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‘Nuestra Señora de las Nubes’, o retazos mágicos de memoria histórica

abril 29, 2013

“El exilio comienza cuando comenzamos a matar las cosas que amamos, pero no las matamos de una vez, tal vez en años… Es como si el tiempo nos pusiera un cuchillo en las manos y con él matáramos los instantes en los cuales alguna vez fuimos dichosos; no lo hacemos con saña porque no creo que el tiempo actúe con saña sobre nuestros pobres recuerdos, lo hacemos con la misma suavidad con que estos recuerdos se hacen presencia y con la misma violencia que produce el después, el no me acuerdo, el cómo se llamaba.”

“No se preocupe. El olvido tomará posesión de nosotros porque no tenemos alma… ¿cómo se llaman las imágenes que suceden al acto de cerrar los ojos? (…) No importa, estamos ahí. En la cabeza de alguien que ha cerrado los ojos y respira con dificultad y que mueve con desesperación dos esferas debajo de la piel de sus pupilas como si observara algo que desaparece en el tiempo y no pudiera hacer nada para evitarlo.”

**********

 

A veces, en el mundo del teatro, salta la sorpresa con compañías jóvenes y de pequeño formato. Espectáculos a los que uno ha de ir casi a ciegas, pero que acaban siendo propuestas de máxima calidad. Ocurre esta vez con El Óbolo Producciones, que, con su segundo espectáculo –habían escenificado anteriormente Torvaldo Furioso, de Lucía Vilanova, que pese a la calurosa acogida de público y crítica no llegó a verse en esta ciudad- presentan una propuesta ciertamente estimulante, con Nuestra Señora de las Nubes, del argentino Arístides Vargas.

Texto complejo, por contenido y estructura, que presenta los recuerdos de dos personajes exiliados de su país, y perdidos en lo que podríamos considerar una especie de limbo de la memoria. Dos personajes que, al verse fuera de su patria, han sido despojados de todo recuerdo, y se esfuerzan por reconfigurar la memoria histórica de su pueblo, ese Nuestra Señora de las Nubes que da título a la obra. Así, mediante retazos de memoria de estos dos personajes, se van ofreciendo retazos de la historia de un pueblo que bien podría ser el emplazamiento de un relato del mejor realismo mágico, y que dan pie a la aparición de toda una pléyade de personajes que configuran una historia cronológica del pueblo, desde su misma fundación hasta el exterminio de todos sus habitantes: un padre y su hija que, en soledad, deciden concebir hijos para perpetuar el pueblo; el tonto del pueblo cuidado por su abuela, posiblemente la única que conozca el origen de la formación del pueblo; los mandatarios corruptos; unos hermanos castigadores que persiguen a las mujeres con piropos sucios; un matrimonio en crisis, con falta de sexo y comunicación porque él está obsesionado con su empleo como director de orquesta; un loco en un manicomio, visitado por su hermana; o un padre que pesca en un lago mientras habla con el fantasma de su hija, brutalmente asesinada en el pueblo, entre otros personajes. Todos ellos –ocasionalmente interconectados entre sí- ayudan a reconfigurar la memoria histórica de los dos narradores, que es también la memoria histórica de todo un pequeño pueblo caído en desgracia por la degeneración de sus habitantes, sus leyes y sus gobernantes.

Todo escrito desde una prosa compleja pero bellísima y trabajada, rica en imágenes poéticas de gran belleza e imaginación, donde resuenan ecos claros de maestros como García Márquez –resulta imposible al escuchar este texto no pensar en Cien Años de Soledad-, Cortázar o Borges. Un texto en el que la comedia, la ironía, la melancolía, el drama, el misterio y el onirismo conviven en perfecta armonía, pasándose de uno a otro en cuestión de segundos, casi sin que se puedan distinguir las fronteras. El resultado, en apenas 70 minutos, es un texto que invita al espectador a imaginar, a dejarse llevar por ese mundo imaginario, onírico y fantasmagórico que se le plantea, desde un vacío que obliga muchas veces a imaginar; cosa harto fácil dada la riqueza poético-descriptiva del texto. Una experiencia, como digo, ciertamente estimulante, que obliga a pasar por muchos estados emocionales a velocidad de relámpago, y que atrapa desde el primer momento, revelando en Arístides Vargas a un dramaturgo de grandísima categoría.

Hay que aplaudir la factura de la producción presentada por la compañía El Óbolo, porque trabajan desde la más absoluta sencillez, sin apenas elementos escénicos –dos sillas sobre una especie de campo de trigo forman toda la escenografía-, pero ello no les impide crear momentos de bella plasticidad poética, ni conseguir un montaje de gran dinamismo. Dirige, con mucha imaginación, Lino Ferreira, que ha cuidado sumamente la transición entre unos recuerdos y otros, y la conversión de los actores en distintos personajes con apenas un movimiento, y con máxima eficacia. La escena del asesinato en el manicomio, por ejemplo, está servida desde un bellísimo color fantasmagórico, con apenas una sábana. Un montaje que demuestra que cuando hay ideas, apenas se necesita nada más. Gran trabajo de iluminación de Pedro Yagüe, que sabe iluminar de forma acertadamente tenue aquellos momentos de narración que solo suceden en el recuerdo y, por lo tanto, bien podrían estar distorsionados por el recuerdo. Lo mejor del montaje, con todo, es que hace pasar al público por mil sensaciones, desde la comedia hasta el lugubrismo más pronunciado, sin apenas elementos, creando una atmósfera muy mágica.

Hay que aplaudir también el descomunal trabajo de los dos actores, que se enfrentan a varios desafíos: por una parte, dar vida a toda una pléyade de diversos personajes, sin salir del escenario en toda la función, y sin apenas moverse de sus asientos; por otra, salir con vida de un texto largo y complicado para memorizar, donde cada palabra y cada repetición tienen un sentido, con lo cual no se puede prescindir de nada. Actúan Julio Cortázar –al que se le perdonan un par de puntuales despistes con el texto, dificilísimo, sobradamente compensados por la importante creación actoral y de diferenciación psicológica, ciertamente impecable- e Inma Nieto, que aquí despliega todo su potencial dramático –a años luz de su reciente trabajo en El Principito, habiéndose presentado ambas obras en la ciudad con solo 7 días de diferencia- y se revela como una actriz versátil, sensible y comunicativa, por momentos incluso llena de verdadero magnetismo, también capaz de transitar perfectamente por todos los personajes que le tocan en suerte con total convencimiento. Da gusto ver salir airosos a ambos de este auténtico tour de force, y uno termina el espectáculo con la sensación de haber presenciado algo verdaderamente grande.

Solo un par de sugerencias que quizás podrían terminar de redondear el espectáculo, aun cuando ya es mucho más que notable: en el texto original, antes de cada “recuerdo”, el autor proporciona algunos breves apuntes para contextualizar las situaciones plenamente; no estaría de más aportar esta información al espectador –tal vez proyectándola en una pantalla-. Además, el espacio sonoro podría subrayar ocasionalmente algunos espacios en los que transcurre la acción, para terminar de situar al espectador.

Fue una verdadera pena la paupérrima asistencia de público –menos de media entrada en una sala de unas 200 butacas- en la única función programada en la ciudad. No se sabe si por falta de publicidad o por falta de “cartel”. En cualquier caso, es una lástima que un espectáculo de esta categoría tenga que salir de la ciudad por la puerta de atrás. No estaría de más que alguien se apuntase un tanto y lo reprogramase en alguna sala más grande. Merece mucho la pena. Si tienen ocasión de verla, no lo duden.

H. A.

Nota: 4/5

“Nuestra Señora de las Nubes”, de Arístides Vargas. Con: Julio Cortázar e Inma Nieto. Director: Lino Ferreira. EL ÓBOLO PRODUCCIONES.

Forum Metropolitano (A Coruña), 26 de Abril de 2013.

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3 comentarios leave one →
  1. F. Moro permalink
    septiembre 18, 2013 00:41

    Excelente crítica para una verdadera obra de arte.
    Cómo espectador la sensación es tal y cómo se describe más arriba, sólo sientes que has presenciado algo magistral.

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