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‘Hécuba’, o justicia dignificadora

agosto 20, 2013

Procedente del Festival de Teatro Clásico de Mérida –en el que se estrenó hace tan solo unos días- ha llegado a la Plaza del Centro Niemeyer de Avilés una nueva y flamante producción de la Hécuba, de Eurípides, en versión de Juan Mayorga y con dirección de José Carlos Plaza, con un elenco amplio y ciertamente estelar. No siempre es fácil –por motivos evidentes de espacio- que espectáculos que nacen pensados para Mérida puedan girarse a otros puntos. Es por ello por lo que hay que aprovechar cualquier posibilidad futura que pueda surgir para gozar de esta propuesta que constituye una gran noche de buen teatro, con la tensión dramática fluyendo por arrobas.

Ya casi en el fin de sus días, la otrora reina Hécuba es hoy una más de las cautivas de los griegos tras la guerra de Troya. Con el resto de las esclavas, acude a Tracia, donde los griegos rinden pleitesía al espíritu del héroe Aquiles. En este punto, Hécuba empieza a toparse con una serie de piedras en el camino, que poco a poco la irán envolviendo en un manto de muerte y traición, lo que hará que la antigua monarca deba emprender una lucha por proteger a su prole, y por mantener intacta la dignidad de sus dos hijos, Polidoro y Polixena. Los golpes del destino obligarán a Hécuba a tomarse la justicia por su mano, como única alternativa para dignificar lo poco que le queda.

Y es que, más que la gran tragedia de la venganza –como se refiere a ella Mayorga en las notas al programa- Hécuba parece la gran tragedia de la lucha por la dignidad: una mujer que lo ha tenido todo y lo ha perdido todo, y busca sencillamente mantenerse en pie, porque ni siquiera la venganza que ejecuta va a devolverle todo aquello que perdió. Pero no solo Hécuba busca su propia dignidad: también Polixena y Polidoro reclaman que se mantengan sus propias dignidades, de la misma manera que el tirano Poliméstor es castigado por sus actos indignos. Es por ello por lo que la dignidad del individuo parece un motivo conductor mucho más unificador de la tragedia que la venganza en sí misma. Resulta casi superfluo detenerse en comentar la actualidad que siguen manteniendo todos los conflictos de estos personajes, miles de años después de escribirse; de hecho, la clave del éxito y el impacto dramático de esta función se encuentra precisamente ahí: todos entendemos la necesidad de venganza de Hécuba después de que el infortunio se cebase de esa manera con ella, y no se puede ver esta función permaneciendo impasible.

La presente producción –entendemos que adaptada para este nuevo espacio sobre la idea original para Mérida-, parte de una versión que firma el dramaturgo Juan Mayorga, bastante fiel al original. Ha dejado la obra en algo menos de dos horas y la presenta en una traducción que fluye con toda naturalidad. No renuncia a grabar voces para superponer eventos pasados y presentes, ni a hacer “cantar” al coro griego por una vez, mediante algún número más o menos musical con las cautivas troyanas –en una solución que no siempre funciona igual de bien-.

Partiendo de las limitaciones que supone plantear un montaje para Mérida –donde el propio espacio es parte de la escenografía-, y añadiendo a esto el problema de tener que llevar el espectáculo fuera de la propia Mérida, la propuesta que dirige José Carlos Plaza –responsable también de la escenografía- está llena de momentos de gran plasticidad, con muy pocos elementos. Apenas unas ruinas, una  cabaña y una escalinata forman los elementos escénicos, complementados aquí con cicloramas que sustituyen a las columnas de Mérida. Hay que decir que el experimento de los cicloramas ha dado un resultado francamente mejor de lo que esperaba, y el conjunto permite un completo disfrute del espectáculo, como si hubiese sido originalmente ideado tal y como se ve ahora. Todo muy bien iluminado por Toño Camacho. El vestuario de Pedro Moreno es en general elegante, aunque algunas caracterizaciones –Juan Pedro Hernández- estén mejor conseguidas que otras: están muy bien todo el planteamiento estético del personaje de Hécuba, los ojos arrancados de Poliméstor, o la Vieja Vidente, por ejemplo; pero los postizos de Agamenón son francamente mejorables. De la misma manera, el sonido de Mariano Díaz –olas de mar, ladridos de perros…- funciona mejor que sus números musicales, que –como ya he dicho algo más arriba- no siempre encajan igual de bien en el contexto de lo que estamos viendo –aun a pesar de la eficacia innegable de la escena inicial-.

Pero este debe ser y es, ante todo, un espectáculo de actores. Seamos claros: creo no exagerar en absoluto si digo que Concha Velasco se halla, sencillamente, en el mejor momento de toda su carrera, encadenando desde hace unos cinco años una serie de notables productos en teatro y televisión, que nos están dando toda la sabiduría de una intérprete que cuenta con la experiencia de toda una carrera. Si ya hace unos años puso un nudo en la garganta a todo el que la vio como Madame Rosa en aquella función memorable que era La Vida Por Delante, esta Hécuba es un intenso tour de force que solo una grande de las tablas puede permitirse. Toda la función está construida en una serie de encuentros progresivos de Hécuba con los demás personajes, y Velasco –sin abandonar apenas el escenario- recorre toda una amplísima gama de emociones e intensidades con plena convicción. Un papel larguísimo, de desgarrada fuerza dramática, que la Velasco saca adelante sabiendo cómo encontrar siempre el punto exacto de emoción, con su rotunda presencia escénica y maneras de primera dama de las tablas. Su escena final, cubriéndose de arena ante los cadáveres de sus hijos mientras maldice su destino es solo la culminación de un espectacular trabajo, que debería verse por todo el país. De grande. El teatro la recibe con ovaciones al final, y no es para menos.

Junto a ella, amplísimo e importante reparto para papeles más o menos breves –en comparación con el de Hécuba-. Hay que empezar destacando el descomunal trabajo de Pilar Bayona, como una omnipresente y avejentada agorera que parece capaz de presagiar las desgracias que están por venir con apenas una mirada: apenas unas pocas frases de texto, pero mucha permanencia en escena como una presencia ciertamente perturbadora e inquietante que rodea a Hécuba. Es difícil apartar la vista de ella siempre que está en escena, como es difícil no estremecerse con la sola idea de su presencia, porque tiene una de esas miradas que penetran al espectador. Uno de esos trabajos que confirman que no hay papeles grandes o pequeños, sino buenos y malos intérpretes: Bayona se revela aquí como una actriz sobresaliente, capaz de poner de relieve un personaje que en otras manos podría haber pasado desapercibido, elevándolo casi a la categoría de protagonista –por omnipresente y por cómo canaliza la acción sobre ella cuando es preciso- en un trabajo dificilísimo que es ciertamente digno de aplaudir.

Ese actor siempre sensible y elegante que es José Pedro Carrión (Ulises) aporta su acostumbrada presencia escénica, su saber hacer, y su característica voz –de esas inconfundibles que resulta una bendición encontrar en un actor-, en un personaje que –pese a su ardua misión- aparece conferido de una gran dignidad personal gracias al trabajo del  intérprete, que firma un Ulises de porte señorial. En un primer momento, seguramente podrá pensarse que María Isasi tal vez no sea –ni por edad ni por físico- la elección más idónea para Polixena; pero, sin embargo, sabe defenderlo con la arrebatada convicción que acostumbra a conferir a todos sus personajes –alcanzando grandes momentos de desgarrada intensidad- y esto le deja andado gran parte del camino hacia el triunfo: cuando hay actriz, como en este caso, se nota. Al Agamenón de Juan Gea -como siempre, un actor eficaz- le toca pelear con una caracterización digamos discutible –por rozar lo carnavalesco-, y puede que esto le reste un punto de credibilidad de manera más o menos automática, por más que él se esfuerce en evitarlo, y una vez pasada la primera impresión hasta lo consiga –pero es que así vestido no es fácil…-: tampoco es por su culpa, y se va encontrando a sí mismo conforme avanza la función.

Bien el Poliméstor de Alberto Iglesias –que sirve un villano cargado de intensidad, que encuentra un momento de gran lucimiento personal en sus visiones finales-, mientras que el Taltibio de Alberto Berzal, a pesar de la honestidad como intérprete, no pudo evitar un pequeño pero notorio despiste con el texto. Luis Rallo cumple como Polidoro en su breve intervención fantasmagórica.

Completan el reparto como esclavas troyanas Denise Perdikidis, Marta de la Aldea y Zaira Montes, a las que solo se les puede reprochar una cierta y ocasional falta de empaste en los números musicales, mejorando en sus puntuales réplicas textuales. Es amplia y eficiente también la cantidad de figurantes.

Gran entusiasmo al final, en una plaza desbordada de gente, ante una función que ofrece, por lo infrecuente del texto, por la intensidad de las interpretaciones –ya no solo por la descomunal creación de Concha Velasco, sino por el notable nivel general- y por el mimo de la puesta en escena, nadie debería perderse. E, insisto, hay que procurar girar con la amplitud que merece de alguna manera.

Muy encomiable también lo bien que funcionó la representación en un espacio tan poco dado a este tipo de eventos como es la Plaza del Centro Niemeyer: la amplificación fue limpia y clara, y la idea de proyectar la acción en una pantalla sobre el escenario acercó sobremanera la acción al público que llenaba el recinto.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

“Hécuba”, de Eurípides. Con: Concha Velasco, José Pedro Carrión, Juan Gea, María Isasi, Pilar Bayona, Alberto Iglesias, Alberto Berzal, Denise Perdikidis, Luis Rallo, Marta de la Aldea y Zaira Montes. Versión: Juan Mayorga. Dirección: José Carlos Plaza. PENTACIÓN ESPECTÁCULOS / FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA.

Plaza del Centro Niemeyer (Avilés), 16 de Agosto de 2013

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2 comentarios leave one →
  1. agosto 22, 2013 09:33

    ¡Qué envidiaca! Al menos gracias a tu crítica he podido imaginármelo un poquito.

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  1. ‘Coriolano’, o sin Mérida como contexto | BUTACA EN ANFITEATRO

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