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‘Yo, Quevedo’ o textos como pretextos

agosto 18, 2013

Volvía Moncho Borrajo a su cita obligada y ya casi siempre sistemáticamente anual con el público gallego, esta vez presentando Yo, Quevedo un nuevo espectáculo que no parecía otro de sus unipersonales. Pero ¿qué va a encontrar el público ante una nueva actuación del humorista gallego? ¿Un espectáculo de teatro? ¿Un espectáculo de monólogos? ¿Tal vez un espectáculo de sketches de humor? ¿Poesía improvisada? ¿Algo de todo? Nunca se sabe, y catalogar a Borrajo –que, por cierto, últimamente ha escrito sus memorias- en uno o más géneros es siempre una ardua tarea.

Inicialmente, una enfermera anuncia una visita por el CRAD (Centro de Rehabilitación de Artistas Descarriados), en el que se encuentra el humorista Moncho Borrajo desde que la subida del IVA a la cultura el pasado año le hizo enloquecer y usurpar la personalidad de Francisco de Quevedo. Se alza el telón, y vemos el desdoblamiento Quevedo-Borrajo, escribiendo-comentando el Memorial que llevaría al poeta español a la cárcel, allá por 1639. Borrajo aprovecha, mientras lo lee, para trazar paralelismos entre lo que Quevedo denuncia y la situación actual. Hasta aquí, uno podría encontrar –salvando las distancias- similitudes evidentes entre lo que –parece- que va a hacer Borrajo esta vez, y algunos de los espectáculos de Rafael Álvarez “El Brujo”, por poner un ejemplo.

 

Pero esto solo es en una primera sección: enseguida vemos que Quevedo y sus textos no son más que pretextos para que aparezca el Borrajo corrosivo de siempre comentando la actualidad, interactuando con su público y desplegando todo el exceso. Quevedo no es más que una suerte leit-motif por el que se moverá el espectáculo –se volverán a citar textos del poeta español aquí y allá-. No está mal traído Francisco de Quevedo como excusa, como (pre)texto del “texto” porque, dicho sea de paso, el particular humor de Borrajo –por ingenioso a la vez que tremendamente escatológico, lenguaraz, crítico y corrosivo- tiene no pocos paralelismos con el del inmortal poeta. Como Quevedo, también Borrajo es una suerte de “poeta social”, también Borrajo gusta del exceso, y también Borrajo usa el humor para dirigirse al pueblo llano y hacer que reflexione, como si de una suerte de agitador de masas se tratase.

Es cierto que puede parecer todo un poco demasiado –demasiada la duración, demasiada la reincidencia en según qué cosas…-, y que el que haya visto otros espectáculos de Borrajo descubrirá que hay tácticas, gags y caminos que se repiten una y otra vez, y que por lo tanto el cómico tiene perfectamente controlados: ya sabemos en qué términos va a dirigirse al público, sin embargo el desparpajo con que dice las cosas sigue causando la hilaridad del respetable. Y ya saben: Borrajo no perdona, tiene para repartir a todo y a todos, y se viene arriba ante la visita del alcalde de la ciudad –que no impide que dé un buen repaso a las políticas (y a los políticos) del PP, como a los de cualquier otro partido-. Porque a estas alturas ya sabrán que Moncho Borrajo no discrimina: dispara a discreción contra todo y contra todos; y lo mismo canta que se traviste, improvisa la creación de una poesía en directo o imita a un buen número de artistas en una especie de miscelánea en la que todo puede llegar a tener cabida.

El que vea a Borrajo por vez primera –que siempre hay alguien- quedará fascinado por esa aparente sensación de constante improvisación, que sigue siendo natural hasta para los que sabemos –porque ya lo hemos visto más veces-, que hay salidas que están meditadas y preparadas. Nunca lo pareció, y ahora la verdad es que sigue sin parecerlo. Y eso no lo hace cualquiera.

Entrar a valorar la “teatralidad” del espectáculo es tarea ardua y difícil –no siempre hay digamos una teatralidad dramatúrgica al uso, pero sí que hay su aquel de teatro; porque, después de todo, Moncho ha sabido crearse su propio personaje sobre las tablas-. Con todo, lo que no se puede negar es la capacidad del artista para levantar un espectáculo de 1 hora 50 minutos que roza lo unipersonal –salvo contadas apariciones de Lucía Bravo , que apenas bordean lo episódico una vez pasado el prólogo- y las puntualísimas voces de un Carlos Latre que aparecen solo en un momento puntual, por mucho que el cartel anuncie su colaboración poniendo voz a varios personajes a bombo y platillo. Tampoco puede negarse que hace con el público lo que quiere, que nos tiene con él, que tiene el control del asunto, y que; como ya digo, hay esa sensación de que cada función va a ser diferente de la anterior y de la siguiente. E, insisto, hay que ser muy bueno para conseguirlo. Es difícil “calificarle” –y es por ello por lo que no hay calificación-, pero no hay duda de que –como creo que se deduce claramente de este artículo- la propuesta cumple con creces con lo que promete.

Exitazo de público, carcajadas constantes inundando el teatro. Todos sus fieles estábamos con él, y seguro que –como cada vez que regresa-, habrá sumado muchos nuevos admiradores de su particular manera de trabajar, que siempre garantiza un rato agradable y distendido, aunque quizá en esta ocasión podría haberse recortado alguna sección por resultar tal vez reiterativa en exceso.

Con todo, casi una semana a teatro lleno, aun coincidiendo en cartel con una función –también llena- de La Bella y la Bestia, y conciertos de artistas y grupos tan dispares como Luar Na Lubre, Dover, Macaco o el mediático barítono gallego Borja Quiza en su estreno como crooner: pocos artistas se pueden permitir llenar durante tanto tiempo y con tanta competencia en una ciudad relativamente pequeña como es A Coruña, y lo cierto es que a Borrajo nunca le fallan ni la fórmula ni su público entusiasta. ¡Hasta la próxima!

H. A.

 

“Yo, Quevedo”, de Moncho Borrajo con textos de Francisco de Quevedo. Con: Moncho Borrajo, Lucía Bravo y las voces de Carlos Latre. SUSPIRO PRODUCCIONES

Teatro Colón (A Coruña), 14 de Agosto de 2013

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