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‘El Cerco de Leningrado’, o buen teatro para mentes despiertas

abril 2, 2011

Tengo que retractarme abiertamente de algo que dije en la entrada anterior: Que Pentación subía a escena básicamente espectáculos fáciles para cualquier público. Falso. Porque El Cerco de Leningrado (1994), de José Sanchís Sinisterra, es un texto con una profundidad, una cantidad de referencias y una diversidad de lecturas posibles que puede que no cualquier público llegue a captarla en todo su esplendor. Pero es un buen texto, no cabe duda. Desde su estreno en 1994 ha visto varios montajes en varias lenguas y países, y es ya un clásico del teatro contemporáneo español pese a no haber alcanzado la mayoría de edad. Y ahora la ha montado Pentación. ¡Y de qué forma tan espléndida!

Dos actrices, la mujer y la amante de un actor fallecido veintitantos años atrás en extrañas circunstancias, llevan todo ese tiempo viviendo en un teatro, buscando desesperadamente el texto que estaba montando el finado Néstor cuando murió, para intentar aclarar a través del mismo las circunstancias de su muerte. Dos mujeres antagónicas pero condenadas a soportarse y entenderse, que ya lo han conseguido con el paso de los años… y a enfrentarse consigo mismas. Ese es, básicamente, el argumento de El Cerco de Leningrado, que puede ser, como digo, muchas cosas: una fábula sobre los valores morales y sociales, sobre el socialismo y sobre el poder del teatro para despertar las mentes y cambiar las conciencias, de los dos personajes y de la sociedad.

 

En la escritura de Sanchís Sinisterra se tocan temas muy serios, incluso muy emotivos, pero casi siempre desde una ironía finísima, llena de dobles sentidos, y por ello tal vez solo apta para mentes cultas, para mentes despiertas, para espectadores dispuestos a pensar, a cuestionarse lo que están oyendo y a buscar otra vuelta de tuerca. Teatro que es muchas veces de sonrisa, pero nunca de carcajada limpia. Lo que viene a ser el teatro para gente inteligente, vamos. Algo bastante parecido a lo que yo necesito que me den cuando voy al teatro. Y en este montaje lo han comprendido perfectamente. 

El trabajo de José Carlos Plaza es impecable, de una belleza estética tremenda en su aparente sencillez. Sobre una escenografía impecablemente planteada (e inevitablemente dominada por esa tremenda escalera de caracol que acaba convirtiéndose en uno de los elementos fundamentales del drama), de Francisco Leal, Plaza ha querido introducir un elemento fantasmagórico muy oportuno en la historia (no en vano transcurre en el Teatro del Fantasma, y uno de sus personajes principales, aunque no aparezca, es un muerto), que le ha quedado francamente bien (excelente y variada iluminación de Francisco Leal). Y si en una obra con constantes referencias a otras obras, el vestuario es siempre un problema, no ha escatimado Pedro Moreno en presentar gran variedad de trajes, todos lujosos y apropiados. La música de Mariano Díaz, subraya el componente onírico del texto y el espacio sonoro (en esta versión un personaje más) es excelente. Pero es que además, Plaza ha sabido subrayar perfectamente esa ironía fina que nunca es humor de brocha gorda, sin renunciar tampoco a la parte más emocional de la narración. Y narrar con claridad esta historia no es fácil, pero Plaza lo consigue, aportando además dinamismo visual.

Y faltan las dos actrices, que son quienes llevan el peso del espectáculo. Son Magüi Mira y Beatriz Carvajal, que despachan el texto con una espontaneidad que es una de las grandes bazas del éxito de la obra. Se complementan, actúan con naturalidad, proyectan y vocalizan correctamente. Ambas tienen sus momentos para brillar, pero, aún cuando Carvajal sabe tirar del carro de su delirante compañera, aportando un poco de cordura a la historia; es la Natalia de Magüi Mira quien impacta por sus maneras de auténtica actriz, y por lo bien que recorre la amplia gama emocional que atraviesa su personaje. Una actriz comunicativa, versátil, nunca histriónica y siempre creíble, posiblemente una de las mejores actrices que haya podido admirar este último año en un teatro: su capital escena del sonambulismo es magnética, sublime (y más aún si se considera toda la frivolidad anterior del personaje…), como lo es su derrumbamiento emocional final. Un lujazo; una masterclass de teatro de esas que se cuentan con los dedos de la mano derecha. A su lado, Carvajal la ayuda a crecerse, pero aún manteniéndose siempre notable, no consigue contagiarse de los niveles de excelencia de su compañera, consiguiendo sin embargo disimular ciertos despistes (que no olvidos) con el texto con muchas tablas, de forma que hasta  contribuyen a la naturalidad del discurso. Se viene muy arriba hacia el final, cuando la cosa se va poniendo más seria. No es que esté mal, insisto, está notable, pero es que actrices de raza hay pocas, y le ha tocado compartir tablas con una de Matrícula.

Puede que, por el contenido argumental, no consiga llegar a cualquier público (desde luego no llegó a las dos quinceañeras que posiblemente iban a ver personajes televisivos, rieron a destiempo, miraron el reloj repetidas veces, y salieron con cara de no haberse enterado de nada…), pero es teatro bien servido, y llega a un público con una mínima cultura político-social. Pero una cosa es cierta: esta parte de la historia no se enseña en los institutos, ni en ninguna serie televisiva de época (por mucho que ahora mismo haya unas cuantas en antena…).

En cualquier caso, no se dejen engañar por la pobreza visual del cartel, porque es lo único ciertamente cutre que hay en este espectáculo. Función única, el teatro medio vacío, aplausos ténues, y un servidor aplaudiendo en pie. Una pena. Posiblemente, el mejor espectáculo en circulación de esta productora actualmente. ¡Corran a verla!

Nota: 4 / 5

“El Cerco de Leningrado”, de José Sanchís Sinisterra. Con: Magüi Mira y Beatriz Carvajal. Dirección: José Carlos Plaza. PENTACIÓN ESPECTÁCULOS.

Teatro Colón NovaCaixaGalicia, 1 de Abril de 2011.

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