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‘Viejos Tiempos’, o el peligro de volverse vulnerable

junio 30, 2012

Montar cualquier texto de Harold Pinter (1930-2008) es siempre un desafío inmenso para teatro, compañía y público. En la presente temporada, el Teatro Español puede apuntarse el tanto de haber montado no uno, sino dos, en ese interesantísimo espacio que es la Sala Pequeña. Si hace unos meses llegaba Traición; ahora un reparto mediático de campanillas –pero de los que, además de ser famosos, saben actuar en teatro- interpreta en una sala de apenas 150 butacas Viejos Tiempos.

Dos obras que, indiscutiblemente, tienen varios puntos comunes: ambas hablan –de diversa forma- de conflictos de pareja; y ambas presentan tres personajes: una pareja y un personaje intruso que viene a tambalear su tranquilidad.

La presente historia nos presenta a un matrimonio aparentemente feliz, que recibe la visita de una amiga de juventud de la mujer, a la que hace unos 20 años que no ve. “Mi mejor amiga, mi única amiga”, no duda en afirmar. Y en esto irrumpe en escena Anna, la amiga de Kate, que ha dejado a su marido italiano descansando, y ha volado desde Roma solo para verla. Lo que comenzará siendo una cena pacífica, acabará por transformarse en una situación incómoda, que amenazará la integridad moral de los tres (¿tres?) personajes protagonistas. Porque con la llegada de Anna, Deeley –el  marido de Kate- irá descubriendo una serie de cosas que harán que se replantee –con el público- una serie de cosas que podrían cambiarlo todo.

Como en –casi- todas las obras de Pinter, la cosa enseguida se convierte en una brillante batalla dialéctica, que hace reflexionar al público sobre su propia situación; desde unas situaciones que van del humor absurdo a la comedia negra… y que dejan, claro, el poso más doloroso. Pinter parece dirigir su obra a un espectador inteligente, solo a aquel que esté dispuesto a escuchar, saborear y asimilar el texto; y a procesar sus propias conclusiones.

Para algo así, el reducido espacio de la Sala Pequeña del Español es especialmente idóneo, puesto que permite observar muy de cerca: si se observa con atención, pueden dilucidarse a falta de varios minutos para el final algunas de las –posibles- claves para buscar las –posibles- respuestas a las preguntas que Pinter –posiblemente- plantea.

Pero aquí no es tanto lo que pasa –o lo que no pasa- como lo que se dice, y cómo se dice. Ricardo Moya parece tener esto muy presente; y ha creado un montaje que tiende al estatismo –no debería bastar con introducir a los personajes en escena, sentarles y levantarles casi esporádicamente, aunque tampoco el reducido espacio con que cuenta le dejaba mucho margen a hacer algo más…-, pero que permite escuchar y recibir el texto a un ritmo –generalmente- pausado, aunque para mí no especialmente frío; ideal para procesar la información, y comenzar a hacernos preguntas sobre lo que estamos contemplando. La más que aseada escenografía –digamos mejor los elementos escénicos, porque aquí no hay sitio para montar ningún alarde- la firma Javier Ruíz de Alegría. Solo un apunte que me ha llamado la atención sobre la –por otra parte estupenda- traducción de Luis Escobar: se citan varias canciones en inglés, cuyas letras tienen -¡claro!- un significado concreto y explícito para lo que se está viendo. Él ha decidido dejarlas como están. Sé que es difícil traducirlas; pero quien no sepa inglés –que no es el caso…- se va a perder detalles importantes, que deberían quedar aclarados de alguna manera.

Este tipo de salas, donde –por la escasísima distancia al escenario, que se sitúa a ras de suelo- puedes respirar con los intérpretes, y donde una simple tos del público –y ya no digamos un móvil- puede ser fatal para la concentración de los intérpretes, son las que miden al actor de verdad. Aquí hay tres, que además tienen buen renombre. Como el marido que se enfrenta a una situación ciertamente incómoda, está prodigioso –y estoy seguro de no exagerar cuando uso esta palabra- José Luis García Pérez; un actor que –espero- que ya no necesite presentación para nadie. Con su característica voz rasgada, construye un personaje que, desde su socarrona ironía, comienza creyéndose dueño de una situación que enseguida le resultará repulsiva. En muchos momentos, se dedica sencillamente a observar a las dos mujeres, perplejo: es tanto –más aún a esta cortísima distancia- lo que consigue comunicar con la mirada, que en muchas escenas donde él no era más que  un espectador pasivo, yo estaba centrando mi atención en él, aunque fuesen las dos mujeres las que llevasen el peso textual de la escena. Hay que ser muy bueno para lograr algo así. Bravo.

Su esposa es Ariadna Gil; que aquí se enfrenta al personaje más seco y antipático de la función; pero que lo despacha brillantemente: uno puede pensar que es fría y ausente, pero si analiza todo una vez terminada la función, comprobará que hace justo lo que su papel pide a gritos. En escena luce bellísima –no digamos ya la escena en la que viene de la ducha…- Curiosamente, es la segunda vez en poco más de un año que la veo sobre las tablas, y he de reafirmarme en que me funciona mejor en los escenarios que en las pantallas de cine: y ojito, que yo lo consideraría un piropazo.

De la misma manera que Gil puede parecer fría y distante; la llegada de Emma Suárez nos puede resultar algo excesiva y hasta histriónica. Pero es más de lo mismo: su personaje debe ser así, para dibujar cuanto más mejor la diferencia con el de Ariadna Gil, que es una de las claves de la función. Quien no conozca el texto no valorará este hecho hasta terminada la función –incluso quizá hasta que esté estrujándose el cerebro horas después-, pero lo cierto es que el perfil que dibuja Suárez funciona y es perfectamente coherente.

Sorprende muy positivamente comprobar que tres actores curtidos en el audiovisual vocalicen perfectamente –parece obvio para el teatro, pero ya sabrán ustedes que no siempre ocurre…-; la proyección no se puede juzgar en un espacio de estas reducidas dimensiones.

El resultado es un espectáculo muy disfrutable, de un texto muy sugerente. Llama la atención, sin embargo, algo que sigue sucediendo casi siempre con Pinter cuando se le acercan algunos profanos: a la salida pude captar varios comentarios de gente que reconocía no haber entendido absolutamente nada; pero también el de una señora que hizo una acertada disección de cuánto había ocurrido. Quédense con algo que ya he dicho: aquí es más importante lo que se dice que lo que pasa; y en este montaje parecen haberlo comprendido bien.

H. A.

Nota: 4/5 

“Viejos Tiempos”, de Harold Pinter. Con: Emma Suárez, Ariadna Gil y José Luis García Pérez. Dirección: Ricardo Moya.

Sala Pequeña del Teatro Español (Madrid), 21 de Junio de 2012.

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One Comment leave one →
  1. julio 6, 2012 17:18

    Me quedé con ganas de ver “Traición” y espero tener oportunidad de ver “Viejos tiempos”. Me encantan estas salas pequeñas donde se puede sentir “de cerca” a los actores.

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