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“Por el placer de volver a verl(es)”

septiembre 20, 2010

Ya estaban aquí de nuevo. Miguel Ángel Solá, Blanca Oteyza y Manuel González Gil, que durante años conmocionaron a públicos de uno y otro lado del Atlántico con su portentosa y bastante libre (mejor dicho, bastante ampliada) adaptación del Diario de Adán y Eva, de Mark Twain se presentaban con un nuevo espectáculo.

 No creo que quede una sola persona amante del teatro en todo este país y en gran parte de América que no haya visto el Diario de Adán y Eva, y somos muchos los que aún lo recordamos (han pasado ya 6 años desde que lo ví) como uno de los mejores espectáculos teatrales recientemente presentados en España. Es por esto por lo que este regreso era esperadísimo. En esta ocasión, presentaban un texto autobiográfico de Michel Tremblay, Por el placer de volver a verla, que pretende volver a hacer teatro de actor desde lo sencillo, desde lo cercano, desde lo desnudo, desde los sentimientos… pero, por sobre todas las cosas, desde el teatro de actor.

El argumento es sencillo: un reconocido autor y director teatral busca rendir homenaje en su último espectáculo  a la figura de su madre muerta. Con esta excusa, y en forma de recuerdos del autor, vamos viendo diversos episodios de la relación madre-hijo, desde que él tiene 11 años hasta la muerte de esta, cuando él ronda la treintena. A lo largo de estos retazos, hay lugar para conocer desde las trastadas del niño cuando era pequeño, a su fascinación por la literatura y el teatro (ambas inculcadas por la madre), ya sea como lector o como creador, y su insaciable curiosidad. También asistimos a las crisis comunicativas propias de la adolescencia, o a las rencillas de la madre neurótica con la invisible Tía Gertrudis. Y, al final, a la preocupación de la madre por el futuro del hijo; puesto que no le convence la idea de que escriba. Hay tiempo también para algunas premisas sobre qué y cómo debe ser el teatro, cuál es el papel del actor y cuál su contacto con el público.

Momentos muy divertidos, de una comicidad fresca, ingenua y natural se unen a otros muy tiernos, de esos de punto de gargantilla. Hay temática cercana, hay diversión, hay emoción, hay implicación del público con lo que nos están contando… Sí, sin duda. En esto, Por el placer… se parece al Diario… Entonces era una obra maestra de 2h45 minutos sin pausa y sin que la acción decayese ni un momento; ahora, se trata de una obra de 95 minutos, con momentos (muchos momentos) muy buenos, pero desvirtuada por una escena final que, justificando que todo es posible en el teatro, pretende ser una suerte de happy end que parece un poco metido con calzador.  ¿Qué queréis que os diga? Cuando me río, me gusta que me dejen reírme en paz, y cuando me emociono, que me dejen emocionarme en paz también. Es por esto por lo que este final me rompe un poco el clímax, y baja la calificación general de un espectáculo que, sin ser tan brillante como aquel Diario (no se podía y no se pretendía tampoco seguramente), sí es muy agradable y tiene grandes momentos; pero la escena final (formidable) queda deslucida por ese epílogo amable y facilón…

Pero en una función de actores, vamos a lo que más nos importa, los actores, que se mueven en un escenario desierto, con un diseño escenográfico tan minimalista como extraordinariamente funcional (apenas cinco cubos, un ciclorama cambiante y algún elemento escénico, hábilmente colocado a la vista del público por los tramoyistas) del que se encargan Miguel García de Oteyza en la escenografía y Daniel Bosio, en la sugestiva iluminación; con una dirección escénica adecuadamente pausada de González Gil. He querido dejar para el final a propósito la hermosísima composición musical de Martín Bianchedi, que se escucha con agrado y es adecuada a la ternura de la historia.

Seré claro y breve, y diré que Miguel Ángel Solá demuestra una vez más que es una bestia escénica, uno de los grandes actores de su generación: en la dicción, en el gesto, en la mirada, en la presencia escénica… en todo. Apabullante. Pero sobre todo sorprende la facilidad pasmosa con que pasa de un registro a otro (del autor al bebé, del bebé al autor, del autor al niño, del niño al autor, del autor al adolescente, del adolescente al autor, del autor al hombre maduro…) permitiendo que lo veamos con suma claridad, aunque no tenga ningún tipo de recurso de atrezzo. Él se basta. Y ¡con qué naturalidad y sinceridad dice el texto! Un grande. Una masterclass de teatro.

A su lado, Blanca Oteyza mantiene el tipo, que no es poco; y hasta diría que está mejor aquí como la Madre de lo que estuvo en el Diario de Adán y Eva. Su papel es fundamentalmente cómico, y lo hace con gracia, espontaneidad y naturalidad, aunque puede que le falte ese algo de magia que su compañero (sentimental y sobre las tablas) sí tiene en cantidades industriales. En su descargo, hay que decir que está soberbia en la (pen)última escena.

No nos engañemos: la obra funciona y es muy superior a la inmensa mayoría de las cosas que hay en cartel ahora mismo, bajo cualquier punto de vista. Pero puede que cuando uno viene de ver un pelotazo espere otro pelotazo. Y si algo tienen los pelotazos es que son irrepetibles. Si no, no serían pelotazos. En cualquier caso, como dice Miguel Ángel Solá en la obra: “Alguien es especial cuando produce en el otro el placer de volver a verle. De no ser eso el amor, tal vez sí sea lo más parecido al amor”. Y Solá y Oteyza, y Oteyza y Solá deben de ser personas especiales, porque, con pelotazo o sin él, siempre es un placer volver a verles. Vuelvan pronto.

Nota: 3.5 / 5

“Por el placer de volver a verla”, de Michel Tremblay. Traducción de Manuel González Gil, Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza. Con Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza. Dirección: Manuel González Gil. CONCHA BUSTO PRODUCCIONES. Teatro Rosalía de Castro, 16 de Septiembre de 2010.

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