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‘El Principito’, o tan esencial como invisible a los ojos

abril 23, 2013

A pesar de que se ha subido a las tablas varias veces, crear una versión escénica de un texto tan leído, estudiado y comentado como El Principito es siempre un complejo desafío que supone tomar una serie de decisiones a la hora de enfocar la adaptación. Ahora, el Teatro de la Abadía coproduce ahora con el Theater an der Ruhr alemán una nueva versión que protagoniza nada menos que José Luis Gómez, bajo la dirección del milanés Roberto Ciulli. Partiendo de estos mimbres, solo puede esperarse algo tremendamente ambicioso.

Lo más difícil de subir a las tablas esta parábola de la iniciación hacia el conocimiento del mundo exterior probablemente sea equilibrar adecuadamente la balanza entre fantasía y mensaje. A priori, parece natural jugar con lo visual para evocar el planeta del principito, como base para narrar el espectáculo. El Principito se presta a usar la videocreación, la diapositiva, la sombra chinesca… y todos aquellos elementos que cuestionen la veracidad del universo en el que vive el protagonista. El cuento.

Esta propuesta de Roberto Ciulli, sin embargo, parte de premisas mucho más complejas, algunas más acertadas que otras; aunque muchas cojeen en el desarrollo. La primera: otorgar el papel titular a un actor consagrado, y ya maduro, alejándole del joven que se supone que es, posiblemente para sugerir que el Principito no es más que el compendio de la experiencia que atesora una persona adulta. Hasta aquí, bien. Es un concepto válido, perfectamente coherente, y hasta interesante. La segunda: enfocar el espectáculo desde el minimalismo, jugando con técnicas circenses cercanas al mundo del clown. Esto despoja a la versión de toda esa magia a la que me refería antes. Apenas una lona roja, dos bicicletas y los escuetos elementos de vestuario que se van utilizando a lo largo de la función. Así las cosas, el público se enfrenta al vacío más absoluto en un relato que es todo fantasía, y debe hacer todo el trabajo con su mente: el piloto, la flor, el zorro, el rey y la serpiente aparecen en manos de una sola actriz –sin apenas cambios de caracterización-, y el relato tiene lugar en un espacio negro y vacío.

Parece que en este montaje se han tomado al pie de la letra esa cita del libro que nos ocupa, que dice que “lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve bien con el corazón”; aquí prácticamente todo queda invisible a los ojos, y es el espectador quien debe imaginar. Claro que no es fácil imaginar cualquier atisbo de magia cuando el espacio aparece tan desnudo y desangelado. Hay alguna idea interesante a la que se le podría haber sacado más partido –las pintadas con tiza-; e incluso algún momento de bella estética –la muerte del Principito a manos de la Serpiente que no es Serpiente…-, pero como concepto global no termina de funcionar. Los juegos de clown no terminan de estar todo lo claros que deberían, a veces estorban a la narración –la seducción de la Flor debería estar enfocada desde una mayor naturalidad-, y el espectáculo tiene un ritmo narrativo exasperadamente lento que no va bien ni con el vacío escénico ni con la parábola que parece querer contar Saint-Exupéry en su relato. Hay además morcillas y guiños que aparecen metidos con calzador –van desde “As Time Goes By” hasta “La Marsellesa”-, y que parecen estar completamente fuera de lugar.

Si algo se salva en este montaje es, por encima de todo, el trabajo de un José Luis Gómez que está espléndido en su enfoque de hombre de vuelta de todo: un hombre que bebe alcohol de una petaca, que transforma el miedo del personaje tal vez en melancolía por aquellas cosas que no ha podido tener en su infancia; y que deja miradas de niño-adulto antológicas, y momentos de impagable derrota emocional en el decir. Es una lástima que el montaje no termine de funcionar, porque él muestra su grandeza y tira del carro de forma espléndida: posiblemente este enfoque del personaje -muy estimulante- metido de lleno en un mundo de fantasía habría dado lugar a un espectáculo mucho más interesante. No lo tiene nada fácil Inma Nieto, que ha de desdoblarse en toda la pléyade de personajes que dialogan con el protagonista a lo largo de la obra, desde la ausencia de caracterización. Hay que ser muy buena para situar al espectador solo desde el cuerpo y el gesto, y honestamente ella no siempre lo consigue, aun cuando hay que decir en su favor que se enfrenta a una propuesta muy compleja. Sus mejores momentos, el Piloto, el Zorro y la Serpiente; estando más discreta en los demás personajes, a los que no consigue encontrar el punto exacto de expresión ni corporal –difícil, ya digo- ni de tono.

A pesar del buen trabajo de Gómez –que ha brillado recientemente en otros proyectos mejores, tanto actuando (Final de Partida) como dirigiendo (Grooming)- lo cierto es que esta propuesta no engancha, quizá porque se ha querido hacer todo tan esencial, que resulta invisible a los ojos, como en el cuento. Pero aquí, lo único que llega por momentos al corazón son las miradas y los silencios de José Luis Gómez. Y, a nivel global, no basta.

H. A.

Nota: 2 / 5

“El Principito”, versión de Roberto Ciulli del relato corto de Saint-Exupéry. Con José Luis Gómez e Inma Nieto. Dirección: Roberto Ciulli. TEATRO DE LA ABADÍA / THEATER AN DER RUHR.

Teatro Rosalía de Castro (A Coruña), 19 de Abril de 2013.

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