Función de actores –y actores de la casa, porque se sabe que Guindalera es casi un negocio familiar-, en la que María Pastor tiene entre manos un personaje dificilísimo por lo delicado que es. Cualquier personaje determinado por una enfermedad crónica lo es; pero este hay que saber manejarlo sin cargar de sentimentalismos la olla a presión emocional a la que se enfrenta. Y, ciertamente, lo logra. Lo mejor que se puede decir de la interpretación de Pastor es que crece con el personaje, y se va viniendo arriba progresivamente según avanza la función: a lo convincente que resulta en el difícil trabajo físico al que se ve obligada hay que sumar el hecho de que cautiva más y más conforme la situación se va poniendo más fea, precisamente porque sabe canalizar muy bien la ansiedad y la angustia de la perdedora; quizás incluso más y mejor que la ironía del comienzo. Son las escenas más difíciles aquellas en las que más brilla –podría suavizar un poco el tono por momentos demasiado irónico de las iniciales, pero la carga dramática que alcanza a lo largo de la función compensa esto con creces-, y sirve la caída de su personaje desde una economía expresiva que se agradece en las distancias cortas, despojada de cualquier histrionismo que habría dado al traste con el trabajo. Hay algún pequeño traspiés puntual con el texto; pero hay que insistir en que hace francamente bien lo más difícil del personaje, y le aporta una gran dignidad personal: lo de la última escena es para enmarcar. Le da réplica, en un acertado segundo plano y también desde la contención dramática, Juan Pastor en un personaje que tiene la misión básica de escuchar e ir pulsando las teclas precisas a cada momento para que Stephanie Abraham vaya abriéndose al espectador. Encuentra tiempo para lucirse en un momento estelar, cuando por fin le canta las cuarenta para intentar que reaccione definitivamente.

Como debe de ser –puesto que aquí lo importante es lo que se dice-, resulta sobria y concentrada en el texto y la caracterización psicológica de los personajes –sobre el que se ha hecho un estupendo trabajo- la puesta en escena del propio Juan Pastor, aun cuando quizás los cambios de vestuario planteados conscientemente a la vista del espectador no hayan terminado de parecerme una solución del todo convincente.

Da gusto volver de vez en cuando a esta sala para encontrar un texto estimulante –indispensable para los melómanos, pero también para los amantes del teatro de texto en general-; y da gusto ver que en una sala pequeña, con pocos medios, se siguen haciendo propuestas interesantes en tiempos de crisis, de las que dan motivos para ir al teatro. Enhorabuena para ellos, y que sigan.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“Duet for One”, de Tom Kempinski. Con: María Pastor y Juan Pastor. Dirección: Juan Pastor. COMPAÑÍA GUINDALERA.

Teatro Guindalera, 26 de Octubre de 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: