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‘¡Ay, Carmela! Musical’, o cantando bajo las balas

julio 9, 2013

La adaptación musical de ¡Ay Carmela! que presenta Andrés Vicente Gómez –productor en su día de la aclamada adaptación cinematográfica de la obra de Sanchis Sinisterra, a cargo de Carlos Saura- es sin duda una de las apuestas más importantes y arriesgadas de la presente temporada teatral nacional. Después del batacazo que supuso El Último Jinete –un espectáculo que según cuentan ni siquiera el esforzado reparto pudo salvar…-, debo reconocer que tenía mis dudas sobre lo que podría salir de esta especie de inesperado cóctel que reúne a nombres tan dispares como Andrés Lima, Víctor Manuel, Javier Gutiérrez, José Sanchis Sinisterra, Pedro Guerra, Inma Cuesta, José Luis García Sánchez o Vanesa Martín en un mismo espectáculo. El resultado es, sin embargo, uno de los espectáculos más brillantes y honestos que se hayan visto en el género del musical en este país en el que sigue quedando tanto camino por recorrer para llegar a la excelencia de ciudades como Londres o Nueva York. Pero por muchas cosas, este ¡Ay Carmela! es un paso de gigante para dignificar el género de la comedia musical en España.

Lo que presentan Lima, García Sánchez y Gómez es una relectura de la obra teatral, sin renunciar a tomar prestadas influencias directas de la película. Se cuenta lo mismo, pero a veces de distinta forma, y así hay que tomarlo: no estamos viendo ni la obra teatral ni la película, sino una nueva creación que bebe de ambos formatos. La historia aparece tal y como el público la conoce. Se ha recortado de aquí y añadido allá, y el resultado es un producto con la fidelidad suficiente como para que reconozcamos en él al original, pero también con cierta personalidad propia. Y, ante todo, con innegable ritmo, aun cuando la cosa tenga altibajos -que los tiene-.

La versión está claramente dividida en dos partes muy diferentes: el primer acto –casi de presentación, unos 45 minutos- sirve a una Narradora con aires de Ute Lemper que ejercerá de Maestra de Ceremonias con el público –imposible no pensar en el personaje masculino más o menos homólogo que aparece en Cabaret…- para presentar a Carmela y Paulino, y para contextualizar el momento histórico en el que transcurre la trama. Es en el segundo –de algo más de una hora-, en el que el drama de Carmela y Paulino transcurre por fin. La primera parte es decididamente más lenta –acaba en un clímax dramático tan inesperado como eficaz para echar el telón y anticipar la tragedia que sigue-, pero juega con un clima de distensión que se mete al público en el bolsillo de inmediato. Con todo, en términos dramáticos es decididamente más redonda la segunda parte. El precio a pagar, en cualquier caso, es una cierta falta de caracterización psicológica de los personajes: no estaría de más dibujar más profundamente la relación entre Carmela y Paulino –esto es, alargar las escenas de Paulino con el fantasma de Carmela, porque funcionan de forma espléndida, llevan algunos de los mejores fragmentos de música y habrían dado mucho más juego del que aquí se les saca-, pero es que el resto de los personajes quedan reducidos poco menos que a esbozos que pasaban por allí.

Como partitura, a todo un ramillete de canciones populares que son la banda sonora de un momento histórico concreto –suena obviamente “Ay Carmela”, pero también “Suspiros de España”, “Yo te diré”, “El Café de Chinitas”, “Giovinezza” y varios números de revista, zarzuela o canción italiana y alemana-, así como siete canciones nuevas, específicamente escritas para este espectáculo por cantautores tan conocidos como Víctor Manuel, Pedro Guerra o Vanesa Martín. En el material nuevo hay de todo, obviamente –unas canciones son mejores que otras, y alguna aparece metida casi con calzador…-, pero la palma se la lleva el “Mientras Duermes” de Vanesa Martín: la nana del fantasma de Carmela a Paulino borracho es todo un hit, un hermosísimo momento de emoción contenida a menos de diez minutos del inicio del espectáculo, que deja las cosas muy en alto de cara a lo que sigue; la canción es de un impacto emocional inmediato, e Inma Cuesta –que encuentra en esta Carmela un importante vehículo de lucimiento personal- le hace toda la justicia que debe, anudando la garganta hasta al más frío de los espectadores. También hay medleys muy propios del género, que se cuentan entre los mejores momentos del montaje: véase el número en que dos soldados se integran de pronto en la narración y solapan progresivamente “Giovinezza” con “Jarama Valley”, en una suerte de batalla musical que es otro momento para el recuerdo. Pero si algo incendia al público y provoca la mayor ovación a escena abierta, es “Suspiros de España”, entonado a dúo por las dos féminas del reparto al comienzo de la segunda parte.

Otro motivo de aplauso es la puesta en escena de Andrés Lima, que crea un espectáculo sencillo, decididamente de pequeño formato –el Reina Victoria es casi una bombonera-, apoyado básicamente en telones pintados y proyecciones de imágenes de la época, muy bien seleccionadas para impactar –Beatriz San Juan y Valentín Álvarez-, con tan solo siete actores y cuatro músicos; pero que sin embargo está lleno de dinamismo: ha decidido que sea una función de “inmersión total” y, así, la acción transcurre por todo el teatro; no solamente en la platea –a la que los actores bajan con frecuencia-, sino también ocasionalmente en los pisos del teatro. El público, decididamente implicado, no duda un instante en jalear a Carmela cuando baja a la platea cantando “¡Que viene el coco, mamá!”, o en enfrentarse a los militares en la escena final, cantando a coro “¡Ay, Carmela!”, mientras tiene lugar el tiroteo, en uno de esos extraños momentos de teatro, con espectadores y actores fundidos en un todo, donde se dan la mano emoción extrema y eficacia dramática. Por otro lado, las coreografías –de Teresa Nieto– siguen la tónica de sencillez y eficacia que predomina en todo el espectáculo, sacando partido a las grandes dotes de Marta Ribera para la danza. Y hay que mencionar obligatoriamente ese bombardeo, ejecutado de forma tan sencilla como eficaz –apenas golpes de luz y efectos de Dolby Sourround bastan para enmudecer al auditorio-. En resumen, hay que destacar que se han visto propuestas de musicales en España mucho más pretenciosas y menos efectivas que esta que, con muy pocos elementos pero mucha imaginación, engancha al público desde el primer instante. Enhorabuena.

Entregado el reparto. Sorprendente incorporación de Inma Cuesta, posiblemente en uno de los mejores papeles que le haya visto, donde puede lucirse por sí misma: huyendo drásticamente de ciertos estereotipos que tienen algunos de sus papeles más o menos recientes, aquí construye un personaje apoyado en el salero andaluz que transmite –y que tanto conviene a la naturaleza de Carmela-, pero sobre todo, en una voz sugerente apoyada en una técnica vocal impecable, que haría sacar los colores a muchas supuestas estrellas de musical de España. Es desde la voz misma desde donde emociona profundamente: no ya solo en ese “Mientras Duermes” bellísimo que compone Vanesa Martín, sino también en la igualmente inspirada “Nana para el miliciano” que le escribe Pedro Guerra. En cualquier caso, transmite emoción y mucha –recuerdo haber leído en una entrevista que le preocupaba no emocionar, y al menos en esta función no tiene de qué preocuparse-, en una creación llena de fuerza que merece que se la mire con todo el respeto como actriz.

Junto a ella, formidable el Paulino de Javier Gutiérrez, un actor de los grandes, de esos que se las saben todas y que son capaces de pasar de la comedia al drama en cuestión de segundos, resultando siempre convincentes: hay mucho más detrás del aparente payaso, y en  este personaje sobresale la capa de ternura. A los que ya le hemos visto en muchos otros papeles, no nos sorprende su personalidad desbordante, que aparece una vez más aquí, como no podía ser de otra manera.

Pero la verdadera estrella de la función es la narradora cabaretera de Marta Ribera, que apenas desaparece del espacio escénico –decir del escenario no sería del todo correcto- en las dos horas y diez que dura el show: de presencia poderosísima, canta y baila divinamente en varios estilos, robando la atención en cada aparición, y elevando a categoría de protagonista un personaje que aunque es largo es difícil, porque después de todo es prácticamente paralelo –externo- a la historia que se nos cuenta; esto es, hasta cierto punto “juega por libre”. Ribera es un animal del género musical –posiblemente la mejor artista del país en esto ahora mismo-, y aquí vuelve a demostrarlo por enésima vez: resulta difícil apartar la vista de ella, incluso cuando se retira al proscenio a observar cómo se desarrolla la historia que está contando. Insistir en que es parte de otro hit del espectáculo, cuando canta “Suspiros de España” a dúo con Inma Cuesta: de categoría.

Como digo, los cuatro hombres restantes –Javier Navares, Álvaro Morte, Javier Enguix y Pablo Raya ven reducidos sus cometidos a roles más o menos episódicos, concentrados sobre todo en la segunda parte, en los que ninguno desentona especialmente, pero casi ninguno puede hacer nada por destacar. Digo casi, porque Javier Navares sabe sin embargo sacarle todo el jugo a su papel de soldado italiano, en una gran creación de un personaje de carácter, casi bordeando el histrionismo: será breve, pero sabe hacerse notar y lo consigue. No hay reproches hacia los demás en sus breves intervenciones.

El cuarteto de músicos –son Carlos Pérez Claudio, Víctor Díaz Lobatón, Adalberto Valerio Cevasco y  Gaspar Kovacs-, situado en los dos palcos de proscenio delanteros, cumple sin estridencias; en un espectáculo que aparece limpiamente amplificado –y en un teatro tan pequeño podría haber sucedido una hecatombe…-, aunque quizá podría pedirse que solo se amplificasen las partes musicales, y no la totalidad del espectáculo como sucede aquí.

Con todo es como digo un espectáculo inteligente, dinámico, que emociona a un público que se implica –la platea llena, pero desierto el primer piso…- y que seguramente se podrá girar con facilidad por toda España, gracias a su pequeño formato. Así debería ser, porque este éxito demuestra que se pueden –y se deben- hacer musicales de una manera distinta a la que se vienen haciendo aquí. Y, por cierto, bastante más económico que cualquier otro musical que se haya visto en la cartelera española. Merece girarse o permanecer largo tiempo en cartel en Madrid, para que todo el que quiera pueda acercarse a disfrutarlo.

H. A.

Nota: 4/5

 

“¡Ay, Carmela!, el Musical, adaptación de José Luis García Sánchez de la obra teatral de José Sanchis Sinisterra. Canciones: Víctor Manuel, Pedro Guerra, Vanesa Martín, Joan Valent. Con: Inma Cuesta, Javier Gutiérrez, Marta Ribera, Javier Navares, Álvaro Morte, Javier Enguix y Pablo Raya. Músicos: Carlos Pérez Claudio, Víctor Díaz Lobatón, Adalberto Valerio Cevasco  y Gaspar Kovacs. Dirección: Andrés Lima.

Teatro Reina Victoria (Madrid), 3 de Julio de 2013

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