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‘La Fiesta de los Jueces’, o metoteatralidad biplana

enero 28, 2011



Metoteatro: Teatro dentro del teatro; que se representa una obra dentro de otra obra

Biplano: Que tiene dos planos, dos niveles.

Menudo subtítulo más raro se me ha ocurrido para esta obra ¿eh? Pues pocas veces he tenido un subtítulo tan claro. Porque La Fiesta de los Jueces es una obra que sirve como excusa para escenificar otro texto, que es El Cántaro Roto, de Heinrich Von Kleist. O quizá sea al revés, y El Cántaro Roto sea la excusa para presentar una obra de Ernesto Caballero que se titula La Fiesta de los Jueces. Una vez visto el espectáculo, la sensación es de que se acerca más a esto segundo que a lo primero…



Dos planos. Dos historias que se entrelazan. Me explico: como cierre de un acto de judicatura, un conjunto de magistrados han pensado en escenificar una teatralización del relato El Cántaro Roto: una historia que habla de un juez corrupto dispuesto a cualquier cosa con tal de librarse de un marrón, puesto que es el principal implicado en el caso que le ha tocado instruir: una señora denuncia que se le ha roto un cántaro al tiempo que su hija retozaba con alguien (¿estamos seguros?) en su cuarto… La representación de una obra que habla de la corrupción de la justicia y de la corrupción de la sociedad para salvarse de sus culpas, da lugar a que salgan las rencillas pertinentes entre los magistrados que representan la función, de manera que quien más quien menos introduce morcillas en el texto original, identificando a sus colegas con cosas que salen en el relato… Ya lo dice Caballero en el texto: nada de malo hay en hablar mal de una justicia que es así, ni tampoco en reinventar un clásico, porque “ahora en el teatro es lo que se hace siempre” Puyas, puyas… Puyas… Por alguna parte tiene que explotar esto y, por supuesto, por alguna parte revienta. A todo y todos.

Una comedia clásica, y en principio inofensiva, que a Caballero le sirve para hablar de política, de jueces contemporáneos corruptos, de integración, de inmigración… y hasta del sistema universitario (que ahora ya no nos enseñan nada y nos dan el título de cualquier manera…. aquí es en Derecho, pero pongan ustedes cualquier carrera) y para no dejar títere con cabeza.

La puesta en escena, minimalista pero bella e inteligente viene presidida por un gran espejo que cubre todo el escenario y que nos permite ver también dos planos: el real y el reflejado, el reflejo de la realidad (la firma Curt Allen y es de una eficacia increíble), adecuado el vestuario (Sol Curiel y Fernando Arzuaga) y muy bien aplicada la iluminación de Cornejo.

El elenco funciona en los dos niveles. Santiago Ramos, en la piel de dos magistrados corruptos, hace de sí mismo, como casi siempre: pero la comicidad innata está ahí, fuera de toda duda; siempre ha funcionado y esta vez no es la excepción. Del plantel de secundarios, todos aportan algo, aunque la mejor sea una inspiradísima Rosa Savoini, en su triple cometido: interpreta a la magistrada más reivindicativa de todas en el plano jurídico (está soberbia cuando pierde los papeles al final), y dos personajes en la comedia: uno anecdótico y otro episódico pero capital (la señora del pueblo que ha visto todo…) donde también brilla con luz propia. Posiblemente, la mejor de todo el reparto: hay que dejar pasar una hora un tanto descafeinada, pero sus últimos 40 minutos son desternillantes y no ofrecen tregua. También Karina Gantivá brilla en su doble cometido como joven ultrajada y supuesta magistrada que acaba siendo una mujer de la limpieza inmigrante con problemas con los papeles (muy bueno su ‘momento denuncia’). De entre el resto, Jorge Martín como Magistrado-Secretario y Juan Carlos Talavera como Magistrado-Inspector, también exprimen el jugo de sus papeles. Mientras que Silvia Espigado, Jorge Mayor y Paco Torres mantienen bien el tipo en papeles largos, pero con menos chicha. Todo lo dirige Ernesto Caballero con la corrección que aportan un espacio sugerente y un espacio eficiente. No puede pedir más.

¿Qué falla entonces en esta comedia? Pues claramente el ritmo. Aunque la cosa va in crescendo, tras cinco minutos prometedores vienen 40 francamente faltos de comedia (hay que pasarlos, e incluyso hay que desesperarse un poquito pensando que la cosa no va a arrancar nunca…), y sigue una hora donde la comedia va claramente de menos a más. La comedia crece, y se vuelve desternillante cuando, al final, los Magistrados asumen sus papeles reales y se empiezan a tirar la mierda a la cara mutuamente, superados por la ficción que acaban de representar: la realidad supera a la ficción, a veces también en la propia ficción, y son 15 minutos ciertamente desternillantes, irónicos, ácidos y mordaces como la vida misma. Y es por esto por lo que digo que El Cántaro Roto no es más que una excusa para representar La Fiesta de los Jueces, de Ernesto Caballero; porque el plano que mejor funciona es el que va por fuera del relato. Sobran, eso sí, los tres o cuatro momentos musicales, que no aportan nada. La cosa funciona, hay risas, pero hubiera podido ser mucho mejor ordenando los tempos narrativos de otra manera.

Ah, me había preguntado si habría función del día de la Huelga General: el desenlace no deja lugar a dudas, la última frase es un coral “¡Todos a la Huelga!” (después de la función, claro).

Nota: 3.25 / 5

“La Fiesta de los Jueces”, de Heinrich Von Kleist / Ernesto Caballero. Con: Santiago Ramos, Jorge Martín, Juan Carlos Talavera, Karina Garantivá, Rosa Savoni, Silvia Espigado, Jorge Mayor y Paco Torres. Dirección: Ernesto Caballero. TEATRO EL CRUCE.

Teatro Colón, 27 de Enero de 2010.

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