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‘Cyrano de Bergerac’ u olfato y sensibilidad

diciembre 30, 2012

De tanto en tanto, siempre le apetece a uno retomar en teatro Cyrano de Bergerac, obra tan extensa como completa y variada, capaz de condensar en apenas tres horas la comedia de enredo –y capa y espada- con la más honda tragedia. Habrán pasado cinco años de mi último Cyrano en teatro (José Pedro Carrión encabezando un reparto que dirigía John Stransberg), cuando topo, de manera oportunísima, con esta intensa versión que presenta la compañía catalana LaPerla29 en Madrid.

Esta versión de Cyrano –que nació en catalán y en un espacio peculiar como es la Biblioteca Nacional de Cataluña- renace ahora en Madrid, en versión castellana, en un espacio radicalmente diferente como es la inmensidad del Teatro Valle-Inclán. Lo primero que hay que aplaudir es la capacidad del elenco para aprenderse un texto extensísimo, versificado, y en dos lenguas diferentes, así como la capacidad del director para adaptar el mismo montaje a dos espacios tan opuestos sin que se pierda ni un ápice del resultado final.

Oriol Broggi demuestra una magistral inteligencia y sensibilidad dirigiendo este montaje desde una economía de medios que resalta la poesía del texto sin que resulte nunca pobre: es más, sabe usar pocos elementos –tierra, una cortina, el balcón, objetos para sentarse…- para crear un espacio poético y sugerente, en el que las cosas fluyen con naturalidad. Firma la escenografía Max Glaenzel, en un claro ejemplo de que menos es más cuando se sabe cómo utilizar según qué cosas. Las transiciones de unos a otros espacios suceden sin que el espectador pierda comba sobre lo que está viendo, las escenas de esgrima son ciertamente trepidantes y naturales –para entendernos: no dan la sensación de coreografía-, y hay momentos donde este minimalismo ayuda: la escena del balcón, por ejemplo, aparece bajo la tenue y sugerente iluminación de Guillem Gelabert oscura como nunca antes –así debe ser, al fin y al cabo-, pero a la vez realista como pocas veces. Otro ejemplo: el comienzo de la segunda parte, con la escena de la guerra, es de una poesía difícil de igualar. Tampoco rehúye Broggi a sugerir parodia incluso en momentos de tragedia –esa monja que se santigua ante la imagen del jardinero que pasa a pecho descubierto…-. También, desde su montaje de época rigurosa –apoyado en el vestuario de Berta Riera-, Broggi se permite varias licencias atemporales: la banda sonora va desde Bach hasta la música popular catalana, y en la escena inicial –que por enésima vez rompe la cuarta pared al hacer que los actores entren por la platea- hay varias referencias a la sociedad española actual como si fueran espectadores de la función que está apunto de comenzar. Unas podrán gustar más que otras –¿por qué hacer este guiño metateatral en TODAS las producciones de cualquier formato de Cyrano-, pero lo cierto es que el resultado visual final cautiva, porque sabe ser tremendamente estético sin sobrecargar las tintas, dejando toda la importancia a la palabra, para que el espectador nunca pierda comba de lo que se escucha, cosa que se agradece, sobre todo cuando los versos de Rostand tienen la calidad que tienen, y la traducción de Xavier Bru de Sala es tan limpia y fluida.

Pero hay más, porque en el elenco –amplio, por más que la mayoría de los intérpretes estén desdoblados, e incluso triplicados- hay, ante todo, un equipo de actores y actrices que sabe decir el verso con naturalidad y sin estar encorsetados en la medida –ojo, porque esto parece una obviedad, pero no siempre es así-, cosa que es muy de agradecer para el correcto seguimiento del mensaje del texto.

Además, hay una presencia contundente en la soberbia creación que de Cyrano hace Pere Arquillué, siempre intenso y natural, y capaz de pasar en una décima des segundo de la ironía socarrona al drama más intenso siempre de manera convincente. Sabe, además, subrayar el complejo que siente Cyrano a causa de su inmensa nariz sin privarle nunca de su dignidad: reímos a menudo con él, pero nunca de él. Además, muestra una agilidad escénica envidiable. Además, emociona sinceramente con su descomunal escena de la muerte –rebosante de emoción de la de verdad, y capaz de conmover a quien suscribe hasta las lágrimas más sinceras e inesperadas-, en la que no se escucha una mosca en la sala. Hay que ser muy bueno para conseguir moverse en este abanico de emociones con naturalidad, y él lo hace. Solo su actuación –pero además también hay un montaje plagado de inteligencia- ya hace esta función de visión obligada.

El resto del elenco se sitúa a mucha distancia del protagonista, aunque trabaja las más de las veces en la línea de la honestidad. Quien más se resiente es la Roxana de Marta Bertriu, que dice bien el verso, pero aparece falta de implicación e intención dramática, así como de ese charme intrínseco que justifique que haya tres hombres bebiendo los vientos por ella –espero llegar a ver algún día una Roxana que tenga ese charme en algún montaje, porque hasta hoy no ha sido el caso…-. Bernat Quintana despacha a Cristian desde su pose de guaperas, y más convincente en sus momentos de bobería –los más-, que en los de sincera galantería –los menos-. Del amplio elenco de secundarios, todos desdoblados, sinceros, solventes y en su lugar, aportando algo positivo al espectáculo; toda vez que ha de señalarse la inesperada juventud del solvente De Guiche de Jordi Figueras, se hicieron notar con especial acierto el Ragueneau de Pau Vinyals, el LeBret de Ramón Vila y Andrea Portella en sus múltiples cometidos. Como ya apunto, puesto que todos aportaron algo positivo al espectáculo, es justo nombrar a Isaac Morera, Balbou Cham y Cecilia Valencia, que completaron el elenco con acierto en diversos cometidos.

Al final, el público ovacionó un Cyrano en el que se podrán compartir más o menos cosas, pero que es a fin de cuentas intenso, estético y sincero –estos tres adjetivos son innegables-, apoyado en un sobresaliente trabajo actoral de Arquillué. Si pueden, no dejen de acercarse, porque da gusto revisitar así un texto de esta categoría literaria.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“Cyrano de Bergerac”, de Edmond Rostand. Traducción de Xavier Bru de Sala. Con: Pere Arquillué, Marta Betriu, Bernat Quintana, Jordi Figueras, Ramón Vila, Pau Vinyals, Balbou Cham, Isaac Morera, Andrea Portella y Cecilia Valencia. Dirección: Oriol Broggi. LA PERLA 29 / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Madrid), 18 de Diciembre de 2012.

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