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‘Roberto Zucco’, o Derqui se consagra

octubre 9, 2013

La marcada ambigüedad presente en todo lo que rodea a Roberto Zucco –desde las circunstancias de su creación, con un Koltés casi apurando sus últimos días mientras la escribía; hasta su estructura y su lenguaje en sí mismos- hacen que esta obra sea siempre un desafío para cualquier director de escena. Ahora, llega a las Naves del Español, procedente del Teatro Romea de Barcelona, una nueva versión que dirige Julio Manrique y protagonizan Pablo Derqui y Laia Marull, entre otros.

Hay, sin duda alguna, mucha poesía en Roberto Zucco como texto teatral: creo que detrás de la rabia contenida del asesino en serie –que no deja de ser más que un hombre convertido en lo que es a partir del rechazo de la propia sociedad- hay un poso de reflexión que considero fundamental para entender esta obra debidamente. No hay más que releer los soliloquios de Zucco o revisar las múltiples referencias simbólicas que aparecen para darse cuenta. Es más, con el texto en la mano, la violencia no verbal explícita aparece apenas en un par de ocasiones: las más de las veces, ha de ser el espectador quien la intuya detrás de un texto lleno de bellas imágenes, que aquí llegan a través de una traducción ciertamente estupenda de Cristina Genebat.

La versión que presenta Julio Manrique, sin embargo, conserva –a veces por encima de la poesía en sí misma- ese arrebato canalla tan característico de otras propuestas suyas que habían funcionado muy bien –pienso en el estupendo American Buffalo de David Mamet que presentó hace años en La Abadía; o en Product de Mark Ravenhill, en el Centro Dramático Nacional-. Manrique parece querer enfatizar especialmente la marginalidad de la mayoría de los personajes que pueblan esta obra: sobre una estructura polivalente que representa un edificio con habitaciones en el que tienen lugar todas las escenas –Sebastiá Brosa-, esta versión intenta ser todo lo trepidante que es posible ante un texto que pide reflexión a gritos y tiempo para saborear las frases. Unos neones ayudan – ¿ayudan?-  a contextualizar las escenas y proyectan alguna acotación del texto que el director renuncia a escenificar –la acotación final, por ejemplo, no solo no se ve ni se intuye en escena, sino que pasa proyectada a toda velocidad sin que el público pueda recrearse como se merece…-.

En la lectura que hace el catalán no solo aflora la violencia física más allá de lo que sugiere el texto, sino que además hay lugar para la ironía –mucha, quizás demasiada-, para el sarcasmo, para el exceso y para momentos que se mueven directamente rozando la línea de la farsa y hasta del grand-guignol por el exceso –espero que consciente- que poseen, sin renunciar a integrar indirectamente al público en la acción, tanto por referencias verbales como por la enésima colocación de personajes en la grada. Además, en este montaje hay guiños bastante claros a trabajos de tres creadores tan diversos entre sí como podrían ser Calixto Bieito, Daniel Veronese e incluso Pedro Almodovar. Este enfoque “rabioso” es una vía válida, pero funciona mejor en unas escenas –las del prostíbulo, muy bien resueltas- que en otras –el inicio es bastante confuso, la escena del secuestro se ha tomado muy a la ligera, de la misma manera que el carácter de La Dama en la siguiente escena con Roberto en la estación de tren tiene tintes de ironía que no parecen muy acertados, teniendo en cuenta de dónde viene la situación-. Curiosamente, es en los pocos oasis de paz que concede Julio Manrique donde la función alcanza sus momentos más notables –más allá de los soliloquios de Zucco, hay que señalar la escena en el metro como una de las más conseguidas-. Si bien es cierto que la función tiene momentos y va encontrando su pulso conforme avanza, tiene altibajos indudables que deslucen el resultado final.

Pero si hay algo que obra el milagro aquí, algo que parece ir por libre y justifica por sí solo la visión de esta función, es la monumental creación personal que hace Pablo Derqui de Roberto Zucco. Maestro del silencio y de la mirada, en su Roberto de mil caras sí hay un trabajo lleno de poesía y matices. Es lobo y cordero, Jekyll y Hyde, una presencia verdaderamente turbadora. Son los momentos en que él se encuentra en escena los que compensan el grueso del espectáculo, porque transmite toda una gama de emociones que no está a la altura de cualquier actor: violento, humano, sensible e inquietante al mismo tiempo. No vemos solo al psicópata fuera de control, sino también al hombre frágil y golpeado, de mirada perdida y cargada de profunda tristeza, que quizá podría haberse salvado si la sociedad se lo hubiese permitido. El Roberto de Pablo Derqui no solo desafía y seduce al resto de los personajes, sino también al público en sí mismo, con el que juega a placer mediante miradas y gestos llenos de sentido. A pesar de todo lo negativo que tiene el personaje, es imposible no sentir compasión por él; al mismo tiempo que hay algo que consigue mantenernos intranquilos ante la sola idea de su presencia, en una encarnación completísima que roza el prodigio escénico. Más allá de consolidarse como uno de los actores más importantes de su generación –lo hace-, lo grande de esta interpretación es que parece estar haciendo su propio Roberto, yendo a veces a contracorriente de una propuesta irregular: en este sentido, probablemente el Roberto Zucco –personaje- de Derqui está mucho más cercano al ideario de Koltés que el Roberto Zucco de Julio Manrique como concepto global.

Partiendo de la premisa de que el resto del elenco se encuentra a años luz del coloso Derqui –y es que ¿cómo podría ser de otro modo?-, se puede resaltar el interesantísimo trabajo de la joven María Rodríguez, que tiene una frescura y una luminosidad que se agradecen mucho como esa joven que se ve arrastrada al abismo por su fascinación con Zucco, salpicada de pícara sensualidad en su justa medida: hay actriz y hay talento, como hay ganas de verla en futuros proyectos. También Andrés Herrera encuentra momentos de lucimiento personal como ese Hermano Mayor entregado a los bajos fondos: sus arrebatos de violencia sí que están bien medidos. Casi contra todo pronóstico, Laia Marull –que tan excelente ha estado en varias películas- no termina aquí de encontrar el punto a sus personajes, mostrándose muchas veces bastante pasada de rosca, bordeando el histrionismo: el llanto y la rabia hay que saber cómo manejarlos, porque se corre el riesgo de no resultar creíble, y a ella le ocurre en algunos momentos de bastante -demasiada, de hecho- intensidad dramática. Xavier Boada se luce sobre todo en su encuentro con Roberto –una de las escenas mejor interpretadas de toda la función- mientras que Rosa Gámiz, Xavier Ricart y Oriol Guinart completan el reparto con sobrada corrección en los distintos roles que interpretan.

Con todo lo que pueda tener de irregular la propuesta, como digo algo más arriba, el tremendo trabajo de Pablo Derqui –digno de premiarse mucho- y la fuerza expresva del texto de Koltés justifican sobradamente la visión de un espectáculo que no escapa de tener sus luces y sus sombras. Pero lo de Pablo Derqui, lo diré una vez más, es de verdadera antología y para verlo de cerca.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“Roberto Zucco”, de Bernard-Marie Koltés. Con: Pablo Derqui, Laia Marull, Andrés Herrera, María Rodríguez, Xavier Boada, Rosa Gámiz, Xavier Ricart y Oriol Guinart. Dirección: Julio Manrique. TEATRE ROMEA / TEATRO ESPAÑOL.

Naves del Español (Sala 1), 5 de Octubre de 2013

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