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‘A Cielo Abierto’, o la vida como acto de negación

marzo 18, 2013

Con gran acierto, José María Pou ha decidido recuperar –ahora en versión castellana y junto a Nathalie Poza- A Cielo Abierto, una función de David Hare que ya interpretase años atrás en versión catalana junto a otras intérpretes, pero que por lo visto no llegó a girar por España. Una función que es, ante todo, de texto y de actores; de personajes humanos y reales, y sobre la que planean interrogantes universales sobre la naturaleza de las relaciones humanas, que funcionan más allá de un contexto histórico, político o social concreto.

Tom Sergeant –acaudalado propietario de una afamada cadena de restaurantes londinense- y Kyra Hollins –la que fuera su joven amante, empleada y canguro de su hijo años atrás- se reencuentran tras largo tiempo sin verse, en el piso en el que ella vive, en la periferia de Londres y en condiciones un tanto precarias. Kyra ha decidido darlo todo por los demás, y trabaja como profesora en un colegio de alumnos de algún barrio marginal, mientras que Tom vive atormentado por la muerte de su mujer, fallecida de cáncer y en plena crisis del matrimonio, hace ya un tiempo. Golpes de efecto del teatro: el mismo día en que, casualmente, el hijo –ahora adolescente- de Tom se decide a visitar a Kyra para pedirle que ayude a salir a su padre del pozo –después de años sin verse-; casualmente Tom irrumpe también en el apartamento de Kyra, como guiado por una fuerza superior… y también después de años sin verse. Y no, no hay truco: ¡Qué casualidad! Si concedemos crédito a este golpe de efecto ciertamente improbable –que sirve para poner al espectador en antecedentes de algunos detalles, y es casi la única flaqueza del argumento-, lo que resta es una fascinante conversación entre dos personas encerradas en sí mismas, que se han hecho daño mutuamente sin quererlo, sencillamente porque son una especie de minusválidos emocionales, incapaces de ponerse por un momento en el lugar del otro.

La gran baza del texto de David Hare es que tenemos ante nosotros a dos personajes extraordinariamente humanos, con flaquezas como las de cada uno de nosotros, independientemente de su clase o de su posicionamiento social: dos seres heridos, frágiles, y profundamente dañados por su interlocutor, cada uno a su manera. Aunque son dos personalidades antagónicas, resulta imposible no comprender a ambos, no justificarles y no compadecerse de ellos. Desde la ironía –dicen que la ironía es el recurso de defensa de los débiles- hay lugar ocasional para la risa en alguna réplica, pero la conversación tiene una tensión y una verdad que atrapan desde el primer segundo. En cierto momento de la segunda parte se nos hace entender que el abismo que separa a estos personajes viene dado por sus diversas maneras de entender la vida, social y políticamente; pero creo que es algo mucho más intenso, mucho más personal lo que les separa: ellos están convencidos de que su filosofía vital es la correcta, y ante todo están profundamente dolidos por el egoísmo y el rencor del otro. Considero que la verdadera temática de esta obra –y lo que la hace interesante- aparece en preguntas como si es posible perdonar, si es posible rectificar conductas, si es posible comprender por amor a un ser que está en las antípodas de tu pensamiento, si las personas se compran y se venden -aun cuando sea por amor-, qué papel juega el sentimiento de culpa ante una acción que sabemos que es incorrecta y que daña a un ser que queremos profundamente, y si es posible reconstruir una relación sobre cimientos tan sólidos como rotos. Tom y Kira deberán responderse a todas estas preguntas para tomar una decisión sobre qué ganan o qué pierden si finalmente deciden –o no- emprender un nuevo futuro juntos. Todo esto servido sin el menor atisbo de sentimentalismo, ni golpes lacrimógenos gratuitos: una larga conversación desde la sinceridad y la crudeza de dos seres tremendamente humanos y reales; pero que, en principio y si nadie lo remedia, se niegan a ceder de sus posturas. En un momento de la función, Tom recrimina a Kyra que “toda tu puta vida es un constante acto de negación”, sin darse cuenta de que también él ha sucumbido a negarse que la vida no le gusta, y que se siente incompleto. Dos caras de la misma moneda. Dos polos opuestos que, claro, se atraen.

Hay que insistir en que la riqueza psicológica del texto de Hare permite extrapolar a estos dos personajes de sus contextos, y que nos sigan resultando cercanos. Eso es lo que mantiene la tensión, la atención del público, y lo que nos golpea duramente cuando la vemos. Hay alguna flaqueza –la improbable casualidad en la que se basa todo, el cuarto de hora en el que la discusión se centra en la temática político-social, que tiene menos gancho que cuando los personajes hablan de sí mismos; y la “moralizante” escena final, que sobra a todas luces-, pero es un drama bien escrito, actual y que toca temas que tocan la fibra sensible a cualquiera. Porque habla, ante todo, de un par de seres humanos solitarios con una tremenda y urgente necesidad de tener a alguien  a su lado, aunque, inconscientemente, hagan todo lo posible por alejar a ese alguien. La vida.

Función ante todo de actores, porque es una obra extensa –2 horas y 30 minutos-, que requiere de una pareja de auténtico fuste, sin la cual probablemente decaerá sin remedio. Afortunadamente, aquí hay dos actores espléndidos. No sorprende en absoluto que, una vez más, José María Pou realice otro espléndido trabajo sobre las tablas, y vuelva a demostrar que es uno de los actores con más carisma y personalidad del país actualmente: su Tom Sergeant tiene una presencia escénica aplastante, es rotundo, llena el escenario con solo pisarlo, pero sabe además mostrar perfectamente la debilidad del personaje tras esa fachada de hombre que, aparentemente, está de vuelta de todo. Al lado de este coloso escénico, no es fácil estar a la altura, pero Nathalie Poza lo consigue con una seguridad de grande, y confiriéndole a Kira una humanidad que se agradece mucho: su personaje es todo verdad, ella –Poza- cree en Kira, en lo que dice y hace. No actúa, es; e incluso consigue salir a bien de un flagrante despiste con el texto, al saltarse súbitamente varias líneas en un momento de la función a la que asistí –cierto es que era la segunda del día, y que la función, recién estrenada, es larguísima-. Compensa su despiste con la fuerza naturalista y humanísima que imprime a su personaje. Ha crecido mucho como actriz desde la última vez que la vi en teatro –Hammelin, 2006-, y este trabajo confirma que hay que seguirla de cerca. Hay una química evidente entre ambos, y crean momentos de emoción y tensión dramática que se agradecen mucho. A Sergi Torrecilla le ha tocado un papel breve e ingrato –el hijo de Tom, que actúa como improbable “hado madrino” de la historia-, y lo resuelve con aplomo: otra cosa es que parezca un papel casi perfectamente prescindible, pero de esto evidentemente no tiene la culpa el intérprete.

Elegantísimo montaje, con una realista escenografía de Llorenç Corbella, sugerentemente iluminada por Txema Orriols. Dirige todo el propio José María Pou –que se ha encargado también de la excelente traducción del texto-, con agilidad y gran sentido de la estética.

En resumen, notable y emocionante texto –más allá de algún dogma de fe argumental que haya que asumir, y de algún pasaje que se podría acortar, y de un desenlace que abre caminos improbables que deberían quedar cerrados- interpretado con talento, y servido con elegancia, que toca temas que interesarán a cualquier espectador.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“A Cielo Abierto” (Skylight), de David Hare. Con: José María Pou, Nathalie Poza y Sergi Torrecilla. Dirección y traducción: José María Pou. FOCUS.

Teatro Español (Madrid), 9 de Marzo de 2013. Función: 21.30h.  

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2 comentarios leave one →
  1. mayo 1, 2013 15:57

    Muchas gracias por tu comentario tan amable ;). Me alegra que te guste el sitio, y que encuentres mis opiniones interesantes.

    Un gran saludo,
    Hugo.

  2. marzo 20, 2013 12:00

    Llevo siguiéndote bastante tiempo, y me encanta tu blog. Enhorabuena por las críticas (las tres últimas obras son también las que habría ido a ver yo en Madrid estos días si tuviera ocasión). Son excelentes.

    Un saludo,
    Dani

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