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‘Todos eran mis hijos’, o padre no hay más que uno

octubre 20, 2010

De importantísimas hay que calificar estas representaciones que, entre el 9 de Septiembre y el 31 de Octubre, están teniendo lugar en el Teatro Español de la obra All my sons (Todos eran mis hijos) de Arthur Miller. Un título que supuso el primer gran éxito del autor de Muerte de un Viajante y Panorama desde el Puente. Un texto que rara vez se representa en España (parece ser que está ausente de la cartelera madrileña desde 1986) y que tiene, sin embargo, todos los ingredientes que se pueden esperar en una obra de este dramaturgo: un teatro de personajes cercanos y reales con algo que contar. Un teatro que golpea al público, le hace sentir y le mueve a la reflexión. Teatro en el más puro sentido de la palabra. El teatro que a mí me gusta…

Algo después de la Segunda Guerra Mundial, nos introducimos en la vida de una familia Americana de clase media-alta, los Keller. El padre, Joe, lidera una empresa de fabricación de material de aviación, que supuestamente es culpable de la muerte de 21 pilotos durante la Guerra, al estrellarse los aviones en los que viajaban por llevar una pieza defectuosa; la madre, Kate, vive esperando el regreso de uno de sus hijos; Larry, desaparecido hace tres años, en pleno conflicto bélico, sin que encontrasen nunca el cuerpo; el hijo pequeño, Chris, piloto de guerra, está apunto de iniciar una relación con la novia de su hermano “desaparecido”, Anne Deever, después de años carteándose con ella. Para terminar de embrollar el conflicto, resulta que la buena de Anne es la hija del socio de Joe, sobre el que recayeron todas las culpas del accidente de la empresa, y que ahora cumple condena en la cárcel. Casualmente, después de años de ausencia motivada por el desagravio lógico en el que cayó la familia Deever, Anne ha decido volver a visitar a los que fueran sus vecinos. Y aún con todo este follón, aparentemente, las cosas transcurren con normalidad y civismo… Aparentemente.

Para dirigir este montaje, se ha contado con el Argentino Claudio Tolcachir, dramaturgo que ha impresionado a medio mundo con sus obras La omisión de la Familia Coleman (que pude ver el año pasado) y Tercer Cuerpo (de la que os hablaré el mes que viene). Dos obras que también hablan de personajes humanos, reales, dinámicos y desubicados en el mundo en el que les ha tocado vivir. Personajes que comparten no pocas cosas con los que pueblan esta obra de Miller, donde las cosas no son lo que parecen, donde ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos… Es precisamente por esto que la dirección de Tolcachir funciona perfectamente: hay una sensación de frescura y realidad en lo que se ve que casi parece que no haya director… De eso se trata, de crear un realismo que nos permita mirar a esta familia a través de una ventana, husmear, espiarles, meternos en lo que no nos importa… y acabar sintiéndonos tremendamente incómdos con lo que estamos viendo. Sólo si hay una mano maestra en la dirección puede crearse esta sensación de realidad no dirigida. Se nota que aquí la hay. Sobre su versión de la obra, ha aligerado el texto, reduciéndolo a lo esencial, quitándole densidad y eliminando algún personaje más o menos accesorio. El resultado son 100 minutos donde la tensión dramática se masca, crece y crece.

Admirable la bellísima escenografía con sus árboles y su césped bucólico de Elisa Sanz, un paraje de ensueño que contrasta ampliamente con la desintegración personal que está por venir. También adecuado el vestuario (que firma ella misma) y la iluminación, siempre luminosa (también en contraste con la trama) de Cornejo.

Obra de actores, obra donde hasta el último secundario tiene alguna función de peso en la trama: nada de lo que pasa es accesorio, todo está ahí por algo y por eso debe funcionar bien hasta el último secundario. El matrimonio Lubey (los vecinos actuales de los Keller) ha de ser el contrapunto de ingenuidad y esperanza ante dos familias que se desintegran: Alberto Castrillo-Ferrer y Ainhoa Santamarina (especialmente ella) cumplen esta función sin mácula. Mayor profundidad tiene el otro matrimonio de vecinos de los Keller, los Bayliss, una pareja que sabe más de lo que parece sobre la realidad del pasado. Él, el doctor Jim Bayliss, tiene una escena importante y complicada al final, cuando todo está apunto de derrumbarse. Nicolás Vega sabe bien de la importancia de este personaje aparentemente secundario, y sabe darle a este momento el peso justo que requiere, haciéndose notar tanto como María Isasi, exquisitamente soez en el papel de la vecina metiche con la lengua demasiado larga, que es de alguna manera quien da pie a que todo se venga abajo por hablar más de la cuenta de lo que no debe…

Y llegamos ya al quinteto protagonista. Jorge Bosch es George Deever, el portador de la verdad superior, que viene a pegarles una bofetada emocional a todos los personajes. Sólo interviene en una escena, pero es fundamental y marca un punto de inflexión en la trama. Sabe moverse bien a medio camino entre el derrotismo y la violencia, y está plenamente convincente en sus enfrentamientos con todos los demás personajes.

La pareja joven aporta dos caras conocidas. La ganadora del Goya a la Mejor Actriz Revelación por Rec, Manuela Velasco, como Anne, sorprende favorablemente. Primero porque está bellísima en escena, por figura y movimientos, y segundo porque sabe sacar la vena dramática cuando es necesario, sin cargar las tintas, en un papel aparentemente fácil y lineal, pero que tiene un giro dramático que es cualquier cosa menos fácil. No me sorprendió sin embargo el Chris de Fran Perea, una presencia que llena el teatro de adolescentes que van a verle a él y encuentran un bonito texto teatral, pero que todavía está muy verde como actor; pese a las buenas intenciones en la creación del personaje, no siempre articula el texto con claridad, y a veces pierde el pie del texto sin saber disimularlo. Sus escenas de amor con Manuela Velasco quieren ser ingenuas y a veces rozan el ridículo (¡lástima porque ella está perfecta!) pero se crece al final cuando debe dar la réplica a sus padres en el colmo del drama. Con todo, aún muy verde.

Y nos quedan los pilares del montaje: el matrimonio Keller, Joe y Kate, o Carlos Hipólito y Gloria Muñoz. Vamos a empezar por ella que está absolutamente sublime en el personaje más hermoso de la obra: de la ingenuidad inicial, al explote dramático del nudo o a llegar a ser el pilar que sostiene a la familia cuando la situación parece insostenible, la Muñoz sabe hacer que nos riamos con ella (nunca de ella), sabe hacernos contener la respiración y cortarnos el aliento. Tremenda en el tercer acto, primero con el Doctor y después con la Familia. Hipólito es un actor siempre convincente haga lo que haga, y esta no es la excepción: pasa por todos los estados de ánimo imaginables, y siempre convincente; también con él ríes, te sobrecoges o te emocionas según convenga. Dos actores en estado de gracia que son, por sí solos, la razón de ser de este montaje.

Con todo, lo mejor de la función, lo impagable, es esa sensación de desazón e incomodidad con la que sale uno del teatro. Esas cosas sólo pasan cuando hay teatro del bueno, y está claro que esta función, pese a Perea, lo es. Si pueden, vayan a verla.

Nota: 4.25 / 5

“Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller. Con: Carlos Hipólito, Gloria Muñoz, Fran Perea, Manuela Velasco, Jorge Bosch, María Isasi, Nicolás Vega, Ainhoa Santamarina y Alberto Castrillo-Ferrer. Versión y dirección: Claudio Tocalchir. Producciones Teatrales Contemporáneas / Timbre 4. Teatro Español (Madrid), 16 de Octubre de 2010.

 

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3 comentarios leave one →
  1. septiembre 28, 2012 01:43

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