Skip to content

‘Agosto (Condado de Osage)’, o el infierno de la familia

febrero 22, 2012

Con la presentación española en castellano -se ha representado en Barcelona en catalán el pasado año- de Agosto (Condado de Osage), de Tracy Letts (1965-) posiblemente estemos no ya solo ante el acontecimiento teatral de la temporada –que lo será, sin ningún género de dudas- sino también ante uno de los estrenos más importantes de la última década, por varios motivos. Primero, por el soberbio elenco reunido –capaz de unir nombres de sobrado talento y dilatadas carreras con nombres jóvenes que ya pisan fuerte en el panorama teatral español- y, después, por lo destacable del texto.

Un texto de casi cuatro horas de duración, en el que Tracy Letts pone en juego a una saga familiar americana –tres generaciones- por medio de la friolera de 13 personajes que deben convivir en una gran casa, a partir de la desaparición del patriarca de la familia. No se soportan, juegan a herirse los unos a los otros y todos acaban perdiendo una u otra cosa, en una historia que habla, ante todo, de desintegración.

Siempre me han gustado este tipo de conflictos familiares, esas historias donde realmente no sucede nada y a la vez sucede todo. Letts presenta algo que posiblemente no se veía en el escenario de un teatro desde los tiempos de Tennesse Williams (viendo esto es imposible no pensar en una suerte de prolongación en el tiempo de Gata sobre el Tejado de Zinc Caliente), y que también recuerda inevitablemente a Chéjov (pienso obviamente y salvando las distancias, primero en Las Tres Hermanas y después en Tío Vania) o incluso Arthur Miller (Muerte de un Viajante) o Edward Albee. Pasa la vida, lentamente, mientras una marcada violencia irónica va marcando tanto a los personajes como al espectador. Veamos: la matriarca, Violet Weston, debe asumir la ausencia del marido, y su inminente final a causa de un cáncer de boca; y la única manera que encuentra es hincharse a pastillas. Las tres hijas, intentan seguir con su vida: a la mayor, Barbara, empieza a perder el control sobre su propia vida, con un ex-marido cornudo y una hija preadolescente adicta a la hierba; la mediana, Karen, aparentemente ha conseguido la vida perfecta junto al hombre perfecto… o no; la pequeña, Ivy, intenta sobrevivir, mientras la vayan dejando… Acuden también a la reunión Matty Fae, la hermana de Violet, su hijo y su marido. Por último, la criada india contratada por el padre poco antes de su desaparición actuará de elemento vertebrador, y, de alguna forma, es la prolongación de este en la Tierra, como el ojo que todo lo ve y todo lo calla.

Letts se toma su tiempo para escribir, y lo que consigue es una profunda caracterización de todos los personajes. Lo sabemos todo sobre ellos, cómo son, qué piensan, qué harían, qué no harían… y una vez que los tenemos a todos, los hace colisionar en una suerte de hecatombe cósmica que arrasa todo a su paso. Son unos personajes pusilánimes y repulsivos, que están sin embargo muy cerca de lo que somos todos nosotros, de forma que todos nos podremos reconocer en sus comportamientos, a la vez que reconoceremos a nuestra tía, a nuestra hermana, a nuestra amiga del instituto o al vecino del segundo. Letts escribe desde la ironía, y nos hace sonreír ante algo que vemos, y que no nos gusta, hasta que lo que no nos gusta, lo que tan bien (re)conocemos comienza a hacerse ciertamente insoportable. Entonces comienza la verdadera tragedia, los silencios, y alguna risotada inoportuna de un público que seguramente sale un poco más miserable de lo que entra, y que necesita liberar tanta tensión por alguna parte. Esta obra trata, después de todo, sobre el infierno de la familia.

Mucho que contar tiene Gerardo Vera, en la que creo que es la primera propuesta teatral que le veo. A pesar de que algunos montajes operísticos suyos no me habían convencido, aquí sí muestra una gran intuición, ayudado por una soberbia e imponente escenografía de Max Glaenzel, que muestra una gran casa de muñecas abierta, con todas sus habitaciones dispuestas en varias alturas unidas por una gran escalera central. Así, Vera no solo se ocupa de la escena principal que esté teniendo lugar, sino que también nos muestra lo que hacen otros personajes que no están en esa escena, pero sí en otra habitación de la casa: jugar a las cartas, dormir, leer, fumar porros… extendiendo también la acción al patio de butacas, que usan eventualmente algunos personajes para alejarse de la casa, sin que este recurso estorbe nunca al público. Al final, suceden tantas cosas al mismo tiempo que habría que ver la función dos veces para captarlas todas. Es también un acierto el uso del vídeo (Álvaro Luna), que permite a Vera mostrarnos escenas del pasado de los personajes para separar actos y escenas, así como conseguir momentos de marcada plasticidad, como el que abre la segunda parte.

Obra difícil, obra coral que gira alrededor de dos ejes vertebradotes (Violet, la madre, y Barbara, la hija mayor), pero en la que todos tienen algo que decir, todos dejan alguna frase memorable y las escenas de conjunto son constantes. Se necesita un reparto de primer nivel, y aquí lo hay. Amparo Baró regresa a los escenarios tras muchos años de ausencia y lo hace como Violet Weston, la matriarca, el eje vertebrador de esta familia. Por momentos odiosa, por momentos sensata, otros tierna –la escena de las botas, que justifica buena parte de lo que es su comportamiento actual-, y a veces desvalida, Baró recorre una amplia gama emocional con acierto, y permite compadecerse de un ser que podría ser absolutamente repugnante. Sus escenas finales, primero con Barbara, y luego sola buscando a la criada india, son de una emoción marcadísima. Claro que tiene a su lado a una Carmen Machi que realiza, como Barbara, la hija mayor de Violet, la que posiblemente sea la mejor interpretación de su carrera: está demoledora, intensa, dramática, comportándose como una leona dispuesta a llevarse por delante todo lo que se cruce en su camino aunque, como todos en esta función, también tenga su corazoncito. Sus enfrentamientos constantes con Baró son antológicos, y el último corta la respiración, y produce un intenso silencio en la sala. Quienes vamos al teatro hace tiempo que dejamos de tenerla encasillada como artista de telecomedia. La habíamos  visto en papeles dramáticos. Posiblemente nunca tanto como este, ni de tal intensidad. Espectacular, amenazando a veces con robarle el protagonismo a Amparo Baró.

El resto de papeles actúan como una especie de coro griego en la batalla campal de estas dos mujeres, aunque todos tienen su historia propia y todos encuentran su momento. Sonsoles Benedicto, como Matty Fae, la hermana de Violet, está estupenda en su despotismo cargado de ironía; por su parte, Abel Vitón, como su marido, tiene la misión fundamental de relajar la tensión que reina en la casa, y lo hace admirablemente. Finalmente he comprobado de primera mano el potencial de Irene Escolar, que hace una creación del complejo personaje de Jean (la hija cultureta y fumeta de Barbara) porque está siempre convincente por físico y formas -a pesar de lo complejo de hacer un personaje de 14 años cuando se tienen 22-, y consigue focalizar la atención sobre ella incluso en aquellas escenas en las que no es parte esencialmente activa de la acción –pienso en la cena, por ejemplo-. Clara Sanchís está espléndida como Karen, la hija despreocupada de Violet, cuyo objetivo principal es que la dejen vivir su vida, y mejor si es lejos: habla a toda mecha, muchas veces rayando lo neurótico, y, sin embargo, todo se le entiende perfectamente, además de dotar de humanidad al personaje cuando es preciso; su futuro marido, Steve, es un gañán baboso de los de aquí te espero, que construye admirablemente Gabriel Garbisu: escenas memorables junto a Irene Escolar. Alicia Borrachero, Ivy, otra de las hijas de Violet, tiene una sinceridad que es muy de agradecer a la hora de crear el personaje, y consigue tirar del carro con acierto ante una pérdida de texto tan momentánea como notoria. Quizás nos cueste entender qué le ve su personaje a su alelado primo Charles (estupendo Markos Marín), pero el propio Letts se encarga dce dejárnoslo claro en un texto que no da puntada sin hilo.

Hay más, no se crean. El internacional Antonio Gil, extraordinario, hace algo prodigioso con Bill, el ex marido de Barbara: conseguir que nos caiga bien un tipo que en principio ha hecho todas las cosas mal en su vida. Aplauso grande también para Marina Sereseky como Johnna, el ama de llaves inmigrante, en un papel dificilísimo: primero, porque es, de alguna manera, la prolongación del padre ausente, que parece haberla colocado ahí casi a propósito; y después, porque no tendrá mucho texto, pero está omnipresente e impasible ante todos los conflictos familiares que se le ponen delante; es un papel muy largo, basado en el gesto, y lo hace muy bien. Chema Ruíz está también estupendo como el jefe de policía que investiga la desaparición del patriarca familiar. ¿Y qué decir del patriarca familiar? Pues sencillamente, que tener a un actor con la presencia imponente de Miguel Palenzuela para un papel tan corto como fundamental en la trama (porque aparece en escena 10 minutos, pero es el detonante de cuanto sucede, y se le recuerda una y otra vez) es un lujo que pocas compañías se pueden permitir: supongo que Gerardo Vera busca que el público recuerde su figura constantemente a lo largo de toda la función. Y vaya que si lo consigue. Lástima que no salga más tiempo.

El resultado, es una función brillantemente escrita (tiene el Pulitzer 2008, debería estar ya estudiándose en las clases de Literatura…), brillantemente interpretada y brillantemente montada, que consigue una conexión inmediata y constante con el público, que ríe para descargar tensión, calla con tensos silencios y recibe el final del espectáculo con diez minutos de bravos en pie –y un servidor el primero-. Solo se les puede reprochar el uso de microfonía –leve pero notoria- que, aunque podría ser justificable por las múltiples alturas con que juegan en la escenografía, no siempre está bien controlada, y provoca a veces ligeros acoplamientos, o ruidos excesivos de los objetos que se manipulan o se arrojan al suelo. Por lo demás, una función memorable.

Nota: 4.5/5

“Agosto (Condado de Osage), de Tracy Letts. Con: Amparo Baró, Carmen Machi, Sonsoles Benedicto, Alicia Borrachero, Irene Escolar, Clara Sanchís, Antonio Gil, Gabriel Garbisu, Marina Seresesky, Abel Vitón, Markos Marín, Miguel Palenzuela y Chema Ruíz. Dirección: Gerardo Vera. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

 

Teatro Valle-Inclán (Madrid). 20 de Febrero de 2012.

Anuncios
2 comentarios leave one →
  1. febrero 22, 2012 19:04

    Se me ponen los dientes larguísimos cada vez que oigo hablar de esta función. Espero tener oportunidad de verla y a ser posible con el mismo reparto.

Trackbacks

  1. ‘Los Hermanos Karamázov’, o la épica de una empresa épica | BUTACA EN ANFITEATRO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: