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‘De Ratones y Hombres’, o el poder de emocionar

septiembre 28, 2012

Algún apunte previo sobre la novela

Si la novela corta Of Mice and Men (1937), de John Steinbeck, tiene una virtud, seguramente sea la capacidad de conectar con el lector y conmoverle profundamente a través de la emoción que desprende como historia de personajes. Porque aunque apenas ocurre nada –podríamos resumir la trama en apenas 4 líneas-, Steinbeck ha colocado a un grupo de outsiders –que siempre funcionan muy bien a la hora de crear empatía- a pasarlas putas mientras intentan comunicarse y relacionarse entre sí, en general con más pena que gloria. Si al nutrido grupo le añadimos un discapacitado mental como personaje central –que ya sabemos que esas cosas conmueven mucho-, tenemos el drama perfectamente montado. Y, sin embargo, lo cierto es que la fórmula le funciona a Steinbeck posiblemente por el mimo y el respeto con que están tratados todos los personajes. Bueno, o casi. Porque en medio de esta historia que está concebida como un cuento para adultos (“Había una vez dos amigos pobres pero honrados que huían de su pasado, buscaban una vida mejor y fueron a parar a una granjita pero…”) tenemos a la Mujer de Curley, la macizorra del vestido rojo –rojo pasión, rojo sangre, rojo lo que quieran…- que acabará jugando un papel determinante y a la que el propio Steinbeck trató como uno de tantos símbolos que hay presentes en esta historia. El resultado es que esta Mujer –privada de nombre, y por tanto también de identidad- acaba pareciendo una caricatura, con sus cambios de registro casi propios de telenovela de sobremesa –ahora soy una furcia, ahora me humanizo, ahora vuelvo a ser una furcia, ahora que salgo huyendo para empezar una nueva vida me voy a quedar un rato hablando con el retrasado fortachón… y, claro, después pasa lo que pasa-.

A pesar de todo, lo cierto es que esta historia sigue teniendo la capacidad de emocionar y golpear a quien llega a ella, incluso cuando ya se conoce el terrible final de antemano. Fíjense si ha dado juego, que se ha adaptado al cine (la versión más recordada quizá sea la que dirigió y protagonizó Gary Sinise junto a John Malkovich en 1992), a la ópera (compuesta por Carlisle Floyd en 1970) y varias veces al teatro. Y lo cierto es que más allá de su ritmo lento y de una “simbología” que por momentos es de parvulario –llamar Crooks a un personaje que tiene la espalda deslomada sobrepasa los límites de la obviedad-, en ninguna de sus vertientes esa capacidad de conmocionar al público. Incluso a aquellos que vemos ciertas incoherencias y debilidades en su planteamiento.

Sobre la función

Ahora se presenta en España una nueva versión teatral, firmada por Miguel del Arco y Juan Caño Arecha, dos adaptadores de probado éxito en la escena teatral española que han apostado por servir a Steinbeck con humildad, respetando fielmente en líneas generales la estructura de la novela. Esto hace que la versión herede las virtudes que convierten esta historia en algo sumamente emocionante, pero también que mantenga algunas de las debilidades que presenta la historia de Steinbeck. En lo bueno: se ha cuidado muchísimo la psicología de los personajes, intentando hacerles parecer de carne y hueso y aportándoles una dignidad que es fundamental para conseguir la conmoción del público. Se consigue, no hay duda, porque la función está muy bien escrita, apuesta por resaltar esa humanidad personal que es la clave de todo, y la sirve un elenco brillante e implicado. En lo menos bueno: lo escaso de la acción hace la función algo lenta por momentos, sobre todo hacia la primera mitad. A cambio, cuando la cosa finalmente arranca te coge y ya no te suelta. Quizá sería aconsejable aligerar alguna de las escenas iniciales, aún a riesgo de pasar de puntillas sobre algunas cosas que quiso contar Steinbeck. Y, por supuesto, la Mujer de Curley sigue pareciendo un carácter plano y psicológicamente indefinido –pero, a decir verdad, me cuesta pensar cómo conseguir que esto no sea así si se quiere ser fiel a Steinbeck: quizá se podría recortar puntualmente su escena final con Lennie, porque creo que con hacernos una idea breve de sus aspiraciones como ser humano es más que suficiente; parte de este minutaje podría haberse empleado, por ejemplo, en mostrar la escena de las alucinaciones de Lennie con su tía Clara y el conejo parlante, que no aparece en esta versión-. Pero de estas flaquezas no tienen la culpa los adaptadores, sino el original en sí mismo.

Dicho todo esto, lo que se ve en el escenario tiene una calidad altísima. Primero porque el montaje –que firma el propio Miguel del Arco– acierta al jugar con una plástica muy inteligente: no voy a revelar el recurso usado para los cambios escénicos, pero es francamente brillante, por original y por lo que sugiere. Se apoya en un espacio escénico conciso pero sugerente –Eduardo Moreno-, que posiblemente encuentre su mejor momento en la escena en la cabaña de Crooks, y en la iluminación de Juanjo Llorens, que sumerge el espacio en las tinieblas más absolutas y aporta un aire de irrealidad a cuanto se ve: si queremos leer la obra como un cuento para adultos con final trágico, es una opción muy interesante. Otra de las virtudes del montaje de Miguel del Arco es la soberbia dirección de actores, buscando aportar a todos los personajes un perfil definido y bien trazado. Mueve con igual brillantez las escenas de masas –la pelea, por ejemplo, parece una pelea, y no una coreografía de hombres que simulan pegarse, como pasa tantas veces en el teatro- y las más íntimas -¡cómo fluye la emoción en la escena de la cabaña entre Lennie y Crooks, por ejemplo!-. De sobra sabía que los personajes que presenta Del Arco en sus espectáculos siempre están vivos, pero creo que nunca había visto tantos personajes tan vivos en un mismo espectáculo. Enhorabuena, porque en esta búsqueda de la emoción desde la realidad radica el triunfo del espectáculo.

Espléndido el elenco actoral, cuidado al detalle hasta en el último de los secundarios. Hay que destacar sobre todo la descomunal creación que hace de Lennie un Roberto Álamo que, sinceramente, no terminó de convencerme el año pasado como Stanley en Un Tranvía Llamado Deseo, pero que aquí está soberbio, enorme: consigue colocar el retraso mental de Lennie en el punto justo para hacerlo creíble sin generar lástima ni caer en histrionismos que hubieran afeado el resultado final, y le confiere una dignidad y una humanidad que son impagables, moviéndose con igual acierto tanto por los momentos más tiernos como por los puntuales arrebatos de violencia. La vocalización –la de todo el elenco, pero particularmente la suya, porque viene dificultada por el retraso de su personaje- es perfecta. Sencillamente, lo clava. Su escena con Crooks en la cabaña es de una belleza plástica y verbal difícilmente superable, como lo son sus escenas en solitario con un Fernando Cayo (George) que, lejos de amilanarse ante la brillantez de su compañero,  construye el perfecto contrapunto y asume muy bien su rol de “líder de la manada”, buscando también contar su personaje desde la humanidad más profunda, incluso cuando debe imponerse en un arrebato de ira. Además, ha impregnado su relación con Lennie de una naturalidad que es clave para dar veracidad no solo al personaje, sino a toda la historia en sí misma. Podrá parecer erróneamente que su trabajo es menos complicado que el de Álamo a priori, pero el mero hecho de brillar al lado de un compañero tan sensacional da una idea de su espléndida labor en este montaje.

Hay muchos secundarios, y habría que destacar el buen trabajo de todos. El Candy de Antonio Canal destaca por la luminosidad que aporta al personaje. Emilio Buale (Crooks) consigue elevar un personaje secundario a la categoría de protagonista: no solo porque tenga una de las frases más hermosas de todo el texto, sino porque en su escena en la cabaña con Roberto Álamo –por texto, interpretación y estética, diría que es el mejor momento del montaje- la emoción se desborda, y hay un punto de inflexión clarísimo en el montaje desde este momento. Eso solo se consigue cuando hay un grande frente a otro grande. Además, hay un trabajo físico estupendo. Josean Bengotxea (Slim), Eduardo Velasco (Carlson) y Alberto Iglesias (Whit), aportan también humanidad a la cuadrilla de trabajadores, mientras que Diego Toucedo (Curley) no renuncia a colocar a su personaje a medio camino entre la violencia y la parodia del marido calzonazos. Rafael Martín cumple como el Patrón en sus breves intervenciones.

Irene Escolar aparece en escena bailando en puntas –muy bien, por cierto-, pero en esta historia le ha tocado bailar con la más fea, porque la Mujer de Curley es un personaje que está escrito como está escrito –la culpa de esto la tiene Steinbeck-, y ha de hacer las cosas que la historia le marca: no debe ser fácil pelear con esa indefinición, menos aún cuando su propio físico la obliga a llevarse el personaje a su terreno y convertir a esa femme fatale en lo que, en una obra que se titula De Ratones y Hombres, sería claramente una Ratita Presumida. No le queda otra, y es lo que hace, lo cual denota bastante inteligencia interpretativa por su parte, en uno de esos casos en los que hay decididamente más actriz que personaje. No está mal en su encuentro final con Lennie: lástima que las cosas que debe decir sean tan vacuas, porque ya ha demostrado en otros montajes que brilla cuando los papeles la dejan –Días Mejores, Oleanna, Agosto…-. Si aquí no termina de hacerlo no es culpa suya ni del director, sino como digo del propio texto de Steinbeck y de la psicología imposible de su personaje.

Pero estamos, a pesar de todo, estamos ante un espectáculo bien planteado, bien realizado y ciertamente emocionante. Si al final el teatro no estalla en ovaciones, probablemente sea por el mal cuerpo que se le queda a uno ante el tremendo drama que acaba de presenciar.

H. A.

 

Nota: 4/5

“De Ratones y Hombres”, de John Steinbeck. Versión de Miguel del Arco y Juan Caño Arecha. Con: Roberto Álamo, Fernando Cayo, Antonio Canal, Irene Escolar, Josean Bengotxea, Emilio Buale, Diego Toucedo, Eduardo Velasco, Alberto Iglesias y Rafael Martín. Dirección: Miguel del Arco. CONCHA BUSTO PRODUCCIONES / KAMIKAZE PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía Castro, 21 de Septiembre de 2012.

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2 comentarios leave one →
  1. septiembre 29, 2012 11:58

    Hai unha cousa que non entendo do blog. E é que cando un espectáculo é en galego, isto sulíñase xa no comezo dos artigos co “espectáculo en lengua gallega”. Só este tipo de espectáculos teñen apelido idiomático. Polo que eu levo visto, vaia, que tampouco o vin todo. Unha aperta

    • septiembre 29, 2012 16:37

      Ola Avelino,
      Isto que suliñas responde básicamente a unha dupla necesidade: primeiro, dar unha certa uniformidade lingüística ao blog, e segundo, decidir a que target vou dirixirme. Á hora de decirme por unha das dúas linguas oficiais da Galiza para expresarme no blog, optei polo castelán polo mero feito de que así podo chegar a un target que penso eu que é máis amplo que si só o fixese en galego, pero ao tempo perfectamente consultable TAMÉN para o público galegofalante. Ademáis, tendo en conta que xa existe un espazo adicado exclusivamente ao teatro nesta lingua (o blog da compañeira Carla Capeáns, que estou seguro que coñeces), considero que facer o meu en castelán é dalgunha maneira un complemento na rede ao traballo que está a desempeñar ela no seu espazo.
      Dito isto,o feito de indicar os espectáculos en lingua galega, está pensado a modo de aclaración, posto que o blog en sí mesmo está escrito en castelán. Se chegado o momento comentase un espectáculo en lingua catalana, italiana ou inglesa, tamén pareceríame pertinente facer dita observación. Lástima que o número de espectáculos foráneos que chegan a Galiza cóntanse cos dedos dunha man (e posibelmente sobren dous ou tres…)
      Pero o último que quero cando rotulo estes espectáculos é entrar en polémicas lingüísticas que nin levan a ningures nin son centrais para o feito teatral. Creo que a lingua na que estea escrita unha función non é o importante, o importante é o feito teatral en sí mesmo.

      Otra aperta,
      Hugo Álvarez

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