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‘Unha Hora na Vida de Stefan Zweig’, o cuando una función te absorbe

diciembre 3, 2011

Espectáculo en lengua gallega.

Voy mucho al teatro, y sé que son muy pocas las veces que una función consigue implicarte casi desde el primer instante, canalizar toda tu atención, implicarte completamente y conseguir que dejes de pensar en todo lo que no sea lo que está sucediendo sobre el escenario. El (buen) teatro debería ser siempre así, pero, por desgracia es algo que no siempre sucede. Con esta función de Unha Hora na Vida de Stefan Zweig, que presenta la compañía gallega Lagarta Lagarta, me ocurrió justamente esto: fuerte implicación mental y emocional del primer al último instante, e incluso diría que in crescendo. Esa extraña sensación de estar viendo algo cercano al teatro en su máxima expresión.

Buena parte de la culpa la tiene el descomunal texto de Antonio Tabares (Canarias, 1973), que está escrito con ritmo cinematográfico, profundiza sin temor en temas que deberían remover las conciencias de todos, y consigue justamente eso: que pensemos, que nos conmovamos y que entendamos a unos personajes que aparecen magistralmente perfilados y cargados de humanidad, aún cuando sabemos desde el primer instante cuál va a ser su destino final.

 

Antes de empezar a tratar sobre la obra, y aún a riesgo de hacer esta entrada demasiado larga, me parece interesante transcribir la carta de suicidio con la que nuestro protagonista, Stefan Zweig, se despide del Brasil en el que está exiliado:

“Declaración”

Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma.

Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.
Stefan Zweig

Petropolis 22. II. 1942

 

Tabares nos sitúa en la tarde del 22 de Febrero de 1942, cuando el escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) y su segunda esposa Lotte, exiliados en Brasil ante la seguridad de la expansión nazi, toman la decisión de suicidarse. Stefan está resuelto a hacerlo, Lote, aunque en principio duda, parece dispuesta acompañarle en un acto de amor. Cuando todo está apunto, los Zweig reciben la visita de Samuel Fridman, un hombre un tanto misterioso que se presenta con una carta de recomendación de Richard Strauss (para quien Zweig había escrito el libreto de La Mujer Silenciosa) solicitando ver al escritor. Solo tiene una hora, el tiempo que queda antes de que parta su tren. Esta visita comenzará como una charla cordial, y acabará derivando en un thriller, conforme se va intuyendo que hay algo turbio en la figura del visitante, y que algo no encaja en la historia que está contando. En esta larga conversación a tres bandas, habrá tiempo para hablar de la producción literaria de Zweig, de la situación de la Alemania nazi, de las libertades individuales, del suicidio como vía de escape… y, sobre todo, habrá tiempo de poner al descubierto las motivaciones de vida de tres personajes muy diferentes entre sí.

La forma en que fluyen los diálogos, la caracterización psicológica de los personajes y la profundidad de los temas que se tratan, aún desde la cercanía, convierten a este texto en una obra maestra que te atrapa y ya no te deja escapar, te conmociona y te hace salir del teatro con un nudo en la garganta y haciéndote preguntas. Aún sabiendo el final (un final que hábilmente se elude, escapando del morbo gratuito, y sustituyéndolo por una escena mucho más emocionante si cabe), los personajes tienen un recorrido psicológico importante: hay un cambio justificado en el matrimonio Zweig entre el principio y el final de la obra, y hay una humanidad estremecedora en los diálogos (sobre todo en los de Lotte y el visitante Fridman, que es perfectamente consciente de lo que le ocurre -algo que, por supuesto, no voy a contar aquí-).

El montaje es sencillo, pero de una eficacia arrolladora. Apenas una sábana, dos mesas y algunas sillas para recrear el salón de la casa de los Zweig.  No necesita más la económica escenografía diseñada por Ernesto Chao, porque es elegante y está muy bien iluminada por Alfonso Parra. También la música está muy bien seleccionada por Tero Rodríguez, y la traducción al gallego de Avelino González y Olga Nogueira huye acertadamente de cualquier efectismo poético gratuito. Rosa Álvarez dirige con inteligencia: a pesar de contar tan solo con tres personajes, hay una tremenda sensación de naturalidad en lo que se ve; y dos escenas francamente plásticas abriendo y cerrando la función.

En el reparto, quizá Ernesto Chao no consiga captar tanto la atención del espectador como Stefan Zweig, porque el personaje en sí está pintado en la propia obra como ciertamente antipático, y parece contagiarnos esa antipatía y quedarse algo distante de las cosas que suceden. Un poco más de humanidad e implicación dramática ocasionalmente no sobrarían. Pero si alguien desborda humanidad en este montaje es una Belén Constenla que hace una autética creación del personaje de la mujer sufridora en silencio de Zweig, Lotte: transmite una serenidad, una dignidad y una sensibilidad (también una tremenda resolución al final) que son muy de agradecer, y acaba convirtiéndose auténtico motor de la acción, porque el espectador termina por implicarse más con ella que con el propio Stefan. Del personaje de César Cambeiro, el extraño visitante, obviamente no se puede contar mucho: solo que es dificilísimo por lo complejo del carácter y que, en manos de un mal actor podría haber caído en un histrionismo exagerado; no sucede jamás con Cambeiro, que sabe medir siempre el tono y las formas para crear un hombre creíble, por momentos desesperado pero nunca jamás patético. Hay que ser muy bueno para hacerlo así, aplausos merecidos también para él.

 

Y al final, esa sensación de implicación máxima, ese nudo en la garganta y una doble necesidad: la de aplaudir con fuerza y sinceridad, y la de tomarse un tiempo antes de lograr salir mentalmente de la obra. Cosas que pasan solo con el buen teatro. Esta obra deja poso. Vaya que si lo deja. Háganse un favor y compren el texto, o vayan a ver este hermoso espectáculo si están ustedes por Galicia. Profundamente emocionante.

Nota: 4.4 / 5

“Unha Hora na Vida de Stefan Zweig”, de Antonio Tabares. Con: Ernesto Chao, Belén Constenla y César Cambeiro. Dirección: Rosa Álvarez. Traducción:  Avelino González y Olga Nogueira. LAGARTA LAGARTA.

Teatro Rosalía Castro, 2 de Diciembre de 2011.

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2 comentarios leave one →
  1. diciembre 8, 2011 12:51

    Me la perdí pero aprovechó la entrada mi madre y comentó que es lo que más le ha gustado de lo que ha visto últimamente. Eso sí, se deshizo en elogios a Ernesto Chao.

  2. diciembre 3, 2011 12:38

    no me extraña tu crítica. No conozco la obra, pero en manos de ROSA ALVAREZ y de mis lagartas tiene que ser maravilloso.

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