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‘Follies’, o de cómo hacer que un cóctel aparentemente extraño funcione

febrero 26, 2012

 

Vuelve a España un musical de Stephen Sondheim, uno de los grandes compositores del género en su época, muy por encima en todos los sentidos –musicales y dramáticos- de muchos colegas más ilustres. Cuando el nivel de las producciones de musical en España está –me van a perdonar que lo diga claro- profundamente bajo, Mario Gas -que ya había ofrecido versiones de Sweeney Todd o A Little Night Music que estaban entre las mejores producciones de musical de nuestro país- se anima con esa maravilla que es Follies, una obra que tiene un planteamiento dramático original y un buen puñado de hits de entre lo mejor de su autor.

Follies es una historia que reúne a viejas glorias de un teatro de variedades de1940 a comienzos de la década de los 70, en los ocasos de sus carreras, en una última noche juntos, antes de que el teatro se cierre. Artistas que hace años que no se ven, ponen al día sus vidas, y recuerdan con nostalgia su pasado como estrellas. Por el medio, una historia de amor entre dos parejas que se han casado con quienes no debían y que, en una genialidad narrativa insólita en el musical, se permiten el lujo de dialogar con sus “yos” jóvenes para reprocharles (reprocharse) sus comportamientos y errores del pasado, que les han llevado a ser lo que son hoy. Así, varios personajes se desdoblan y cantan en conjuntos entre ellos. Aún queda otra genialidad escénica: al final, los personajes principales entran en una especie de obra dentro de la obra donde hacen una parodia de sus propias vidas, para demostrar lo poco que se gustan.

Una obra así, con muchísimos personajes episódicos, y centrada en grandes divos del cabaret en decadencia, se puede perfectamente abordar desde el sentido del humor más absoluto. Y esto es lo que ha hecho Mario Gas en su montaje. El nivel vocal es, en general muy bajo (hay excepciones que comentaré a continuación), pero sin embargo, hay algo en el espectáculo que funciona si se mira con humor, y las carencias vocales quedan a veces subsanadas por otras cosas. Encabeza el cartel toda una Vicky Peña como Phyllis Rodgers, una señora que ha puesto su carrera por encima de todo. Yo qué quieren que les diga: la señora Peña es una actriz como la copa de un pino, una señora a la que admiro mucho. Su Phillys es todo glamour de diva, porque eso es lo que ella es: una diva. Empieza pasándolas -muy- canutas para cantar en la primera parte -esto no es Mrs. Lovelett musicalmente hablando-, cierto, pero funciona fantásticamente en el aspecto dramático y en el texto hablado: el personaje está. Tal vez por esto se viene muy arriba en la segunda parte, contra todo pronóstico, para cantar una intensa versión de Could I Leave You?. Y la sorpresa está cuando al final del espectáculo se encarama a una escalinata para dar una tremenda versión de “The Story of Lucy & Jenny” que justifica toda su actuación: de pronto está tremenda, también en lo vocal y transmite un subidón de adrenalina al público: a veces la voz no lo es todo. Su esposo es otro actorazo, Carlos Hipólito, que entona más que canta -él mismo reconoce que no es cantante, y si en su momento perdonamos a José Sacristán, no veo por qué no íbamos a perdonarle también a él…-, pero también tiene el personaje muy cogido y en su último número, “Live, Laugh, Love” tiene un charme de gentleman que no se le puede negar –será la dichosa escalinata que les trae suerte a todos-. Ojo, que parece haberle cogido gustillo al género del musical, y en los próximos meses será el Capitán Von Trapp en la producción española de The Sound of Music, un rol que le puede ir como anillo al dedo.

Desde aquí, el amplio elenco está repleto de sorpresas. En la segunda pareja –Sally y Buddy- encuentro primero a Muntsa Rius. Irreconocible. Canta, lo hace muy bien, y da una hermosa versión del hit de la partitura, “Losing My Mind” – ¿habrá alguien que no lo conozca?-. Sin ser un nombre de relumbrón, es seguramente la mejor voz del montaje, y en lo actoral no desmerece, en un personaje muy importante. Enhorabuena. Su marido es Pep Molina, buen actor, que, no sin problemas vocales, sabe aportar carácter a su papel, y divierte en la parte más irónica del final vestido de clown, por más que en el montaje se les haya ido un poco la mano con el enfoque. El personaje, está.

El equipo de secundarios, amplísimo, demuestra que Mario Gas es un tipo con un gran sentido del humor. Pónganse cómodos y vayan leyendo. Tenemos a Asunción Balaguer -¡86 años!-, absolutamente entrañable bailando coreografías de equipo, y cantando “Broadway Baby”. Nadie esperará que haya una gran voz –la canción es sencillita-, pero la señora se roba el show con razón, no deja de sorprenderme, y aporta un novedoso enfoque a su rol. Mónica López, extraordinaria actriz de teatro especializada en personajes torturados, rompe cualquier antecedente que le conozca, y aparece también irreconocible como cabaretera francesa, y canta maravillosamente –servidor no sabía ni que esta mujer cantaba- “Ah Paris!” : es un cameo, pero me dejó con la boca abierta. A saber qué hubiera podido hacer como Sally –quiero decir, a saber lo bien que puede cantar “Losing My Mind” si la dejan-. En otro papel episódico con hit – “I’m Still Here”, otra que nos sabemos todos- aparece nada menos que Massiel. Los de mi quinta pensarían que nunca la iban a ver sobre un escenario. Nos equivocábamos; ahí la tienen ustedes. Ya no está en su mejor momento, pero aún va razonablemente bien a la zona superior (los graves le causan más conflicto), aporta una importante ración de morbo a la función y se lleva su ovación. No es para menos. Los mitómanos operísticos también tenemos nuestra ración particular. La veterana mezzosoprano Linda Mirabal canta “One More Kiss”, y demuestra una salud vocal aún envidiable; por cierto, aparece como su “yo joven” Joanna Estebanell, que canta también maravillosamente. Juntas firman un hermosísimo número. Y ¿qué decir del veteranísimo –yo lo creía ya retirado- Josep Ruíz? Un secundario histórico de la ópera en España, que aquí aprovecha unas pocas frases para mostrar una voz aún squillante. Sorpresa, alegría y emoción. Y hay más: ahí están Teresa Vallicrosa –en papel episódico, pero con la voz también timbradísima, y que encuentra su momento en “Who’s That Woman”, Lorenzo Valverde –sí, el padre de Marta y Loreto-, Mamen García… Todos en su lugar.

Pero vamos a los “yos jóvenes” de los protagonistas. Ya hemos hablado de Joanna Estebanell, pero, si les gusta el musical en España, vuelvan a ponerse cómodos. La joven Sally es Julia Möller: la gran diva del musical en los últimos 10 años en España reducida a un rol secundario… los que no somos muy fans debemos esbozar una sonrisa… porque aquí está bien-. En esa línea sin fuerza y blandita en la que se mueven los musicales actuales en nuestro país, los jóvenes Ben y Buddy son, respectivamente, Diego Rodríguez y Ángel Ruiz: muy jóvenes, muy guapos, y blanditos, blanditos de voz. Se salva Marta Capel como Joven Phyllis, la mejor del cuarteto de jóvenes.

Funcionan bien el coro y el cuerpo de baile –firman las coreografías, trabajadísimas del primer al último intérprete, Aixa Guerra y Luis Méndez-. La orquesta, como suele suceder en los musicales en España –a ver si lo vamos cambiando-, es reducida, con lo que el color orquestal se resiente ocasionalmente; además, se ha creado la figura del coordinador de orquesta (?). Dirige (¡con cascos!) Pep Pladellorens. La consabida amplificación beneficia a la orquesta sobre las voces.

 

Tampoco es el primer musical ni el último en nuestro país que presenta unas traducciones de las canciones –Roser Batalla y Roger Peña– que a veces suenan encorsetadas y metidas con calzador… por no hablar de algunos problemas de rima y juegos de palabras del inglés original que obviamente se pierden –pienso, por ejemplo, en “The Story of Lucy & Jessie”, imposible de traducir sin que se resienta-. Habrán visto que uso en todo momento los títulos originales de las canciones en inglés. Por algo será.

El montaje es tan sencillo como vistoso y funcional. La escenografía que firman Juan Sanz y Miguel Ángel Coso -casi única a lo largo de todo el montaje- funciona; el vestuario (Antonio Belart) es vistoso y variado. Mario Gas –que ejerce además de maestro de ceremonias, en un divertido guiño- dirige un espectáculo honesto y hecho para gustar, que fluye con naturalidad. Sólo se le ha ido la mano en la secuencia final, en esa suerte de secuencias de “psicoanálisis” de los personajes, porque a veces –pienso en el enfoque que le ha dado a “The Perfect Girl”– se quiere ir de gracioso y acaba resultando grotesco: no hace falta tanto, y la secuencia hubiera quedado mejor planteada de otra manera; los números finales de Peña e Hipólito, sin embargo, son geniales.

Es curioso porque aunque el nivel del espectáculo es muy desigual en los aspectos musicales –y, en ocasiones, hasta muy bajo en los vocales- es indudable que hay algo que funciona, hay aciertos que compensan carencias, tiene encanto, resulta entrañable, simpático… o llámenle ustedes como quieran, pero el caso es que, haciendo balance, funciona. Está hecho para gustar, y gusta hasta en ciertas excentricidades. Si el elenco vocal hubiera sido –muy- superior, estaríamos hablando de algo histórico; lo de las orquestas en los musicales en España, sin embargo, parece un mal de difícil solución. Con todo, hay que verla, porque, por lo que sea, es bastante mejor que la mayoría de lo que se está haciendo a día de hoy en el mundo del musical en España; cosa que invita a la reflexión…

Nota: 3.5 / 5 

“Follies”, de Stephen Sondheim. Con: Vicky Peña, Carlos Hipólito, Mutsa Rius, Pep Molina, Massiel, Asunción Balaguer, Linda Mirabal, Teresa Vallicrosa, Mónica López, Marta Capel, Diego Rodríguez, Ángel Ruiz, Julia Möller, Joanna Estebanell, Josep Ruíz, Lorenzo Valverde, Mamen García, Mario Gas, Gonzalo de Salvador, Nelson Toledo, María Cirici, Marisa Gerardi y Antonio Villa. Dirección escénica: Mario Gas. Dirección musical: Pep Pladellorens.

Teatro Español (Madrid), 21 de Febrero de 2012.

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One Comment leave one →
  1. febrero 26, 2012 20:35

    A mí al principio la Peña me ponía de los nervios, con una declamación super afectada, pero luego en la segunda parte se merienda con patatas la función, es ella y ya está. A Munsta Rius la vi falta de carisma y seguridad. También hay que reconocer que estuve en la segunda o tercera función, y que les faltaba rodaje.

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