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‘Sonrisas y Lágrimas’, o de la ingenuidad y otros peligros

agosto 7, 2012

Montar musical en España, por la razón que sea, casi siempre crea conflictos de algún tipo. Y quizás montar The Sound of Music tiene un conflicto añadido, puesto que todos tenemos en la cabeza el musical original de Richard Rodgers (1959) a través de la multipremiada película de Robert Wise (1965). Quien más quien menos habrá visualizado la película al menos cinco veces, tendrá la banda sonora perfectamente grabada en su cabeza; e incluso habrá podido ver alguna producción del musical en el extranjero (sin ir más lejos, Emilio Sagi ofreció su versión personalísima en París el año pasado; y Leslie Garrett hizo una aparición estelar como la Madre Abadesa hace pocos años en Londres). Dicho de otra manera: todos tenemos una idea preconcebida de lo que esperamos ver cuando nos enfrentamos a este espectáculo, y esto implica una serie de riesgos difíciles de superar.

Jaime Azpilicueta aconseja en sus notas al programa –mejor dicho, en sus notas en la web, porque aquí por programa no hubo más que un escueto díptico- “dejarse llevar por la ingenuidad” de la historia. Sinceramente, creo que tomarse a la ligera o de manera excesiva la ingenuidad que hay en este musical –exquisitamente plasmada en varios números de la partitura- puede ser peligroso; más aún si tenemos en cuenta que detrás de esta aparente ingenuidad, hay un foco de oscuridad que acaba saliendo a la luz con fuerza, y el final es, de alguna manera incierto –aunque podamos completarlo con los datos reales de la familia Trapp-. Por todo esto, siempre he dudado de hasta qué punto The Sound of Music es un musical verdaderamente infantil, y las caras de extrañeza de varios pequeños del público ante los últimos giros finales no hacen sino confirmar mi hipótesis. Y no creo que la historia sea para nada ingenua: la música se basta por sí sola para sugerir esta ingenuidad, y creo que una propuesta escénica no debería acentuarla mucho más.

La producción que presenta Azpilicueta –que supongo que vendrá previamente pactada con quien tenga los derechos del musical- es, para empezar, de pequeño formato a nivel escenográfico. No me malinterpreten: hay cambios escenográficos para dar y tomar, con paneles que giran, suben y bajan, y escaleras que se mueven solas, como está mandado en estas producciones; pero las escenografías de Ricardo Sánchez Cuerda parecen pensadas para un espacio más grande que el Palacio de la Ópera, y a poder ser para un teatro a la italiana: en un espacio tan grande como este, les sobra escenario, y quedan alejadas del público. Además –cosa que no pasa en otros montajes de Azpilicueta-, de tanto en tanto, a estas escenografías de una ingenuidad que quiero pensar que es premeditada se les ve peligrosamente el plumero: hay demasiado telón pintado reutilizado y cualquier lujo excesivo -atención, por ejemplo, a lo escasita que ha quedado la escalinata de la mansión Von Trapp…-  no aparece. Supongo que serán requisitos para poder girar una maquinaria sencilla, pero en ocasiones deberían haberse resuelto mejor. Hay, sin embargo, una escena muy bien resuelta: la que enlaza la retención de los Trapp con su posterior actuación en el Festival: sin que dejen de cantar, la casa se diluye, y una gigantesca cruz gamada domina el escenario. No hace falta más: una escena tan sencilla como funcional. Bien el vestuario de Gabriela Salaverri, e insuficiente por momentos –las escenas en el convento quedan excesivamente oscuras- la iluminación de Carlos Torrijos.

La dirección de actores de Azpilicueta peca de ingenuidad en exceso. Todos los personajes –unos más que otros- están empujados hacia la ñoñería dulzona cuando, bajo mi punto de vista, no siempre procede. No se justifica, por ejemplo, ni la pluma del tío Max; ni el intento de convertir a la Baronesa –que siempre debería mantener un status y una dignidad- en un personaje ocasionalmente paródico. Por no hablar de los niños, donde se ha cometido el mayor error: aún cuando los más pequeños estén bien, lo cierto es que los de mayor edad –Liesl, la mayor, tiene 16, y de ahí para abajo…- se han encomendado a actores y actrices de edades excesivamente adultas, con peligrosos resultados de vestuario e intenciones.

El elenco –perjudicado por una amplificación que no ayuda nada en un recinto grande y con una acústica como esta…- no deja de ser honesto, con una Silvia Luchetti que procura no imitar a Julie Andrews –y hace bien-, y canta con suma honestidad; aún cuando estilísticamente parezca querer imitar a cierta cantante española muy dada a los musicales, con sus pros –el timbre, potente y de grato color- y sus contras –algunas notas se quedan ocasionalmente atrás-. Escénicamente compone una María a veces más niña de lo que debiera, contagiada seguramente por el espíritu de ingenuidad del montaje. Carlos J. Benito hace un Von Trapp a veces excesivamente amable: todo el tiempo se ve más a la persona que al héroe de guerra, y canta con corrección sus pocas líneas. Me queda la curiosidad, eso sí, de saber qué hará Carlos Hipólito, que, debido a la prórroga de Follies en Madrid, se ha perdido la gira nacional y incorporará finalmente al montaje el próximo 27 de Septiembre en Madrid. Así las cosas, la Madre Abadesa de Noemí Mazoy ha sido la sensación indudable del show: el buen instrumento, la musicalidad superior a otros compañeros de reparto, y la técnica no se le pueden negar; pero la encontré algo reservona en la segunda función del domingo. No sé si por intentar controlar su torrente de voz contra la amplificación, por el hecho de ser la segunda función del día, o incluso por el hecho de ser la última de siete funciones en cuatro días –hasta donde sé, fue además cover de María en algunas funciones-, pero me quedo con la sensación de que, habiendo estado bien, aún puede dar mucho más de sí.

La incombustible Loreto Valverde –creo que en plazo de año y medio he visto a toda la saga familiar Valverde en musicales diversos-casa bien física y actoralmente con este perfil machorro y bufonesco de la Baronesa, pero ya he dicho que es un perfil que yo personalmente no comparto; y Jorge Lucas pelea como puede con el personaje que ha quedado más desfigurado de toda la versión, el del tío Max. Posiblemente no sea su culpa.

Cualquiera que haya visto la película se habrá dado cuenta de que los siete niños von Trapp –digamos las Ricuritas del Danubio- son cualquier cosa menos tontos. En esta propuesta, sin embargo, se ha buscado un azucaramiento excesivo del que unos salen mejor parados que otros. Hay que destacar muy positivamente a la Liesl de Yolanda García –por voz, baile e intenciones es una de las mejores artistas sobre el escenario de todo el musical-, que sabe dosificar la barrera entre su edad y la edad de su personaje. Aparece bien ensamblado a ella –sin que la voz sea ninguna maravilla-, el Rolf de Paris Martín, con quien comparte uno de los números más gloriosos de toda la obra“16 going on 17”. Por cierto, esta es otra versión –y van…- que deja pasar de largo toda la ironía sarcástica que contiene esta canción. Al final, habrá que volver siempre a la magistral parodia -¿parodia?- que hizo en su día Dame Judi Dench.

También los pequeños –locales- aparecen muy preparados: el Kurt de Álvaro Rivero se come el escenario, se lo pasa en grande y se nota; y la minúscula Gretel de Daniela Lumbreras sabe sobreponerse a un notorio descuadre al final de “So Long, Farewell” con una templanza impropia de su edad, y dejar en anécdota lo que podría haber sido una catástrofe. En absoluto es su culpa –la discutible posición de la orquesta tampoco la ayudaba…-, e hizo mucho más de lo que muchos otros habrían sido capaces de hacer. Aplauso grande. La Louisa de Marta Ibáñez sabe estar bien en el segundo plano que pide el personaje; y María Osuna (Brigitta) y Jorge Galaz (Friederich) sufren porque están muy forzados; básicamente por una cuestión de excesiva edad para sus personajes. Quiero suponer que no es su culpa, y que se limitan a hacer lo que les han marcado como se lo han marcado. Todo el elenco juvenil cumple con suficiencia –y mayor o menor brillantez según el caso- en términos vocales.

Se nota que hay una actriz de teatro de amplia trayectoria como Trinidad Iglesias haciéndose cargo del ama de llaves, Frau Schamidt, porque consigue una sólida creación personal en una parte breve pero importante. Correctos los demás secundarios.

Por “motivos de producción”, lo crean o no la orquesta –muy amplificada, claro- tocó en “una sala contigua (¡) al escenario. Sencillamente, yo nunca he visto nada mínimamente semejante en ningún espectáculo musical de ninguna clase. Les diré que, según he podido saber, en otras localidades de la gira la orquesta sí tocó en el foso; y que ni la orquesta de este musical es grande ni el foso de este teatro –hoy cerrado, claro…- pequeño, sino más bien todo lo contrario. Ante la falta de una explicación lógica, y por más que personalmente me cueste; habrá que hacer dogma de fe sobre que esta sea la mejor solución posible (?!), y justificar por esto algún lógico descuadre entre orquesta y las voces.

 

El espectáculo, con sus nubes y sus claros, se deja ver, y lo cierto es que la mayoría del público tiende a responder –aunque algunos pequeños se pierdan hacia el final y podamos escuchar cosas como: “¿Mamá, y por qué se tienen que escapar?”-; pero no se me quita de la cabeza que, en materia de musicales, en España aún hay –sigue habiendo…- mucho, pero mucho trabajo por hacer. Pocas producciones locales –y, no nos engañemos, tampoco esta- resisten la mínima comparación con producciones del extranjero. Por la razón que sea, en otros géneros no sucede esto.

Solo un apunte final: precios muy altos –más que en otros espectáculos de esta índole que han dado mejor resultado…- en la friolera de siete funciones, con más o menos media entrada –parece que a veces incluso menos- en cada una. Con la mitad de sesiones, habría entrado todo el público.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

“Sonrisas y Lágrimas”, de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein. Con: Silvia Luchetti, Carlos J. Benito, Noemí Mazoy, Jorge Lucas, Loreto Valverde, Yolanda García, Jorge Galaz, Marta Ibáñez, María Osuna, Álvaro Rivero, Carolina Lumbreras, Daniela Lumbreras, Paris Martín, Trinidad Iglesias, David Castedo, Ángels Jiménez, Amparo Salazar, Lourdes Zamalloa, Ángel Padilla, Carlos Soriano, Antonio M.M. y otr@s. Dirección: Jaime Azpilicueta.

Palacio de la Ópera de A Coruña, 29 de Julio de 2012 (función 20.30)

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