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‘Naturaleza Muerta en una Cuneta’, o anatomía de la corrupción

septiembre 16, 2013

No me negarán que seguramente irían de cabeza a ver un espectáculo con un título tan tremendamente sugerente como Naturaleza Muerta en una Cuneta, aun sin tener ni la menor idea de su trama. Y más aún si les cuento que se trata de un thriller policíaco, de esos que tanto nos enganchan en cine y televisión; pero que rara vez se han visto en un teatro –salvando mucho las distancias, solo se me ocurre en tiempos recientes Carnaval, de Jordi Galcerán, que transcurría en una comisaría, y era de estructura mucho menos ambiciosa que esta función-.

El texto del italiano Fausto Paravidino (Génova, 1976) escrito en 2001 y originalmente concebido en forma de monólogo polifónico –aunque pronto conoció varias adaptaciones que, aunque no renuncian a mantener ciertos fragmentos de índole puramente narrativa optan por usar varios actores para dar vida a los casi 20 personajes que aparecen- parte de la aparición en un pequeño pueblo –podría ser en cualquier ciudad del mundo- de una joven de 22 años muerta en una cuneta, desnuda y con signos de violencia. El inspector encargado del caso pretende esclarecerlo lo antes posible, para evitar que la noticia llene los titulares de los periódicos y los telediarios del día siguiente: para lograrlo, ni él ni su equipo escatimarán en usar los medios que sean necesarios, aunque a veces no sean los más éticos. Como era de esperar, la finada –aparentemente, una hija y estudiante ejemplar- pronto resulta tener un importante currículum de sexo, drogas y prostitución a sus espaldas, con lo que la investigación lleva a la policía a toparse con lo mejorcito de cada casa: yonquis, camellos o prostitutas varias que perfectamente podrían haber tenido algo que ver en la muerte de la chica, porque todos tienen alguna conexión con ella.

Sobre esta trama, hay que aplaudir que Paravidino escribe un thriller sin duda trepidante, que atrapa desde el primer segundo por la amplia gama de escenas y personajes bien definidos que presenta: la cosa no se detiene ni se estanca en ningún momento, las acciones se superponen, los ocasionales gags –a veces de humor negro, otras veces puros chascarrillos- están perfectamente encajados en una trama turbia y las casi dos horas se pasan en un suspiro, mientras el espectador irá haciendo cábalas, añadiendo y eliminando sospechosos.

Y entonces llega el final, y el caso se resuelve precipitadamente, con una carambola que sirve a Paravidino ya no para sorprender –que lo hace, y de qué manera…-, sino también para terminar de rubricar su denuncia: para el italiano, nada ni nadie se salva en esta historia de poder corromperse, y las fronteras entre los marginados y los socialmente favorecidos están más cercanas de lo que parece a simple vista. En su desenlace, Paravidino no perdona: acaba dando estopa, de una u otra manera, a casi todos los personajes; y quienes no son castigados por otro(s) personaje(s) caen bajo el yugo del juicio del público.

Pero volvamos solo por un instante a la resolución del caso, que no ha terminado de convencerme: independientemente de que haya un giro argumental de último minuto, como es de esperar en estas historias –debo confesar que tenía en la cabeza hasta tres posibles finales que hubiesen resultado tan sorprendentes como coherentes, pero ninguno era el que escoge el autor…- no me hubiera sobrado ver, por ejemplo, el interrogatorio con el asesino una vez que se le detiene –conocemos los hechos por boca de otro personaje- porque siendo la palabra de un testigo contra su palabra, cuesta creer que confiese por las buenas… Pero independientemente de que el final resulte más o menos convincente, lo cierto es que estamos ante una obra original por su estructura, novedosa como género en teatro y que entretiene y engancha.

El montaje que presenta K Producciones es ciertamente impecable, en una función que presenta múltiples dificultades a la hora de tomar decisiones sobre cómo llevarla a escena –hay una veintena de personajes, y unos quince espacios en los que transcurre la acción-. La escenografía de Ikerne Giménez es tan práctica –se sirve de dos alturas, y cambia constantemente los espacios con solo subir o bajar unas tablas, sin que la acción se detenga nunca- como visualmente atractiva en su conjunto, y los numerosos cambios de vestuario de los actores, que van y vienen de un personaje a otro una y otra vez –las más de las veces en tiempo record- parecen la cosa más sencilla del mundo. La iluminación –Pedro Yagüe– ayuda a resaltar las zonas de escenario en las que se focaliza la acción, y los juegos de proyecciones –no para completar elementos, sino para reforzar imágenes que deben formarse en la mente del espectador- rematan un resultado que parece casi un mecanismo de relojería.

Los seis actores que forman el reparto dan vida a más o menos 20 personajes de diversos estratos sociales lo que –salvando el caso del protagonista, Adolfo Fernández, que solo interpreta al Inspector Salti, pero que además dirige el espectáculo- les obliga frecuentemente a triplicar y cuadriplicar sus roles: un caramelo para cualquier actor, que permite explorar todas sus posibilidades dramáticas; y un planteamiento al que el elenco en pleno responde de manera francamente brillante.

Al Inspector Salti de Adolfo Fernández –que está bien por presencia escénica y maneras, construyendo un policía de mil caras, de esos que nunca sabe uno por dónde te pueden salir- se le puede achacar cierta vocalización confusa en algunos momentos, quizás producto de su característico timbre de voz, lo que dificulta ocasionalmente el entendimiento del texto: curiosamente no es la primera vez que le ocurre en este mismo teatro.

Entre el resto del elenco, hay que destacar la descomunal creación del camello venido a menos que firma Ismael Martínez –seguramente el mejor de todo el reparto-, pura pachorra y adrenalina: divertidísimo en su carácter arrebatado y muy conseguido, robándose la atención siempre que pisa el escenario y logrando que el público llegue a encariñarse con un personaje que no es ningún angelito; en perfecto contraste con el hermético padre de la muchacha asesinada, que prefiere dejar todo en manos de la policía, del que también se encarga con brillantez: nadie diría que no son dos actores. Enhorabuena.

A David Castillo hay que aplaudirle el pisar el escenario con una seguridad inusual en un actor que ha desarrollado toda su carrera delante de las cámaras. Ya no es que no veamos en ningún momento al personaje televisivo que le dio la fama –no lo vemos-, sino que además es capaz de perfilar psicológicamente todos y cada uno de los personajes que le tocan en suerte –arranca con un monólogo frenético que se gana enseguida la atención del espectador, y clava especialmente al patoso policía con ansias de medrar-. Es, además, un intérprete de vocalización y proyección impecables. Toda una sorpresa, y un actor que parece llamado a grandes cosas sobre los escenarios  y al que habrá que seguir de cerca. De momento, Claudio Tolcachir cuenta con él para la producción española de su próxima función, de inminente estreno.

También brilla Juan Codina –que se ha incorporado a la gira en sustitución de Raúl Prieto- encuentra grandes momentos de lucimiento personal creciendo progresivamente como el novio de la víctima: otro manojo de nervios y violencia, aunque con más aristas de las que parece a primera vista, de gran complejidad psicológica, que el actor hace brillar con luz propia cuando se queda a solas con el Inspector Salti, en un interrogatorio que está entre los mejores momentos del montaje. Sus momentos con Ismael Martínez son para el recuerdo.

A Sonia Almarcha le toca una parte difícil y desagradecida en su papel principal, La Madre, que tiene dos monólogos fundamentales para entender la acción: la actriz destaca más por cómo dice lo que dice –especialmente en el segundo monólogo, magistralmente expuesto en un hilo de voz entrecortada-, que por lo que dice, que suena a veces demasiado literario para las situaciones por las que atraviesa su personaje. Así y todo, sabe aportar la intensidad necesaria a un papel básicamente introspectivo: expresa el dolor sin caer nunca en lo lacrimógeno. Y tal como están escritos los monólogos, no es tarea fácil.

Por su parte, Susana Abaitua sale bastante airosa de unas intervenciones que, aunque pueden parecer más breves que las del resto, no están exentas de dificultades que no facilitan para nada su trabajo, pero que sabe solventar: dice el grueso de su texto desde una alta plataforma al fondo de la escena –lo que podría dificultar su proyección de voz, cosa que afortunadamente no sucede- y habla en un español salpicado de acento bosnio cuando encarna a una prostituta que resulta fundamental para resolver el caso. Un acento al que puede costar un poco acostumbrarse; pero aún así también acaba logrando que la escuchemos en silencio sepulcral en un personaje que, aun siendo pura denuncia de la situación de todo un estrato social, no cae nunca en lo panfletario. También sale airosa de un(os) papel(es) que son muy exigentes en el plano físico: ha de bailar repetidas veces, y bajar una empinada escalinata subida a unos vertiginosos tacones.

La dirección corre a cargo de Adolfo Fernández que, además de protagonizar, ha creado un espectáculo de ritmo verdaderamente trepidante, muy bien armado e impecable en lo formal, demostrando que tiene las ideas más que suficientes como para levantar con éxito un espectáculo tan complejo como vistoso y variado, con la complicidad de un elenco que responde maravillosamente.

El público, visiblemente enganchado al asunto, murmurando, haciendo apuestas y alternando risas con silencios que cortan el aliento, aplaude con fuerza una función muy recomendable, que solo decae por un final que podría ser discutible si uno se sienta a estudiarlo con detenimiento, y por algún ocasional arrebato poético que no siempre encaja con los personajes que lo dicen. Pero hay que aplaudir la novedad del género, la osadía –en el buen sentido- de la construcción de texto y montaje, y las buenas interpretaciones. Bastante recomendable.

H. A.

Nota: 4/5

“Naturaleza Muerta en una Cuneta” (Natura Morta in un Fosso), de Fausto Paravidino. Con: Adolfo Fernández, Ismael Martínez, Juan Codina, Sonia Almarcha, David Castillo y Susana Abaitua. Dirección: Adolfo Fernández. K PRODUCCIONES / TEATRO ARRIAGA.

Teatro Rosalía de Castro (A Coruña), 14 de Septiembre de 2013.

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