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‘El Caballero de Olmedo’, o de cuando Segismundo se coló en el montaje lorquiano de una obra de Lope

febrero 28, 2011

Titular extenso, pero es la única manera de recoger toda la idea de este espectáculo: un Caballero de Olmedo que tiene mucho de Lope, mucho de García Lorca y algo del Segismundo de Calderón…

Teatro Corsario es una compañía de probada solvencia en materia de teatro clásico español, y esta revisión del Caballero de Olmedo vuelve a funcionarles, como ya lo hiciera aquel Don Gil de las Calzas Verdes de Tirso que presentaron en la ciudad hace ya seis años. Nunca es fácil montar bien el Siglo de Oro español, por lo encorsetado de las situaciones dramáticas y la falta de definición de unos personajes que son estereotipos; un teatro que se apoya básicamente en el valor literario del texto, más que en las acciones en sí. Sin embargo, a esta compañía, este montaje le funciona, porque ha sabido aportar ideas nuevas sin faltar al texto.

El recientemente fallecido Fernando Urdiales ha ideado una escenografía (junto con Eugenia Navajo) minimalista, con burladeros y un suelo lleno de lo que parece la arena de la  plaza taurina. Sobre este espacio, apenas un banco y unas plataformas móviles harán las veces de cuanto sea necesario para situar las escenas, más en la imaginación del espectador que en el propio escenario. Un guitarrista (Juan Carlos Martín, que firma además la composición musical), en escena (e, inexplicablemente, vestido de calle y no de época…) une las distintas escenas, y aporta ese toque andalucista a este montaje que tiene mucho del lógico minimalismo de Lope, del andalucismo de Lorca (no olvidemos que fue Lorca quien desempolvó El Caballero de Olmedo para La Barraca), algo que es ciertamente acertado en una obra que, aunque a priori no lo parezca, recuerda en no pocos aspectos a Bodas de Sangre.

Todo esto en un montaje de elegante vestuario (también de Urdiales) y movido con un gran cuidado por el director, en una firme apuesta por la plasticidad, buscando imágenes coreográficas constantemente: especialmente hermosas en este aspecto la escena en el bosque con escobas que simulan árboles, o los cuadros inicial y final. El efecto visual, irreprochable, aunque en el debe podemos situar una iluminación escasa (Javier Martín del Río), y demasiado oscura en algunas escenas no necesariamente nocturnas; tampoco el baile torero que une los actos segundo y tercero termina de convencerme: se hace largo y no aporta nada.

Al margen del más que discutible recurso de la microfonía a pie de escenario, está bien conjuntado y con los perfiles definidos el reparto, donde si algo cojea es el protagonista, Benito Zambrano, un Don Alonso blando y sobreactuado en las intenciones y en la presencia escénica, y justito en la vocalización: por lo primero, parece más el débil Segismundo de La Vida es Sueño que el protagonista de esta obra, que pide a gritos un hombre varonil de pelo en pecho; lo segundo lo soluciona hábilmente diciendo sus monólogos desde puntos estratégicos, que le permiten proyectar su voz directamente al micrófono… Lástima que la velocidad del texto le juegue malas pasadas a la hora de hacer inteligible lo que dice. Eso sí, sabe morirse muy bien.

Impecables los demás. Por contraste, el Don Rodrigo de Rubén Pérez Zamorano es galante en la presencia escénica, impecable en la vocalización y poderoso en el color y la proyección de la voz: lástima que no le hayan confiado el protagonista a él. Grandes trabajos en la creíble Fabia de Rosa Manzano, que acierta de pleno al no ir de simpática y nunca sobreactúa, y en el Tello de Luís Miguel García, que se pasea con acierto y agilidad verbal y escénica por la gama de sentimientos cómico-trágicos porque pasa su personaje: es perfectamente consciente de que por mucho que sea un criado, en esta ocasión no puede ser un pelele, y está sorprendentemente dramático en el relato final del asesinato de Don Alonso. Solventes las doncellas casaderas, a saber Inés (una Verónica Ronda que recuerda a Emma Suárez en las formas actorales, pero que las pasa francamente canutas las dos veces que tiene que cantar la archifamosa coplilla…) y Leonor (Cristina Calleja). Muy en su sitio el Don Fernando de Borja Gutiérrez-Semprún (tiene que ser fácil venirse arriba teniendo un Don Rodrigo tan brillante a su lado), bien el Don Pedro de Julio Lázaro y apocado el Rey de Jesús Peña (que parece haberse dejado el porte real en casa…).

Pero, a fin de cuentas, el resultado global, más allá de cosas discutibles aquí y allí, es un espectáculo fiel al espíritu de Lope, plástico, rítmico y donde las cosas tienden a fluir. Con otro protagonista, hubiera sido redondo.

Nota: 3.5 / 5

“El Caballero de Olmedo”, de Lope de Vega. Con: Borja Zamorano, Luís Miguel García, Rosa Manzano, Rubén Pérez Delgado, Verónica Ronda, Borja Gutiérrez-Semprun, Cristina Calleja, Julio Lázaro y Jesús Peña. Versión y dirección: Fernando Urdiales. TEATRO CORSARIO.

Teatro Rosalía de Castro, 27 de Febrero de 2010.

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One Comment leave one →
  1. noviembre 26, 2011 13:49

    super pero quiero ver mas fotos de esa obra el caballero de olmedo.

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