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‘El Tiempo y los Conway’, o el tiempo que todo lo erosiona

enero 15, 2012

No cabe duda de que J. B. Priestley vuelve a estar de moda. Si últimamente se han visto dos montajes distintos de Llama un Inspector, ambos incluyendo nombres importantes de la escena española, ahora hay que añadir este de El Tiempo y los Conway, quizá la gran obra maestra del autor inglés por la perfecta arquitectura del texto.

El presente montaje lo firma Juan Carlos Pérez de la Fuente, un hombre inteligente que sabe ofrecer clásicos no siempre muy representados (recordemos su versión de Angelina, o el Honor de un Brigadier, de Jardiel Poncela) servidos con elegancia y con actores interesantes. Cualidades que vuelven a estar presente en esta nueva propuesta.

Texto complejo, por la estructura, por el número de personajes y por la carga dramática, pero plenamente actual, porque no hace otra cosa que reflejar temas universales como la desestructuración familiar, lo impredecible del destino y los estragos que puede hacer el paso del tiempo en las personas y en las ilusiones. Dos flashes de la familia Conway a lo largo de 20 años, estructurados en tres partes (presente-futuro-presente) llaman a la reflexión del espectador, en un texto de marcada intensidad dramática, aunque no exento de cierta ironía.

El presente montaje huye de todo realismo y coloca a los personajes en un espacio (del propio Pérez de la Fuente) tan sencillo como estético y antirrealista: los cálidos rojos del tiempo presente contrastan con los pálidos blancos del tiempo futuro, a la vez que las paredes de la casa se van derrumbando progresivamente, convirtiendo el espacio en más y más opresivo. La escenografía se apoya también en un juego de telones, y en una sugerente iluminación de José Manuel Guerra. Fuera de todo tiempo, solo uno de los personajes, la pequeña Carol, es capaz de desplazar el tiempo, portando un maniquí (inerte, como pronto lo será ella misma) que observa la acción desde una esquina del escenario. Elegante y variado, como no podría ser de otra forma en esta obra, el vestuario de Javier Artiñano.

Dos hechos causan conflicto en esta obra a la hora de plantear un reparto: sus 10 personajes y los 20 años de separación que hay entre unos actos y otros, algo que exige muchísimo trabajo a los actores por cuestiones obvias. Aquí hay un potente elenco actoral, con alguna interpretación memorable, capitaneado por una Luisa Martín que afronta uno de los papeles teatrales más importantes de su carrera, como una Señora Conway de máxima solidez, capaz de recorrer de manera convincente la amplia gama de estados de ánimo por los que pasa su personaje: puede ser irónica, odiosa o tremendamente digna, como cuando le canta las cuarenta a su yerno, porque ya no le queda nada que perder (culmina su monólogo con una sonora e inolvidable bofetada), o cuando les recuerda uno a uno a sus hijos en qué se han convertido. Este es un momento de cortar la respiración, pero hay mucho más en la creación de su personaje. Aquí es casi un bastón en el que se apoyan todos los demás. Por edad, será improbable que pueda ser la madre de sus hijas mayores, pero está tan convincente que uno pronto hace dogma de fe. Es una intérprete importante y con mucho que decir; mucho más que un producto televisivo.

El resto del elenco femenino incluye sorpresas agradables. La Kay de Nuria Gallardo, en otro trabajo actoral ciertamente formidable, sufre una transformación brutal en todos los aspectos entre el presente y el futuro (por momentos parecen dos actrices), y alcanza momentos de marcada emoción cuando es la única capaz de comprender la que se les viene encima. Es otro puntal del montaje. También la Madge de Chusa Barbero, sólida como una roca, se luce cuando, tras soportar la enésima humillación de su madre, se muestra resuelta a intentar continuar adelante con lo que tiene. Una construcción que llena de dignidad al personaje. En el papel de Carol, sorprende muy positivamente la encantadora frescura juvenil de una Ruth Salas aniñada en aspecto y formas (a pesar de que, consultado su currículum, debe superar con creces la edad de su personaje), que sabe encontrar su lugar y exprimir sus momentos (expone muy bien su alegato a la vida, que es un gran puñetazo al espectador), y que deja con ganas de más. Débora Izaguirre es una Hazel que funciona mejor como esposa reprimida que como jovencita casadera, mientras que Alba Alonso (vayan ustedes sumando la cantidad de rostros televisivos que tiene este montaje) está en general solvente, aunque en ocasiones un punto sobreactuada, como Joan Helford.

En el grupo masculino, Juan Díaz (otro actor  muy ligado a la pequeña pantalla) pisa fuerte como un sólido actor teatral capaz de aportar matices al tarambana Robin, marcando bien su apogeo y caída, mientras que Alejandro Tous (más caras televisivas al canto) podría sacar adelante con cierta suficiencia (tampoco más) el papel de Alan si no dejase pasar su escena capital: la de la  lectura del poema de William Blake a su hermana Kay. Aquí, aparece monocorde y con dificultades de dicción. Una pena, porque es un momento importante para lo que está por venir, y no consigue transmitir al espectador ni la intensidad dramática ni el significado del texto. Cuando se retoma la escena al final, a uno le cuesta recordar qué era lo que decía, y eso no debería ocurrir. Suerte que el poema aparece reproducido en el programa de mano… A Román Sánchez Gregory, en el personaje de Ernest, hay que aplaudirle, ante todo, su trabajo de transformación: apenas reparas en él en el primer acto, pero cuando ves la bestia humillada en la que se ha convertido en el segundo (y cómo le mantiene el tipo a Luisa Martín/Mrs. Conway en su enfrentamiento), enseguida quieres saber más de él. Tal vez por esto, es uno de los puntales del tercer acto, junto a Ruth Salas. Por su parte, Toni Martínez es un Gerald de múltiples caras, que va a más conforme avanza la función. Solo se le puede reprochar alguna leve pérdida con el texto.

Mover a diez actores en dos tiempos es un reto complicado que Juan Carlos Pérez de la Fuente soluciona dirigiendo sin miedo y con dinamismo, aunque sabe también focalizar la acción sobre algún personaje cuando es necesario.

El resultado, un elegante montaje de un texto que sigue plenamente vigente (y, tal vez, ahora que estamos inmersos en una crisis más que nunca), con un buen número de actuaciones de nivel, ya sea de actores consagrados o de savia nueva. Recomendable.

Nota: 4 / 5

“El Tiempo y los Conway”, de J. B. Priestley. Versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño. Con: Luisa Martín, Nuria Gallardo, Chusa Barbero, Juan Díaz, Alejandro Tous, Débora Izaguirre, Román Sánchez Gregory, Ruth Salas, Toni Martínez y Alba Alonso. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. PÉREZ DE LA FUENTE PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía de Castro, 14 de Enero de 2012

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5 comentarios leave one →
  1. febrero 5, 2012 10:22

    Yo la veré a finales de marzo. Estoy deseando.

  2. Carmen permalink
    enero 24, 2012 22:23

    Una hora y cincuenta y cinco minutos ,su duración,y sin descanso.Y tengo que decir que no lo eché de menos.Disfruté mucho ,del guión ,la interpretación…el vestuario.

  3. Laura permalink
    enero 18, 2012 17:52

    Yo la vi en Ferrol y me ENCANTÓ!!

  4. Alba permalink
    enero 15, 2012 21:07

    Este jueves la veo en Madrid, tengo muchas ganas ya que conozco en profundidad la obra. Ya te contaré.

    • enero 16, 2012 02:45

      Sospecho que disfrutarás. Una vez que la veas, te concedo el derecho Y EL DEBER de despellejar mis opiniones sin la menor piedad.

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