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‘Carcajada Salvaje’, o cuestionar el absurdo

abril 17, 2012

Sentimientos encontrados ante el montaje de Carcajada Salvaje, de Christopher Durang, que presenta la productora Pentación. Básicamente por dos motivos: por la supuesta complejidad –y a la vez inutilidad, puesto que no parece aportar gran cosa a estas alturas- del texto, y por el hecho de tener a dos actores interesantes en un texto que, la verdad, ya no presenta demasiado interés. Dos actores que, presentados en otra obra, podrían haber dado mucho más juego del que dan aquí.

Dos monólogos. Dos seres excéntricos y extravagantes que, por una razón u otra, están fuera de la sociedad. No se quieren, no se gustan, no aceptan lo que les rodea ni pretenden, y ni siquiera parecen estar seguros de lo que realmente quieren. Dos seres que podrían no tener nada en común, pero se cruzan en un (des)afortunado encuentro fortuito en un supermercado que podría ser un primer paso para cambiar definitivamente sus vidas… O no. Ambos se encuentran solos ante la audiencia, ante un público que es invitado a participar una y otra vez con sus opiniones desde las butacas, y deciden sincerarse por una vez.

Ella (Charo López), ha desarrollado una rara tendencia a estar internada en psiquiátricos, que está completamente descontenta con la sociedad en la que vive y con la vida que lleva… pero decide lanzar “una carcajada salvaje en medio de la más dolorosa aflicción”, tal y como sugirió Samuel Beckett en Happy Days. Un día, quiso comprar una lata de atún en un supermercado, pero no lo consigue, y entonces todo empieza a torcerse, según sus criterios. Así, en un monólogo repetitivo, que podrá ser simpático pero tampoco pasa de ahí y acaba siendo blandengue las más de las veces, la mujer da su pesimista visión del mundo en el que vive. Parece una persona afable, pero en el fondo nada le gusta. Charo López demuestra lo que ya se sabía: que es una excelente actriz, capaz de despachar de forma expresiva y espontánea –con proyección y dicción perfectas- un monólogo que, en principio, no da más de sí. Consigue además, implicar al público, e improvisar acertadamente con él. Y, lo más genial, detener a un inoportuno fotógrafo con una naturalidad tal que, por un momento, todos pensamos que aquello estaba preparado como parte de su texto. Para quien la haya visto en textos más interesantes, quizá sea un poco frustrante verla en uno como este, pero eso no quita para que apreciemos a una gran artista sobre el escenario.

Javier Gurruchaga encuentra, en el papel de un hombre que está realizando un cursillo de autoayuda para pensar en positivo –pero que, sin embargo, no puede dejar de pensar en negativo, claro-, un vehículo perfecto para hacer de sí mismo, con todo su clásico histrionismo, en un personaje que bebe directamente del espíritu de Woody Allen, pero que también tiende a caer peligrosamente en lugares comunes. Es cierto que su monólogo es mejor que el de Charo López como texto en sí mismo, pero también se nota que hay menos actor -le saca menos partido, y conecta menos con el público que ella-, aún cuando opta por cargar las tintas en unos puntos que siempre le han funcionado, y siguen funcionándole. Esto es, hay mucho de la manera de trabajar del propio Gurruchaga en el personaje. Para fans.

Al final, ambos personajes confluyen en una serie de encuentros oníricos que les hacen revivir el momento en el que se cruzaron sus vidas, y les llevan a reflexionar sobre su posibilidad –y su necesidad- de salvarse e integrarse en sociedad.

Hay momentos simpáticos, hay cierta comedia, y hay un buen juego al absurdo, aunque sea desde unos principios muy básicos. Lo malo es que al texto de Christopher Durang –estrenado en 1987- le han pasado los años por encima de manera implacable: la mayoría de los temas que aborda –racismo, homofobia, fobia social, religión, política…- están ya de vuelta, al menos en la sociedad en la que vivimos. Además, el acercamiento es demasiado parcial como para tomárselo en serio, y los razonamientos que se ofrecen –me resisto a pensar que sea en un intento de aleccionar al público- parecen más bien de patio de colegio. El resultado –entre risilla y risilla, porque a veces no llega ni a verdadera carcajada- es un texto que se antoja más bien banal. Desde luego, el buen teatro del absurdo -en el que se encuadra este autor- no va por aquí. Y lo que es más grave: emplea 95 minutos para contar lo que perfectamente podría haber contado en 60.

Josep Costa dirige en un espacio básico, desnudo, y tiende a dejar narrar a los actores desde posiciones más bien estáticas. Es también el responsable de la versión castellana –que ya presentó hace unos años en España, siempre con Charo López en el papel de la Mujer-.

El resultado es un espectáculo en el que se pasa el rato, sin que molestes especialmente, pero tampoco sin que uno sienta la necesidad de estarlo viendo, recomendarlo o revisarlo pasado un tiempo; salvado básicamente por unos actores –sobre todo ella- que merecen algo más, mucho más, pero que demuestran que saben sacar adelante lo que les toque. Ah, y por el buen gusto de haber elegido la siempre estimulante música de Kurt Weill para unir las tres escenas. Poca cosa más, la verdad.

H. A.

Nota: 2.5/5

“Carcajada Salvaje”, de Christopher Durang. Con: Charo López y Javier Gurruchaga. Dirección: Josep Costa. PENTACIÓN.

Teatro Rosalía Castro, 13 de Abril de 2012.

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