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‘El Montaplatos’, o una indigestión pinteriana

noviembre 5, 2012

Nunca es fácil montar bien las obras de Harold Pinter, un autor con un estilo personalísimo que entraña unas complejidades que no siempre se transmiten al público con toda la fuerza que se debería. Por la razón que sea, en los últimos años se han visto en España –particularmente en Madrid- varias puestas muy estimulantes de textos de Pinter, desde Regreso al Hogar hasta Celebración, pasando por Traición o Viejos Tiempos. Lo cierto es que  ahora llega El Montaplatos, en una versión de la prolífica compañía Animalario que no termina de cuajar.

Hubo un tiempo en que Animalario comenzó a situarse a la vanguardia de la escena española, con espectáculos escritos expresamente por o para ellos –Alejandro y Ana…, Hamelin, Urtain…-, o con libérrimas y audaces adaptaciones de textos clásicos –Marat-Sade, Argelino, servidor de dos amos-. Montajes que, de alguna manera, marcaron hitos en la escena española reciente, y en los que la compañía se mantenía fiel a unas estéticas y unas maneras de trabajar que eran marca indiscutible de la casa. Unos montajes arriesgados, de ritmo trepidante en los que cualquier cosa podía suceder, y servidos por algunos de los mejores actores de la actualidad; montajes que podrían gustar más o menos, pero que al menos nunca dejaban indiferente. Pero, de un tiempo a esta parte, pareciera que la fórmula mágica comenzase a oxidarse… Hay en sus últimos montajes –los Tito Andrónico, Penumbra etc.- una cierta sensación de  Déjà vu  que resta algo de interés al resultado final.

El teatro de Pinter, tan íntimo, tan pausado, es en principio ajeno al espíritu rebelde de la compañía. Y quizá sea esta una de las principales causas por las que este montaje no termina de despegar. Los diálogos de Pinter son a menudo enigmáticos, incluso hasta aparentemente inconexos, y a menudo lo que no se dice, las miradas, los silencios y lo que hay por debajo de los personajes cobran una importancia mayor que los diálogos en sí mismos. Hay siempre en Pinter una cierta ironía, pero rara vez llega a la comedia de brocha gorda. En este sentido, saber medir bien los tiempos y el tono de los diálogos es fundamental para garantizar el buen resultado final.

El Montaplatos es una obra enigmática, que podría –debería- leerse como una suerte de parábola sobre la dominación, sobre la dicotomía oprimido/opresor y sobre la lucha por la supervivencia. Detrás de los diálogos de Gus y Ben –herederos claros de los Vladimir y Estragón del Esperando a Godot de Beckett-, habría que saber sugerir algo más que una aparente comedia de chistes fáciles: esto es un thriller, donde la tensión debería palparse detrás de estos diálogos que, aparentemente, relajan esta tensión, que es casi un personaje más.

Poco de esto hay en el montaje de Animalario, que apuesta por una estética muy suya, muy tenebrosa –en el escenario, cubierto con bolsas de basura, solo hay dos camastros, y una luz que sugiere el montaplatos del título; concisa escenografía de Beatriz San Juan que recuerda a otros montajes de la compañía, y que más bien debería denominarse “elementos escénicos”-. La traducción de Alberto San Juan es directa, desenfadada y fresca; pero ha optado por introducir mil y una morcillas locales –que si Coruña, que si el Deportivo, que si la Tarta de Santiago…- que podrán provocar la carcajada fácil de algún espectador, pero parecen estar lejos de lo que buscaba Pinter. En esta línea, y quizás buscando acercar al público un texto difícil, la dirección de Andrés Lima parece querer enfatizar la comedia, dejando en segundo plano la turbiedad de la situación –aquí solo sugerida por lo poco acogedor del lugar-, y pasando por alto ciertos arrebatos de violencia que podrían y deberían estar más marcados para señalar la situación de opresión y lucha por la supervivencia que parecen atravesar estos personajes. Y, más allá del largo silencio inicial, tampoco ha hecho especial uso de esos silencios tan fundamentales en cualquier Pinter: aquí los diálogos se sirven a velocidad de crucero –entiéndaseme, a velocidad de crucero para ser un Pinter, claro- las más de las veces, llegando incluso a atropellarse. Es un camino, no cabe duda, pero no parece el más pinteriano posible. Un ritmo más pausado y más marcado habría permitido al público digerir el texto para interrogarse acerca de la naturaleza de lo que se está viendo. Buena parte de la esencia del teatro pinteriano está en esa capacidad de interrogación, algo a lo que no siempre invita este montaje. Hay una escena fundamental hacia la mitad del espectáculo, que ayudará a responder muchos de los interrogantes hacia el final: aquí, la han dejado pasar como una más, en vez de subrayarla de alguna manera, para darle al público las claves que pide al final –que las hay, como en todo-. Sus razones tendrá Lima para haberlo hecho así, pero lo cierto e es que es uno de los montajes menos logrados que le haya visto… – y tiene en su haber varios montajes brillantes-. Aquí, parece haber querido suavizar el espíritu de Pinter, para acercarlo al gran público de alguna manera, haciéndolo de algún modo “digerible”, y lo que consigue, sin embargo, es generar una incógnita aún más grande de la que ya hay de por sí.

Dicho lo cual, habría que reseñar que por la esencialidad de la escena, y las características de texto y autor, este parece un espectáculo para un espacio pequeño, en el que el público pueda respirar con los actores –así se hizo por ejemplo en Madrid-. Un teatro a la italiana crea una barrera importante que puede ser mortal en este tipo de texto, y que es difícil para los actores traspasar. Esta vez son Guillermo Toledo y Jesús Barranco –la enésima cancelación en provincias gallegas de Alberto San Juan, que fue quien estrenó este montaje en Madrid, y van ya…-. Si bien los dos están anclados en la estética de comedia de la propuesta, es el Ben de Barranco el que más se acerca a lo que debería ser este personaje –un punto más de agresividad no sobraría-. Toledo, sin embargo, construye un Gus excesivamente bonachón, que peca de ser un personaje más de Guillermo Toledo como los hace siempre: parece, sencillamente, Guillermo Toledo haciendo de sí mismo, y con una vocalización a veces complicada. El montaje no ha incidido especialmente en la tensión que debería de haber entre los dos personajes –un elemento que para mí es fundamental en esta obra-, y ambos actores tampoco hacer nada por marcar esta tensión, y se mueven en un registro más propio de una sitcom que del existencialismo pinteriano.

Bastantes deserciones durante la obra –aunque dure 80 minutos-, y aplausos tibios al final de un público que –como sucede casi siempre con Pinter- no escondía un cierto desconcierto ante lo que acababa de presenciar. Porque en Pinter hay que saber, ante todo, guiar al público adecuadamente, e irle dando las claves que conduzcan a la reflexión del desenlace, cosa que no sucede en esta fallida propuesta de Animalario. Esperemos que pronto vuelvan a deslumbrarnos como antes.

H. A.

Nota: 2/5

“El Montaplatos”, de Harold Pinter. Con: Jesús Barranco y Guillermo Toledo. Dirección: Andrés Lima. ANIMALARIO. 

Teatro Rosalía de Castro, A Coruña. 2 de Noviembre de 2012.

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One Comment leave one →
  1. Maria permalink
    noviembre 15, 2012 21:25

    Ufff….Me lo pones muy dificil porque tengo una devilidad con Animalario y en especial con Willi Toledo…. Demasiado critico, si que es cierto que es un autor dificil, pero no puedo ser critica…no puedo….a mi es que me gusto….

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