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‘Un Trozo Invisible de Este Mundo’, o los pájaros perdidos

mayo 13, 2013

“Amo los pájaros perdidos

que vuelven desde el más allá

a confundirse con un cielo

que nunca más podré recuperar.

Vuelven de nuevo los recuerdos

las horas jóvenes que dí

y desde el mar llega un fantasma

hecho de cosas que amé y perdí. (…)”

(“Los Pájaros Perdidos”. Mario Tejo / Astor Piazzolla)

*********************

Hay espectáculos que no se pueden explicar con palabras, que no se pueden contar en una crítica –o crónica-, porque tienen algo que trasciende todo lo narrable. Hay espectáculos que generan imprevistas reacciones en cadena. La magia del teatro. Resumamos: 100 minutos de monólogos donde se pasa de la risa al silencio más entrecortado, y que terminan con todo el teatro aplaudiendo en pie, como pocas veces se recuerda en el Teatro Rosalía Castro. Ese es, en pocas palabras el balance de Un Trozo Invisible de Este Mundo, un espectáculo que escribe y protagoniza Juan Diego Botto –junto a Astrid Jones-, y que dirige Sergio Peris-Mencheta.

Juan Diego Botto ha escrito cinco variados monólogos con el exilio, la inmigración y el desarraigo como motivos conductores. Cinco situaciones: un policía que recibe a una inmigrante en su entrada a España, un argentino que intenta comunicarse con su familia desde un locutorio, una mujer subsahariana que narra su periplo europeo en busca de una vida mejor, un desaparecido durante la dictadura argentina de los años 70 que narra sus últimos días, y un familiar de este que dejó su patria y ahora intenta encontrar su lugar, mientras compara la situación de los inmigrantes con la de los perros. Estas cinco historias –tomadas en su mayoría de testimonios y experiencias reales- construyen un crisol cultural con historias de desarraigo, inmigración y exilio; historias de recuerdos irrecuperables, de vidas truncadas y de caminos descartados que ya no pueden volver a tomarse. Personajes que, como canta el tango que da título a esta reseña, buscan pájaros perdidos de pasados felices irrecuperables. Un conjunto de historias de gran poder descriptivo y teatral, con fuerte contenido poético, que son un auténtico cóctel de emociones: con este espectáculo se pasa de la risa a la sonrisa –porque, cuando se nos cuenta una gran tragedia, siempre es mejor entrar desde la sonrisa…- y de la sonrisa al drama más espeluznante en cuestión de segundos. El público empieza riendo cómplice –riendo de un drama enfocado desde la ironía, claro- y termina sucumbiendo a relatos de una fuerza dramática escalofriante. Son muchas las virtudes de los textos de Botto: nos hablan de situaciones que podemos reconocer, aunque en principio nos puedan resultar aparentemente ajenas por la distancia; huyen de los tópicos, de lo manido y nos hablan sin tapujos, sin esconder, desde la sinceridad descarnada. Y es esta sinceridad la que hace que estos textos conecten con el público de manera instantánea: el impacto que producen se palpa en la sala –hay relatos enteros que se siguen en un silencio desgarrador, y el público, como digo, termina ovacionando en pie…- y es perfectamente comprensible.

No es de extrañar tampoco que los cinco monólogos de este espectáculo acaben de aparecer en el mercado en forma de libro –Invisibles (Editorial Espasa)-, porque constituyen una lectura que  seguramente golpee de la misma manera A esto hay que sumar que algunos de los relatos podrían beber de la propia experiencia vital de Botto, lo que los hace ser aun más impactantes. En cualquier caso, es un espectáculo de visión obligada, porque su contenido duele, golpea y llega en un momento tremendamente pertinente. Sin que ninguno baje el nivel especialmente, los mejores textos, los más logrados, tal vez sean aquellos que son más dramáticos: Mujer y Turquito, dos testimonios desgarradores que ocupan la parte central, en la que el auditorio enmudece.

Estupenda la dirección escénica que plantea el actor Sergio Peris-Mencheta, porque consigue imprimir a los cinco monólogos un fortísimo componente de variedad y teatralidad, desde un vacío escénico que deja el teatro al desnudo. Apenas un par de armarios, una mesa, y una gran cinta transportadora en el centro –por  la que circulan maletas que se van amontonando en primer término del escenario-. Sin grandes alardes, el director consigue imprimir ritmo a un montaje que, por su estructura, se podría haber convertido en una mera sucesión de lecturas. No es así, y se consigue incluso romper la cuarta pared con un público cómplice, que no solo es invitado a participar –todos los espectadores son invitados a ponerse la pegatina con el número “20-01” con el que el policía se refiere a la inmigrante del primer monólogo, como si todos fueran esa “intrusa”-, sino que está además encantado de ello: en varias ocasiones Botto dialoga abiertamente con el público, que responde sin dudar a sus peticiones, llegando incluso a provocar algún imprevisto hilarante y celebrado con aplausos.

Y resulta ciertamente sorprendente comprobar el avance del Juan Diego Botto actor –que años atrás no había convencido en absoluto con un Hamlet…-, que se hace cargo de cuatro de los cinco monólogos desplegando todo un abanico de recursos actorales, dando perfectamente los diferentes perfiles de los personajes que le tocan en suerte, y conectando ampliamente con el público, tremendamente cómplice. Este espectáculo no solo hace que veamos en él a un autor sensible y comprometido, sino que también demuestra un tremendo crecimiento como actor sobre las tablas. Pero hay que destacar ampliamente a Astrid Jones, que saca el máximo partido a su único monólogo, a sus 20 minutos de merecida gloria: el texto es posiblemente el más teatral de los cinco –ayuda la imaginativa dirección de escena-, y ella lo sirve con escalofriante rotundidad, huyendo siempre de los sentimentalismos fáciles. El resultado es sencillamente desgarrador; y además, canta estupendamente. No se le puede pedir más. Su monólogo es posiblemente el momento más teatral e impactante de todo el espectáculo; y es de lamentar que no aparezca más tiempo en escena.

Apenas alguna sugerencia para terminar de redondear un producto que tiene una fuerza indiscutible. De la misma manera que el cuarto monólogo conecta con el quinto, sería deseable que los cinco monólogos conectasen entre sí de alguna manera: se puede hacer, y este detalle le habría dado un aire circular muy pertinente al espectáculo. Además, tal vez se pueda eliminar la microfonía que se usa a lo largo del espectáculo –aunque esté bien calibrada, eso sí-.

El resultado obtenido en el Rosalía fue espectacular: todo el teatro –hasta en los pisos más altos- aplaudía en pie, tras haber seguido el desarrollo de la función con una complicidad que corta el aliento. Pocas veces sucede algo así: es perfectamente comprensible, porque lo que se ofrece no solo es un producto innovador sobre los escenarios, sino también una confrontación del público con la más incómoda –y todavía actual- de las realidades. Un espectáculo bello y comprometido, pero sobre todo muy pero que muy pertinente. No lo dejen escapar, y si no llegan a encontrarse con él, no dejen de leer los textos en el libro de reciente publicación.

H. A.

Nota: 4.5/5

 

“Un Trozo Invisible de este Mundo”, de Juan Diego Botto. Con: Juan Diego Botto y Astrid Jones. Dirección: Sergio Peris-Mencheta. TEATRO ESPAÑOL / PRODUCCIONES CRISTINA ROTA.

Teatro Rosalía de Castro (A Coruña), 10 de Mayo de 2013.

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2 comentarios leave one →
  1. mayo 13, 2013 10:05

    Siendo tres espectáculos muy distintos, lo mejor de la temporada (del Rosalía) para mí estaría entre esta función, ‘Elling’ y ‘Los Hijos se han Dormido’, quedando TODO lo demás a MUCHA distancia. ¡Feliz Semana a ti también!

  2. mayo 13, 2013 07:44

    Para mí fue lo mejor de la temporada, ¡feliz semana!

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