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‘Nada Tras la Puerta’, o poetizar el horror

octubre 7, 2013

El Centro Dramático Nacional apuesta para abrir su temporada por un espectáculo rabiosamente actual en todas sus vertientes estrenando Nada Tras la Puerta, una propuesta de complicada catalogación que, sin embargo, atraerá irremediablemente a todo aquel que la vea. Es actual tanto por la temática –casos reales obtenidos a partir de reportajes periodísticos con la(s) mujer(es) como víctimas de conflictos provocados por las fronteras geográficas, socioculturales y raciales; y por los (pre)supuestos estamentos de poder (pre)establecidos por la “tradición”- como por la autoría –un conjunto de textos escritos por algunos de los más célebres dramaturgos contemporáneos de nuestro país-.

El resultado no solamente plantea una doble dicotomía espacial Norte/Sur-Opresores/Oprimidos, sino que denuncia además toda una serie de situaciones de digestión verdaderamente difícil: por el escenario van desfilando  mujeres o niñas que acaban siendo víctimas de violaciones, vejaciones, turismo sexual, guerras; o se ven obligadas a renunciar a su propia sangre en favor de hombres “blancos” que las tratan como meros objetos de usar y tirar. Toda una serie de relatos que son, como digo, textos teatrales construidos a partir de casos rigurosamente reales recopilados por el periodista Hernán Zin. Mientras en la zona “Sur” del escenario van surgiendo esta suerte de mártires “troyanas” con historias atroces, en la zona “Norte”, tres amigos ven un partido de fútbol, ignorando –o tratando de ignorar- lo que pasa al otro lado del mundo –y del escenario-.

Cuando se tiene entre manos un material tan delicado como es este, hay que saber muy bien cómo manejarlo, y aquí sin duda han sabido. En vez de buscar un teatro socio-documental, lo que aquí se ofrece es una visión puramente teatral de todos estos casos reales: una gran experiencia poética, casi onírica. Los escalofriantes relatos se sirven con una poesía textual y visual hermosísima; rozando muchas veces lo coreográfico, casi como si fueran cuentos de hadas para adultos. El horror llega solamente a través de la palabra y la expresión del elenco: en ningún momento se ve violencia explícita, a pesar de lo tremebundo de todas las historias que se cuentan. Los relatos se solapan, se entrelazan y se difuminan en un espacio blanco indeterminado -¿tal vez una suerte de limbo?-, por el que vagan todas estas mujeres vestidas también en blanco riguroso, y apoyándose unas a otras para enfrentar unos destinos cumplidos de los que ya no pueden escapar, o por los que son perseguidas irremediablemente.

Lejos de hacer que nos distanciemos del horror, la belleza y la poesía de la propuesta escénica consiguen que nos recreemos y nos impliquemos aún más casi sin darnos cuenta. El resultado es un potente cóctel de sensaciones encontradas y extrañas –pero también muy estimulantes-, porque casi cuesta comprender cómo es posible que algo tan terrible pueda contarse de una forma tan hermosa. El Aria de las Variaciones Goldberg de Bach sirve de motivo conductor musical a toda esta gran experiencia sensorial –curiosamente no es la primera vez que esta música se liga con éxito al horror…-, con interpretación en directo de Mikhail Studyonov. En cualquier caso, es imposible permanecer impasible ante un espectáculo que está hecho de sensaciones, de sentimientos y de emociones, que golpearán al espectador de una u otra manera a lo largo de casi una hora y veinte.

Dentro de un nivel medio de notable, hay que decir que es inevitable pensar que unos textos funcionan mejor que otros por contenido y estructura; y quizá sea esto lo que pueda llevarnos a engaño y hacer que unos actores parezcan –solo parezcan- rendir a nivel superior que otros. No es así. Hay excelencia general en el elenco actoral, aunque probablemente los mejores momentos caigan en manos de Carolina Lapausa –sinceramente espectacular: una actriz de una sensibilidad extraordinaria que es, por voz, mirada y figura, el miedo y la inocencia robada en sí misma; y pone la piel de gallina cuando por fin se decide a afrontar estoicamente la única salida posible con firme determinación. Además, es capaz de desmontarte sin piedad con la ingenuidad de sus ojos incluso cuando no es parte activa de la acción-; Marta Larralde –con una mirada cautivadora que encierra toda la luminosidad de la esperanza de un porvenir dichoso que se derrumba y acaba convertido en melancólica decepción; transitando la actriz de forma brillante por todos estos estados de ánimo en apenas unos minutos-; y Lidia Navarro –casi la única actriz a la que se le permite cruzar la frontera de los dos mundos, y que ofrece una escalofriante escena de eficaz contención expresiva cuando intenta explicar por qué es incapaz de querer a un hijo que no es su hijo pese a haberlo intentado: pocas veces antes la frialdad resultó tan elocuente como consigue ella-.

 Sandra Ferrús –tan emocionada como emocionante como esa madre que intenta explicarle a su hijo por qué está a punto de abandonarle para que vaya a un lugar en el que “te cuidarán pero no te respetarán”– y Ángela Cremonte –una mujer que intenta vengar la brutal violación de su madre asesinando a su padre, en un acto de fiereza contenida-. A Josean Bengoetxea y Alfonso Torregrosa les ha tocado la ardua tarea de ser los hombres en una función de mujeres, y se desdoblan brillantemente en personajes que vagan entre lo pusilánime y lo –muy- antipático. No se conforman con ser meros secundarios: Bengoetxea, por ejemplo, tiene momentos brillantísimos como el amigo tartamudo e inseguro del Norte que cree que tal vez habría que atreverse a mirar tras la puerta…

Bellísima, sugestiva y sugerente la escenografía de Elisa Sanz, muy bien iluminada por Olier Ituarte: ambas cosas ayudan a sumergirse en el universo onírico-poético que construye Mikel Gómez de Segura, con pulso firme, en un espacio diminuto –la sala pequeña del Valle-Inclán- que ayuda a facilitar la inmersión total del espectador en el espectáculo.

En definitiva, una propuesta hermosa, que remueve y permite disfrutar de un puñado de intérpretes intensos y entregados, en estado de gracia, a escasos centímetros del espectador. Altamente recomendable.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“Nada Tras la Puerta”, de Juan Cavestany, José Manuel Mora, Borja Ortiz de Gondra, Yolanda Pallín y Laila Ripoll. Con: Josean Bengoetxea, Ángela Cremonte, Sandra Ferrús, Carolina Lapausa, Marta Larralde, Lidia Navarro, Alfonso Torregrosa y Mikhail Studyonov. Dirección: Mikel Gómez de Segura. Centro Dramático Nacional (CDN) / Traspasos K.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 3 de Octubre de 2013

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