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‘Si Supiera Cantar, Me Salvaría: El Crítico’, o el teatro para la supervivencia

diciembre 13, 2012

Una representación de un nuevo texto de Juan Mayorga (Madrid, 1965) debería ser siempre un evento que suscitase el máximo interés en el público teatral de nuestro país. Sin embargo, inexplicablemente el Teatro Colón –en ciclo fuera de abono- no se llenó, ni mucho menos, para la única representación en A Coruña de Si Supiera Cantar, Me Salvaría: El Crítico, un espectáculo que además de contar con la garantía de un autor de la talla de Mayorga presenta sobre el escenario un mano a mano entre dos grandes artistas de probada solvencia: Juanjo Puigcorbé y Pere Ponce. Inexplicable.

Volodia, reputado crítico teatral con años de experiencia, llega a su casa y se dispone a escribir la reseña del espectáculo que acaba de presenciar. En ese momento, recibe la visita de Scarpa, el autor de la función sobre la que el primero estaba a punto de escribir. Autor y crítico se han seguido la pista desde hace años, pero nunca habían estado frente a frente y a solas. Inicialmente, parece que Scarpa –profundamente dolido por una dura crítica de Volodia a su primer espectáculo, años atrás- solo quiere sentarse pacíficamente y ver cómo el crítico escribe la reseña.  A pesar de reconocer el clamoroso éxito de Scarpa en esta nueva función, Volodia prepara rápidamente otra dura reseña que está a punto de enviar a la publicación para la que escribe. En unas horas, ha de dictarla por teléfono para que aparezca en el periódico del día siguiente… Es entonces cuando comienza una larga conversación entre crítico y autor sobre lo que representa para ellos el teatro, cómo debe concebirse, qué papel juega una crítica, qué papel juega un autor o cómo puede verse perjudicada la naturaleza de un texto teatral si no se sube a las tablas adecuadamente, entre otras cuestiones. Un mano a mano entre dos hombres solos, que aman el teatro por encima de todo, y que lo emplean como medio ya no de evasión, sino casi de supervivencia.

En este diálogo, que perfectamente podría haber sido farragoso, acierta Mayorga en varios aspectos: primero, crea dos personajes de firmes convicciones y tremendamente humanos, sin tomar nunca partido por uno sobre su contraparte; segundo, consigue trascender del mero hecho teatral para convertirlo en una experiencia vital, en algo así como la única válvula de escape de estos dos hombres. Esto nos permite no solo comprender mejor la motivación que empuja a ambos hombres hacia la defensa de sus firmes creencias, sino también compadecerlos como dos seres que, en el fondo, necesitan completar sus vidas de alguna manera, y solo pueden completarla mediante el teatro. Sea Volodia o Scarpa, cada uno tiene alguna carencia que suplir, y busca suplicarla a través del teatro. El apasionado y sincero Scarpa busca representar sobre las tablas una realidad que para Volodia es sencillamente irrepresentable. Volodia ni siquiera da a sus críticas más importancia de la que tienen… Es fascinante no solo la cantidad de frases memorables que tiene este texto sobre el sentido de la crítica y la creación, sino también la manera en que Mayorga –como autor que es- no juzga la figura del crítico duramente. Es más, por medio de Volodia parece defender la existencia de un crítico cabal, consecuente y amante del teatro: “Me pagan –mal pero me pagan- por seleccionar una obra de la cartelera, llegar casa y escribir mi opinión sobre lo visto. Pero es solo mi opinión ¿a quién le importa mi opinión? (…)”, dice Volodia como una declaración de intenciones en un momento de la función.

La prosa de Mayorga tiene esa capacidad de enganchar al espectador, de centrarle en la función y conseguir que se olvide todo lo demás, creando constantemente expectativa -verdadera o falsa- hacia lo que viene. “Mi obra trata sobre el honor, y una obra sobre el honor solo puede acabar en muerte”, repite varias veces Scarpa mientras revisa el texto de su estreno con Volodia.

Lo que empieza como un mero combate dialéctico, va derivando evidentemente hacia un thriller: obviamente la visita del autor no es casual, y ambos personajes tienen un pasado en común –en el que tiene mucho que ver la larga frase del título-. Cuando el asunto deriva hacia el terreno del thriller -y realidad y ficción amenazan con cruzarse peligrosamente de manera constante-, aparecen algunos elementos y temas que se han visto anteriormente en Mayorga: desde la imagen de la mujer que camina descalza por la hierba –imagen relevante ya en El Chico de la Última Fila, por ejemplo-, a la importancia de la enseñanza, y la transmisión de conocimiento entre discípulos y maestros, y de tener un modelo a seguir -que es la base también de aquella obra-. A fin de cuentas, Scarpa y Volodia no son más que dos seres de algún modo complementarios, que se ven reflejados en el otro.

Si algo se le puede reprochar a este texto es la excesiva rapidez con la que toma el –por otra parte interesante- giro del thriller, introducido y planteado de forma bastante precipitada, y, en mi opinión, falto de un mayor desarrollo. Uno se queda con las ganas de saber más sobre la figura femenina que une a ambos hombres, y, particularmente, sobre cómo haya podido influir en el pasado y el presente de Volodia. Sobre otras incógnitas, sin embargo -¿es real el relato final de Scarpa?-, será el espectador quién decida. El poético final –bastante abierto, como ocurre casi siempre con las obras de Mayorga- no está mal planteado, e invita al espectador inteligente a seguir haciéndose preguntas una vez que ha salido del teatro; pero, personalmente, sí que me habría gustado un mayor desarrollo de esta trama aparentemente secundaria. Se podría hacer, puesto que no es una función excesivamente larga.

Consciente de la importancia del texto –a menudo más fuerte que la de la propia acción-el montaje de Juan José Afonso deja todo el peso a la palabra, pero no renuncia a dibujar una atmósfera oscura, tenebrosa, y por momentos hasta onírica, que a veces permite sembrar la duda sobre dónde acaba la realidad y empieza la ficción. Sencilla pero sugerente escenografía de Elisa Sanz, muy bien iluminada por Carlos Alzueta, y apoyada en las puntuales pero útiles proyecciones de Patxi Calvet. De fondo, como no podía ser de otra manera con un texto reflexivo, Johann Sebastian Bach.

Pero este es, ante todo, un texto de actores. Y ambos lo defienden estupendamente, midiendo los tiempos, y marcando adecuadamente la tensión dramática. El mejor, el Volodia de Juanjo Puigcorbé, en un afortunadísimo regreso al teatro: descolla por presencia elegante e imponente; y por su saber estar, con elegancia hasta para perder los nervios. No se sabe bien si por una afección pasajera, o quizá para resaltar la vulnerabilidad de Scarpa ante el crítico, Pere Ponce (Scarpa), comienza con una voz un tanto rasgada, a la que hay que acostumbrarse. A cambio, construye estupendamente un personaje que se va creciendo, desde la desesperación inicial, hasta que consigue poco a poco ir tomando las riendas de la situación. Acaba funcionando bien, pero es necesario que el espectador se tome un tiempo. Así y todo, saltan chispas entre ambos, y la química es más que evidente, y esta es otra de las bazas del espectáculo.

En resumen: este es, sin duda, un texto para saborear, que quizás convendría releer con calma después de la función -suerte que la editorial Ñaque está publicando gran parte de la obra de Mayorga-, puesto que, durante la mayoría del espectáculo, parece mucho más importante lo que se dice que lo que realmente pasa. A pesar de lo elegante de la puesta en escena, pocos detalles se perderían si se ofreciese una –buena, claro- lectura dramatizada, aunque la inteligencia de Mayorga como autor queda una vez más probada.

H. A.

Nota: 4 / 5

“Si Supiera Cantar, Me Salvaría: El Crítico”, de Juan Mayorga. Con: Juanjo Puigcorbé y Pere Ponce. Dirección: Juan José Afonso. IRAYA PRODUCCIONES / NEARCO PRODUCCIONES.

Teatro Colón (A Coruña), 2 de Diciembre de 2012.

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