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‘Último Cowboy’, o dos llaneros solitarios

abril 28, 2012

Espectáculo en lengua gallega

Toca seguir hablando de la importancia de tener textos de calidad como prioridad para que las cosas funcionen en el teatro. Porque esta es la principal clave del éxito de Último Cowboy, el espectáculo que presenta la compañía gallega Teatro do Noroeste; obra del propio director de la compañía, Eduardo Alonso –un hombre que, dicho sea de paso, siempre me ha convencido más como autor de textos propios que como adaptador de clásicos…-.

Un hombre en el final de sus días vive solo en su casa, alejado de una familia que, en principio, le ignora y jubilado de su empleo como director de banco. Encuentra su único entretenimiento en enviar novelas de género western de creación propia grabadas en audio para un ciego al que conoció hace años en un hospital… y al que no ha vuelto a ver desde entonces. Un día, se presenta en la casa una inmigrante albanesa contratada por su hijo para cuidarle. La presencia de la intrusa saca a nuestro protagonista de quicio, y se muestra así el choque cultural de dos Europas aparentemente diferentes. Con el tiempo, el hombre y la mujer descubrirán que, a pesar de sus diferencias, están más cercanos de lo que en un principio pudieran pensar; y se establece un fuerte vínculo entre ambos que permite al espectador comprenderlos y llegar a mirarlos desde la más profunda ternura, y que se moverá a lo largo de varios giros argumentales, para derivar en un final sorprendente. Por el camino, hay tiempo para reflexionar sobre la crisis económica, la ecuanimidad del sistema judicial, la legitimidad del sistema electoral, los diferentes sistemas de gobierno, el rol de la familia como entidad, el conflicto cultural o la necesidad –o no- de los individuos de comunicarse y entenderse entre ellos. “La gente no está sola, la gente es sola, por eso algunos idiomas distinguen los verbos “ser” y “estar” ”, protesta nuestro protagonista en un momento de la acción.

Hay que decir que Eduardo Alonso acierta de pleno al enfocar desde la ironía cómica un texto que es extenso –2 horas 10 minutos, sin pausa- pero nunca cansa, porque está lleno de pluralidad temática; una ironía que es, claro, un arma de doble filo: porque cuando el público ríe tranquilo –por mucho que se sea en todo momento consciente de lo que hay detrás-, el autor propina una sonora bofetada al respetable, enseñando la magnitud real de la tragedia que se nos está contando, y entonces avanza hacia el desenlace –inesperado pero coherente y efectivo, que no efectista-, que mantiene en vilo casi hasta el último minuto. Así, la función –sin pausa- se divide claramente en dos mitades: la primera hora sirve para situar a los personajes y aportar la información previa necesaria, y la segunda –sin duda la más interesante; y, en este sentido, hay un notable e inesperado aumento del interés dramático- para acelerar los acontecimientos y conducir al desenlace. Se puede aportar una anécdota: en un momento, hacia la mitad de la función, se lee una carta con información reveladora: en esta función, antes de que el silencio sepulcral invadiese el teatro, la noticia estrella de la misiva vino acompañada por un sonoro murmullo general de desasosiego del público: “Uuuuuufff”. Lo suficientemente sonoro como para que se oyese con claridad en segundo piso en el que me encontraba. Me parece que este feedback del público –el mismo público que hasta hace dos minutos se reía, y que en apenas cinco minutos volvería a reír…- es lo mejor que se puede decir para expresar la calidad de este texto –que, inexplicablemente, no estuvo nominado como Mejor Texto Original en los María Casares…-. Enhorabuena al autor.

Muy sencillos y esquemáticos pero elegantes la escenografía –apenas dos mesas, dos alfombras, dos sillas, un mueble, una pizarra y varios utensilios- y el vestuario (Equipo Taetro), y muy sugerente la iluminación que firma el propio Eduardo Alonso, que juega a separar dos planos: las grabaciones narrativas de la supuesta novela que está creando nuestro protagonista –a media luz- y la verdadera acción dramática en sí. También la selección musical (Brais Morán) es muy envolvente por su contenido, y está muy bien puesta en los momentos indicados.

El papel masculino es un bombón, y Miguel Pernas hace un trabajo importante por caracterización física, y preparación de una voz de timbre camaleónico que –una vez más- no es la suya propia, sino la que conviene a este personaje; a pesar de todo, ocasionalmente hay algunas frases que, por la razón que sea, no llegan con toda la nitidez deseable, y no disimula algún despiste ocasional –tampoco nada especialmente grave- con el texto. A su favor, consigue hacer del viejo cascarrabias un personaje muy humano, y nunca histriónico, por mucho que sea excéntrico.

A Luma Gómez le toca la papeleta de hacer un personaje que ha de hablar en gallego con acento albanés (¡). El resultado en un primer momento es bastante desconcertante –uno no sabe si es culpa de la actriz o del personaje-, pero cuando se tiene toda la información acaba por acostumbrarse. Con todo, habría que revisar este aspecto: lo coherente sería o que el personaje hablase directamente en castellano –y se entendiese con el hombre que habla en gallego, recurso que se ha visto ya anteriormente en producciones del audiovisual gallego, por ejemplo-, o bien que el personaje hablase en un gallego no siempre correcto, manteniendo el acento. Pero el resultado de que un personaje extranjero de clase baja hable de pronto un gallego de plena normativización lingüística que incluye términos muy, muy autóctonos, –¿dónde y cuándo lo aprendió?- no parece lo más convincente. Curiosamente, hay una traducción al castellano del texto para las funciones realizadas fuera de Galicia, donde el resultado es mucho más convincente. Personalmente, y sin querer entrar en polémicas, quizás hubiera optado por el bilingüismo para solucionar este problema. Quizá el hecho de tener que trabajar desde una cierta barrera lingüística –que no debe ser nada cómoda para la propia actriz- puede hacer que se le achaque una cierta frialdad inicial –no es por su culpa…- de la que se va despojando progresivamente conforme nos acostumbramos al inicialmente extraño acento. Y es ella quien lee la carta de la que hablaba antes, luego, de alguna manera, es ella quien conmociona al público. Sin duda que puede y debe estar orgullosa.

Eduardo Alonso se encarga también de dirigir su propio texto, y huye de los estatismos, desplazando sin miedo a sus dos personajes por todo el espacio, paseando la mirada del espectador por el escenario acertadamente.

Por lo interesante del texto, por los muchos retos que plantea a ambos actores y por el indiscutible feedback que consigue recibir del público, estamos ante un espectáculo de calidad, que demuestra que se están haciendo cosas bastante interesantes en Galicia, ya no solo a nivel de producción, sino también a nivel de creación propia.

P.D.: Se me escapan -o quisiera que se me escapasen…- los motivos reales por los cuales el público de abono del Teatro Rosalía disminuye sistemáticamente de forma considerable cuando lo que se presenta es un espectáculo en galego. Me niego a creer que, a estas alturas, aún haya quien se asuste o menosprecie el idioma de la tierra. Hoy, algo menos de tres cuartos de entrada cuando el teatro normalmente se llena… Incomprensible. 

H. A.

 

Nota: 3.75 / 5

 

“Último Cowboy”, de Eduardo Alonso. Con: Miguel Pernas y Luma Gómez. Dirección: Eduardo Alonso. TEATRO DO NOROESTE.

Teatro Rosalía Castro (A Coruña), 27 de Abril de 2012.

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